«El mundo de ayer». Stefan Zweig

El mundo de ayer es uno de los más conmovedores y atractivos testimonios de nuestro pasado reciente, escrito con mano maestra por un europeo empapado de civilización y nostalgia por un mundo, el suyo, que se había desintegrado.

Exiliado en Londres a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, el escritor austriaco Stefan Zweig se dispone a escribir su autobiografía. La tesis central del libro es el internacionalismo de la cultura. Los escritores, los poetas y los músicos no debieran haberse alineado a ambas partes de las trincheras en las Guerras Mundiales, pero lo hicieron. Sólo se salvan Zweig en la parte austriaca y Roman Rolland por la parte francesa.

Las memorias empiezan con la placidez del siglo XIX, el más europeo de todos los siglos, cuando se podía viajar por el continente sin más obligación que mostrar el billete de ferrocarril. Zweig nos habla del viejo imperio austro-húngaro en el que pasaron sus vidas sus padres y sus abuelos «en la misma ciudad y casi en la misma casa». Parecía imposible que nada cambiara, pero lo hizo. El expansionismo alemán convirtió a la alegre y confiada Austria en una triste provincia alemana. La palabra odio nos golpea una y otra vez desde el texto, anunciando guerras que nadie creía que pudieran producirse. Impresiona, porque recientemente hemos oído y visto ese odio en la política española.

Los daños producidos por la Primera Guerra Mundial, un millón de muertos en Austria y el desmembramiento del Imperio, contrastan con la alegría e inconsciencia patriótica con que los hombres fueron a ella. Stefan Zweig se considera a sí mismo cosmopolita y huye como la peste del patriotismo manipulado y del nacionalismo. No deja de citar el drama de los judíos alemanes; por su origen y su cultura son tan alemanes como sus conciudadanos y contemplan con estupor el rechazo por parte de su sociedad nutricia. La repulsa de Zweig por parte del III Reich le salvó la vida. Tuvo que trasladarse a Londres para poder seguir publicando donde le sorprendió la Segunda Guerra Mundial. Apátrida, un sentimiento de soledad y desarraigo le persigue; sentimiento que no sabe bien cómo afrontar y que terminó con su vida y la de su esposa cuando ambos se encontraban en Brasil.

En el aspecto literario, el autor narra el nacimiento de su vocación a las letras y su trato con los mejores escritores y artistas de la época. Vuelca su cariño en Sigmund Freud y en Erich María Rilke, pero también en otros muchos -austriacos y no austriacos- que sería prolijo transcribir. Su estilo literario es perfecto y reconoce el placer que le produce comprimir un párrafo, sin que éste pierda su sentido.

Por desgracia una autobiografía es propicia a divagar. El autor evita todo lo referente a su vida privada, pero, por ejemplo, dedica un gran número de páginas a describir los cambios que se habían producido desde el siglo anterior en la relación entre hombres y mujeres. En dos páginas podía haber despachado la cuestión ya que los lectores no somos desconocedores de esos cambios. Un libro sólido y un tanto nostálgico; un no a la guerra basado en la internacionalidad de la cultura; un desconsolado ‘lo peor es posible’ después de haber vivido la crueldad de las dos guerras europeas del siglo XX.

Reseña de Juan Ignacio Encabo publicada en Club del lector