Transdoctrinal

Almagro es uno de los pueblos más bonitos de España; en otro tiempo fue importante ciudad: tenía –además de su famoso corral de comedias-,  varios palacios, la sede de la orden de Calatrava, la residencia de los banqueros del emperador y varias casas religiosas. Allí hubo frailes agustinos, franciscanos, jesuitas y dominicos. Los hijos de santo Domingo regentaban la Universidad del Rosario y, en pleno siglo de oro, las disputas teológicas sobre la gracia y el libre albedrío daban lugar a verdaderos enfrentamientos dialécticos con los jesuitas.

Bueno, y no sólo dialécticos. En la plaza del pueblo se daban de tortas dominicos y jesuitas por oscuras cuestiones teológicas, mientras los chiquillos se reían de ver los hábitos arremangados para darse puntapiés.

Echando una ojeada a los medios de información religiosa, según ciertas noticias y chismorreos, parece que hemos cambiado poco; y no lo digo por dominicos y jesuitas, sino por la constante polarización de las opiniones: o conmigo o contra mí. ¿No es esto un anti-testimonio de nuestra fe el enfrentamiento por cuestiones doctrinales?

De una manera casual, en una conversación más chispeante que reflexiva, con el P. Jesús Mª Silva, hemos dado con una palabra muy expresiva: transdoctrinal. El concepto es nuevo, aunque la idea es antigua; tan antigua como las herejías, tan nueva como la posverdad. Cuando en la plaza de Almagro se zurraban (eso dicen) los frailes, ninguno negaba que hubiera una verdad revelada por Cristo y enseñada por la Iglesia; no, se discutía de filigranas, muy profundas y decisivas, pero que no se salían del marco de la doctrina.

Cuando decimos doctrina, decimos enseñanza. Alguno le sonará, con cierto regusto a “pepinillo en vinagre”, a la lección que había que aprenderse de memoria. Pero Jesucristo no hizo otra cosa que enseñar, con su vida y su palabra, el verdadero camino hacia la vida. “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16)

No soy teólogo, no escribo libros… solo soy sacerdote y, desde el confesionario y el púlpito no puedo negar que la Iglesia viva una gran confusión, precisamente, por no querer acoger la doctrina de Cristo como enseñanza.

Benedicto XVI, en el reciente escrito sobre el sacerdocio con el que ha colaborado al libro del Card. Sarah, repite lo que luminosamente expuso en su libro Jesús de Nazaret: en la raíz de la crisis de la Iglesia está un defecto metodológico en la acogida de la sagrada Escritura como Palabra de Dios. Cuando el método histórico-crítico se apodera de la lectura de la Biblia, excluyendo el sentido de la fe, se leerá como palabra meramente humana, palabra incierta y mudable, ya que en tiempos de Jesús no había grabadoras.

Si la doctrina de Jesucristo no está contenida en lo que la Iglesia enseña y predica a partir de los cuatro evangelios, si las palabras y las obras de Cristo no tienen autoridad suficiente para que reciban el obsequio de nuestra razón y la obediencia de la fe, si no sabemos qué es verdad y qué error… somos los más desdichados del mundo.

La doctrina es vida, vida abundante que la Iglesia quiere hacer llegar a todos. Esa doctrina que no dejamos de profundizar y comprender cada vez más, es Cristo mismo y su misterio, y “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13, 8).

No digo que sea fácil, porque acoger el kerigma supone convertirnos; pero cuando queremos ir más allá de la enseñanza tradicional de la Iglesia (trans-doctrinal), cuando queremos cortar el traje según el modelo del mundo, nos quedamos ofreciendo viento y arena al hombre sediento del luz y vida.

Parece mentira que reduzcamos la doctrina al sexto mandamiento –que también lo es- y se nos olvide que el mismo que declaró adulterio desear -¡con los ojos!- la mujer del otro (Mt 5, 28), nos pida, con la misma contundencia, que amemos, incluso a nuestros enemigos (Mt 5, 44), que perdonemos las ofensas setenta veces siete (Mt 18,22) y hasta que demos nuestro manto si nos quieren quitar nuestra túnica (Mt 5, 40). La Iglesia no puede dejar de enseñar la doctrina de Jesucristo, porque dejaría al mundo a oscuras; más aún, traicionaría al mismo Cristo Jesús que mandó a sus apóstoles a enseñar, a ungir y a sanar.

De eso también tenemos que hablar, de enseñar doctrina, sí, pero ungida de amor sincero, no a estacazos de soberbia autosuficiente. Pero eso será para otro post.

P. Eduardo Guzmán