La alegría de dar

Jesús por dentro

Jesús «levantando los ojos hacia sus discípulos» (6, 20). Cada una de las Bienaventuranzas nace de la mirada dirigida a los discípulos. De esa manera nos hace ver san Lucas a quien van destinadas.

En los manuales de Historia de las religiones, o de Religiones comparadas, al tratar del Cristianismo lo resume todo en el «Sermón de la Montaña» porque allí figuran «la oración del Señor» y «las Bienaventuranzas».

Así como «el Padrenuestro» es la oración de Jesús que todos los cristianos debemos recitar, «las Bienaventuranzas» reflejan la vida interior de Jesús, que debemos imitar sus discípulos.

Jesús es el que se hace pobre, el humilde de corazón. Jesús es el que sufre, el perseguido a causa de la justicia… Y los cristianos serenos felices, bienaventurados, santos, si seguimos ese camino.

«Las Bienaventuranzas» nos muestran también cómo es la Virgen, porque, como dicen los teólogos, son las características de la vida de un cristiano. Y Ella fue la mejor de los discípulos del Señor. Por eso, no es exagerado afirmar que Jesús estaría pensando en su Madre al predicarlas.

Las felicidades

«Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3). Así comienza Jesús a hablar de sus discípulos, de la Virgen y de cada uno. ¿Por qué empieza así? María era feliz porque poseía el Reino de los cielos. Y el Reino de los cielos lo tuvo gracias a su pobreza de espíritu. María era pobre materialmente hablando. Pero también por dentro.

Así han sido los santos. En el año del 150º aniversario de la marcha al cielo del Santo Cura de Ars, el Papa Benedicto dijo de él que «a pesar de manejar mucho dinero», porque mucha gente se lo daba para sus obras de caridad, «era rico para dar a los otros y era pobre para sí mismo». Y explicaba el Cura de Ars: «Mi secreto es simple, dar todo y no conservar nada». Y al final de su vida pudo decir con absoluta serenidad: «No tengo nada».

El Cura de Ars siguió, como todos los santos, hasta el final, el consejo de Jesús: «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos». Pero, también, con esta Bienaventuranza, el Señor describe nuestra situación personal. Estamos necesitados de afecto, de cariño, de dinero, de ropa.

Las Bienaventuranzas son una paradoja. Con ellas Jesús da la vuelta a lo que la gente piensa habitualmente, y lo que parece malo pasa a ser bueno. Se invierten los criterios del mundo cuando se ven las cosas como las ve Dios.

Dar

La Virgen era pobre pero no porque no hubiera tenido, sino porque todo lo que había recibido lo entregó Dios. Hubiera sido rica por su inteligencia, su juventud, su elegancia. Estos son los criterios del mundo. Pero eligió entregarse a Dios, y ella quedarse sin nada. Quiso devolver a Dios todas sus buenas cualidades. Decidió entregar su cuerpo y su alma a Dios, convencida de que nadie la llamaría madre. Pero se equivocó, porque ha sido la mujer en la historia de la humanidad que más la han llamado así: madre. Es un consuelo saber que los santos se equivocan: porque a Dios no le podemos ganar en generosidad. Felices los que se entregan a Dios, porque el Señor los hará ricos.

Los pobres no tienen dinero para comprarse muchas cosas en las rebajas. Y a veces no encuentran el afecto que buscan en los demás. Son pobres porque no tienen quienes les comprendan, como también te puede ocurrir a ti. Precisamente con esta Bienaventuranza, el Señor se refería a nosotros.

Y nos sirve pensar que la Virgen no era pobre porque no tuviera, sino porque lo poco que tuvo, todo, lo entregó a Dios. Por eso fue dichosa. El Señor siempre hace lo mismo: cuando quiere hacernos un regalo importante, primero nos pide lo poco que tenemos, la calderilla.

Se ha dicho que «un santo es un avaricioso que va llenándose de Dios, a fuerza de vaciarse de sí». «Un santo es un pobre que hace su fortuna desvalijando las arcas de Dios». «Un santo es un débil que se amuralla en Dios y en Él construye su fortaleza».

Antonio Balsera