Rompiendo muros

Hace poco escuché una explicación que empezó muy bien, la verdad es que me enganchó,  pero cuando estaba en el punto más emocionante, cuando pensaba que iba a decir la frase crucial… ¡nada!, se acabó ¡qué decepción! El ponente decía que nos teníamos que imaginar que estábamos en una habitación sin ventanas ni puerta. Estábamos ajenos a todo lo que ocurría en el exterior y de repente, un fuerte viento se llevaba el techo de la sala dejándonos contemplar el cielo. De repente ya podíamos ver lo que había en el exterior, todo aquello que siempre había estado allí pero que el hecho de vivir encerrados no nos lo había dejado ver. Hasta aquí todo me pareció más que correcto y aquí es cuando yo esperaba que el ponente dijera: -Ahora que no hay techo ¡romped los muros! ¡salid fuera y disfrutad de las maravillas que el Señor os tiene preparadas! ¡Experimentad sin miedo cuán grande es Dios! Esto me ha dado mucho que meditar.

Es cierto que el primer paso es el de que el Señor se lleve el techo en el que nos hemos cobijado por unos miedos infundados, pero no podemos quedarnos ahí. La visión del cielo ha de hacernos desear contemplar lo que hay al otro lado de las paredes. La visión del cielo ha de hacer que ardamos en deseos de experimentar la frescura que se vive fuera de los muros. La visión del cielo ha de hacer que le supliquemos al Señor que rompa los muros en los que estamos encerrados para poder salir y experimentar lo que hay fuera, sin falsas seguridades, sin falsas comodidades… simplemente abandonados en las manos de Dios Padre que nos llevará por caminos insospechados, totalmente nuevos.

¿Por qué no nos atrevemos a desear romper los muros? Creo que esta pregunta es de fácil respuesta, a menudo nos quejamos de las normas, de las leyes, de la rutina… pero si somos sinceros con nosotros mismos todas estas cosas que en principio molestan, nos dan seguridad. No os creáis que, con lo que estoy diciendo, estoy defendiendo el libertinaje, nada más lejos de la realidad. El vivir sin muros significa vivir la libertad de los hijos de Dios, vivir conforme a los mandamientos ya no por miedo a lo que pueda pasar, si no porque libremente, por amor, elijo amar a Dios sobre todas las cosas y, como decía el Padre Sallés, elijo dejarme amar por Dios. Es tan hermoso vivir conforme a la libertad de los hijos de Dios que cuando me encuentro con personas que viven sujetas a unas normas por temor o por comodidad le gritaría ¡eres libre, no vivas como esclavo!

Pero los muros no solo nos aíslan del amor de Dios Padre, también nos impiden ver al prójimo como hermano. Hay personas que ponen muros frágiles en sus vidas, son muros que le dejan escuchar el lamento del prójimo y le permiten ayudar con un buen consejo o con palabras alentadoras o incluso le dan la oportunidad de hacer pasar un buen rato en compañía del otro, siempre y cuando no se cruce el umbral que uno se ha puesto. Otros ponen muros infranqueables, muros que les hacen vivir sólo pensando en ellos mismos, que no les dejan ver a los demás, es más, me atrevería a decir que ni si quiera se plantean que haya más personas en el mundo que ellos mismos. Es cierto que estos últimos son los menos frecuentes y los más dañinos, pero los primeros también hacen daño. Sinceramente creo que estos muros nacen de la desconfianza. Todos hemos recibido alguna vez palos en la vida, decepciones, situaciones en la vida que han abierto en el corazón una herida haciendo que, inconscientemente nos volvamos desconfiados. Es necesario sanar esas heridas, es necesario volver a confiar en las personas. No podemos vivir detrás de un muro, aunque sea de papel, por miedo a que nos vuelvan a hacer daño. Cuando pienso en esto me digo: “más decepciones de las que se ha llevado Jesús contigo, no te las has llevado tú con nadie y mira ¡Jesús sigue creyendo en ti!”

Si Jesús cree en nosotros, si nos da su mano y nos levanta una y otra vez, si nos ama como somos… ¿no deberíamos hacer nosotros lo mismo?

Hoy te invito a que le pidas a Jesús que rompa tus muros, sean de ladrillo o de hormigón armado, da igual ¡Él lo puede todo! Le cuesta exactamente lo mismo. Solo está esperando a que se lo pidas para hacerlo. Vivamos la libertad de los hijos de Dios, vivamos el gozo del amor a Dios y al prójimo fuera de nuestras comodidades, nuestras seguridades, nuestro yo.

Sotana Rural