Dios mismo ha dejado suficientes signos que conducen hasta Él con mucha claridad

Tras las huellas de Dios: una parábola… Los náufragos de la novela de Julio Verne, La isla misteriosa, se veían a menudo sorprendidos por el hallazgo de objetos de gran ayuda para la situación de carencia y desamparo en que se encontraban. ¿Había alguien más en aquella isla? ¿Quién habría dejado una caja de herramientas en la playa? ¿Y aquella hoguera?

Ante estos fenómenos inexplicables, como la aparición de unas huellas inquietantes en la arena de la playa que no correspondían a ninguno de los náufragos, cada uno de los personajes reacciona de manera distinta.

«Los espíritus más bastos del grupo se contentan con beneficiarse de esta colaboración oculta, sin preocuparse de descubrir al autor de ella. No así el ingeniero Cyrus Smith: se le ve en un grabado conmovedor, suspendido, con una linterna en la mano, en el extremo de una escala de cuerdas, en el fondo de un pozo, vigilando esta agua negra de la que, en ciertos momentos, le ha parecido oír ruidos y ver movimientos sospechosos»[J. Rivière, A la trace de Dieu, prólogo de Paul Claudel, p. 11]. Algunos se conforman con disfrutar estos beneficios sin hacerse más preguntas, sencillamente viven. Cyrus, sin embargo, el jefe de la expedición, un gran buscador de la verdad, no renuncia a investigar a fondo este misterio: busca con humildad y encuentra.

En la vida de cada hombre ocurren hechos que interpretamos como mala o buena suerte o azar. No nos damos cuenta o no queremos reconocer que Dios cuida de nosotros como un buen Padre. Está cerca y deja huellas y señales claras para que le encontremos sin dificultad, si nuestra mirada se mantiene limpia y abierta.

En el universo y en las realidades que conocemos está impresa la huella de Dios, la naturaleza y la creación entera nos hablan de Dios: los cielos cantan la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos.

La existencia de Dios no es evidente y solo se puede conocer con certeza si se quiere creer. Ningún argumento puede forzarnos a creer, porque la fe no se obtiene como resultado de una fundamentación teórica: el último paso es una decisión libre. Entonces se produce el milagro de la fe.

Cierto día, dos familias amigas y parientes salieron de excursión. Los niños estaban en edad de jugar y moverse de modo incansable, también de preguntarlo todo. Uno de ellos, fijándose en lo que le rodeaba, preguntó: «¿para qué sirven esos montoncitos de piedras? ¿Quién los ha colocado?». Su tío respondió, en tono de broma, que estaban allí de casualidad, los movimientos de tierra desde hacía millones de años habían dispuesto así las piedras para marcar el camino inteligente hacia la cima. El niño sabía que aquello no era cierto, alguien había tenido que hacer aquellas maravillosas marcas que señalaban de modo claro y explícito el camino hacia la cumbre.

Dios mismo ha dejado suficientes signos que conducen hasta Él con mucha más claridad que los hitos que llevan a la cima.

Publicado por por el Padre Rafael Sanz Carrera en Tan_gente