Non sum dignus

Ayer por la tarde, antes de ir a la eucaristía, recibía sobrecogido la noticia de que te ibas al Cielo, nos dejas huérfanos y solos. Te vas como los buenos, para que en el Cielo prediques la Palabra que tantas veces hiciste entre nosotros. Seguiremos peleando por ti, Amigo, por ese amor posible de gesto y credo común. Como decía Pascal, Cristo seguirá en la Cruz hasta el final de los tiempos acompañando al hombre en las horas de amargura y desamparo.

Sigo sin creérmelo, sin ser consciente, me es muy difícil escribir estas líneas sin derramar lagrimas de ausencia, te has ido sin despedirte, demasiado pronto y en el fondo de mi alma surgen muchas preguntas, quizás demasiadas sin respuesta. Nos hacías mucha falta y se la hacías sobre todo a los jóvenes, a los que con tanto cariño y celo entregaste tu vida de Salesiano, de buen hijo de Don Bosco y de María Auxiliadora, siempre allí donde el Señor más te ha necesitado.

Aún recuerdo cuando nos conocimos, aquella víspera de Domingo de Ramos junto al Señor del Gran Poder en Sevilla, tu sonrisa, tu bondad y tu entrega, pero siempre contento. Aquel Lunes Santo me convenciste para ser hermano de la Hermandad de Santa Marta, “tu alma tiene que madurar” afirmaste con tu gesto bonachón, tus Lunes Santo eran también confesando en San Andrés antes de que saliese el portentoso misterio del Santísimo Cristo de la Caridad en su Traslado al Sepulcro.

Decía Santa Catalina de Siena “La amistad que tiene su fuente en Dios no se extingue nunca”, he tenido el privilegio de gozar de tu cercanía del semblante alegre de tu sonrisa del amor de Dios, donde la piel de tu cara nunca llevó las mentiras de este mundo. Te vas con La Paz de los árboles en primavera, como esas lagrimas limpias de plata en la plaza, por esa mañana de cristal.

Viviste, querido amigo, la fraternidad de un corazón sacerdotal, estamos como siempre me decías en manos del Señor, llegaste a pensar como pensaba Cristo; opinabas como opinaba Cristo; querías lo que Cristo quería y como Él lo quería; obrabas como Cristo obraba.

Me dejas muy tocado, hemos vivido intensamente muchos acontecimientos que el Señor nos ha regalado, compartiendo la Fe, el mayor de los regalos que como cristianos Dios nos da.

«Sacerdote, celebra tu misa, como si fuera tu primera misa, como si fuera tu última misa, como si fuera tu única misa».

Cuando te encuentres a esta hora con Dios, Él te dirá que hubo veces que nos habló con tu voz.

Descansa en la Paz del Señor amigo mío. Te quiero

Alberto Diago