Vamos a pararnos en #LaColecta de la Misa de hoy

Oración colecta:

«Protege, Señor, con amor continuo a tu familia, para que, al apoyarse en la sola esperanza de tu gracia del cielo, se sienta siempre fortalecida con tu protección».

Hoy toca pedir protección. A veces, cuando la situación se pone mal, se oye decir: «sólo queda rezar» o «estamos en las manos de Dios». Bueno: eso es siempre. O nos protege Dios con amor continuo, o no hay nada que hacer. Nada de nada.

Nos viene muy bien pensar en la protección que necesitamos, porque enseguida nos venimos arriba (o abajo, ante los fracasos). En realidad y como regla general, lo que hacemos no da para mucho si Dios no nos cuida.

Pero hay más: la protección es para la familia de Dios. Para nosotros, que somos la familia de Dios. Es decir, somos sus hijos de verdad, y Él es nuestro Padre de verdad. Y eso aunque a veces nos comportemos como hijos de otro padre (o de mil padres).

O aunque alguno de nuestros hermanos se comporte como un hijo de la gran Babilonia. También es de la familia, y también necesita la protección de Dios (y más, y nosotros todavía más, que nos creemos mejores. Ejem).

Un amor continuo, además: Dios no nos deja de amar nunca. Y nunca es nunca: el amor es de Dios, no de los hombres. Pero la protección que pedimos no es para que hagamos lo que nos da la gana, o para vaya usted a saber qué.

Pedimos la protección de Dios para apoyarnos en la sola esperanza de su gracia del cielo. No para que nos dejen en paz e ir a nuestra bola. No: la oración que hacemos es para abandonarnos cada vez más en Dios, en la esperanza y en el Cielo.

No para poner nuestras miras en metas humanas, en éxitos terrenos -por muy duraderos que sean: mil años son un ayer que pasó-. Y es esta esperanza la que nos fortalece y nos permite tirar, haciendo el bien y procurando hacerlo cada vez mejor.

Rubén Pereda