Nunca olvides que Dios te ama

    Probablemente tú y yo no seamos muy distintos. Si estás leyendo esto, quiero compartir contigo aquello que me cambió la vida. Conocí el amor de Dios desde pequeñita, gracias a la parroquia y a mi familia. Pienso que entonces mi fe era mucho mayor que la que ahora poseo, gracias a la mirada inocente y pura propia de la niñez. Pero toda fe tiene que madurar. Y mantener una fe de niño en el cuerpo de un adulto es un gran peligro.

    Así, a medida que fui creciendo, mi fe se iba volviendo más bien superficial. Comencé a dudar de la Iglesia en muchos temas, especialmente en los más polémicos. Y a esto se unieron grandes sufrimientos, que aún a día de hoy me cuesta compartir. Uno de ellos fue la muerte temprana -y a mi parecer injusta- de un gran amigo. ¿Cómo podía Dios permitir esto para una persona tan buena? Empecé a cuestionar a Dios y, dado que un Dios malo o injusto no tiene razón de ser, concluí que Dios no podía existir. La iglesia, por tanto, debía ser un negocio.

    Comencé a buscar la verdad. Debía estar por algún lado. Empecé a buscarla en cada filósofo, en cada razonamiento que me daba alguien conocido… y cuando creía que estaba tan cerca como para atraparla, se me escapaba de entre los dedos como el agua del mar. Pero lo peor era el vacío que iba experimentando en mi interior. Un vacío inexplicable, que no había sentido nunca antes. Había perdido algo, pero no sabía el qué.

    Entonces llegó la conversación. Empezaba a notárseme que no estaba bien y otro buen amigo, realmente preocupado por mí, me invitó a hablar con él. Le conté todos mis miedos, mis dudas, mi convicción de que Dios no existía,… toda mi lucha interior. Con paciencia, él comenzó a recorrer conmigo ese camino para buscar la verdad. Repasó conmigo a los filósofos más importantes, me abrió su intimidad, me escuchó con interés y me habló con sencillez. Casi al final, me dijo: “Isa, creo que lo que te pasa no es que dudes de que Dios exista. Si existiera pero tú no le importases, te dolería igual. A ti lo que te preocupa es que Dios no te ame y por eso haya permitido las cosas que has tenido que vivir”.

    Y tenía toda la razón. Lo que te cambia la vida es un Dios que te ama con locura. Aún no confiaba en Dios. Pero sí en mi amigo, por lo que decidí volver a acercarme al Señor, esta vez desde el corazón y no desde la superficie. Y así fue como comenzaron los milagros. Bueno, más bien, como yo comencé a poder verlos en mi día a día, ya que siempre estuvieron allí. Volví a recorrer mi historia con la mente y descubrí la mano de Dios en todo: sus regalos y caricias totalmente inmerecidas, sus lágrimas junto a las mías cuando no quería mi sufrimiento pero tenía que respetar la libertad de quien me lo provocaba –siendo a veces yo misma la que, al equivocarse, se había producido tales heridas-, su modo de sacar un bien mucho mayor del peor de los males de mi vida, su capacidad para escribir recto con mis renglones torcidos,…en definitiva, su amor. Y mi vacío se volvió a llenar, esta vez para regalarme una paz que no me abandona ni en mis peores caídas.

    A menudo pedimos pruebas para tener fe pero, como alguien me dijo una vez, Dios espera a que primero tengamos fe para poder mostrarnos las pruebas. Mi fe sigue siendo diminuta, pero la fe del Señor en mí es tan grande…me ama tanto…y te ama tanto…

    Ir descubriendo a Dios es una gran aventura. Tengo claro que quiero ser santa y pienso pedírselo hasta que me lo conceda. Quiero ir al cielo y quiero que tú vengas conmigo. Así que rezo por ti.

    El Señor ya me regaló poder desempeñar mi vocación: la psicología. Me regaló poder entrar en lo más sagrado de cada persona, descubrir su tesoro y ayudarlo a curar sus heridas -aunque algunas sólo puede sanarlas Él, sin intermediarios-. Pero lo más importante no ocurre durante las sesiones, sino fuera de ellas: rezando y ofreciendo por mis pacientes, porque su sufrimiento se torne en sonrisas y por su santidad. Al fin y al cabo, quiero ser psicóloga de futuros santos.

    Lo que más me ayuda en mi día a día es permanecer unida a la Iglesia, que aunque no es perfecta, sigue siendo mi madre. Mis pilares son: 1) la oración, 2) la lectura de la Biblia, 3) los sacramentos –recibirlos tanto como pueda- y 4) el ofrecimiento a Dios de cada segundo de mi vida (ya sea saltándome una comida, yendo de pie en el metro, en un momento alegre con los amigos, en mi descanso…trato de ofrecer absolutamente todo a nuestro Padre, para que se cumpla su voluntad en nuestras vidas).

    Y cuando fallan mis propias fuerzas, que es SIEMPRE, tengo a María. Ella es mi roca. A medida que la voy descubriendo me voy enamorando más de ella. Aunque muchos lo desconocen, es nuestra clave para llegar a Jesús, para ir al cielo,… ¡para todo! No hay fe verdadera que no pase por ella. Y es tan maravillosa…

    Quisiera terminar tal y como empecé, diciéndote las mejores palabras que puedo decir a nadie y por las que muchos ya me conocen: pase lo que pase… NUNCA OLVIDES QUE DIOS TE AMA.

    Isabel Cortijo