Un resto fiel y esperanzado en Babilonia

Vivimos en una época en la que muchos de los valores cristianos parecen estar entrando, ya no sólo en decadencia, sino en ese terrible y escondido lugar llamado ‘olvido’. Verdaderamente, no podemos negar, a poco que seamos realistas, que los cristianos de Occidente hemos entrado en el exilio. Sí, igual que Israel tras la caída de los reinos originada por el pecado de sus reyes. Pero el nuestro no es un exilio geográfico, sino moral. De que el origen del exilio haya sido, en parte, por nuestro pecado tampoco tengo duda, pero no quiero hablar de esto ahora, pues mirar al pasado, toda vez hemos aprendido de él y lo hemos entregado a la misericordia de Dios, no tiene demasiado sentido.

Hace un par de meses, en el Congreso de Acogida Cristiana en el Camino de Santiago, el obispo auxiliar de Barcelona, Mn. Antoni Vadell, hablando de esta idea de exilio precisamente, hacía hincapié en que en Israel quedó un resto fiel al Señor, aún en medio de las tribulaciones y la añoranza de la tierra propia. Un resto que tenía una identidad sellada en su corazón por el Dios de sus padres, un resto que recordaba los prodigios que el Señor había obrado en favor de su pueblo, un resto que no era un ‘residuo’, esto es, que no eran las ruinas del floreciente Israel de tiempos de Salomón. No, no eran eso, sino más bien ‘resto’ pegado al Señor y con el anhelo en lo más profundo del corazón de volver a adorar al Señor allí donde Él moraba (el templo principalmente).

Pues bien, los jóvenes de hoy, los jóvenes en esta España, en este mal llamado ‘primer mundo’ del siglo XXI, estamos radicalmente llamados a ser ‘resto’ en mitad de Babilonia, es decir, a vivir con convicción nuestra fe, a fiarnos del Señor porque hemos escuchado su voz, porque Él nos ha amado primero, porque Él vive, sigue actuando en nuestras vidas y lo hemos experimentado. Y por eso, porque tenemos una identidad que nos da Aquél que es el anhelo más profundo del corazón humano, podemos ser optimistas y no caemos en el pesimismo radical. Y tampoco en el insulto político, en las batallas perdidas.

Porque el mundo lo que necesita no es una ideología, el mundo no va a cambiar a base de ideas geniales, los alejados no van a descubrir con una simple línea argumental (que es necesaria, ojo) los dogmas de fe. ¡Ni siquiera cosas tan básicas como el aborto! No, a base de ideas en un mundo que Benedicto XVI, como tantos católicos antes y después, calificó de relativista extremo, no cambiará casi nada. Sin embargo, tenemos en nosotros un tesoro que llevamos en vasijas de barro que es una persona, una persona que, sabemos, es el contenido de la palabra ‘amor’ para nosotros… ¡pero para todo ser humano también! Y las personas sí que cambian el corazón. Mejor dicho, Aquél que es el Amor puede llenar tanta vida vacía del verdadero Amor… sólo Él. ¡El mundo lo único que necesita es a Jesucristo! Una vez le descubramos comprenderemos el resto. Pero este es el orden: primero Jesús y, siguiéndole, ir reformando nuestra vida.

¿Y nosotros? A mí me gusta mucho cómo David enfoca su batalla contra el invencible Goliat. Dice el entonces futuro rey: «Tú [por Goliat] vienes hacia mí armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos, te venceré […] y todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel; y todos los aquí reunidos reconocerán que el Señor da la victoria sin necesidad de espadas ni lanzas, porque ésta es una guerra del Señor». ¡Exacto lo nuestro es estar atentos a la voz del Señor, llenarnos de Él y ser sus instrumentos de conversión para el mundo! Jesús no dice: ‘convenceos’, sino ‘convertíos’. Y a nosotros nos quiere utilizar como instrumentos y nos dice: ‘ayúdadme a convertir el mundo’.

La pregunta al cómo es muy compleja y hay muchas posibles respuestas, pero, sin duda, hay una cosa que no puede faltar por nuestra parte: el ejemplo de vida cristiana lograda y amada. ¡Ay si de nosotros dijeran aquello de ‘mirad cómo se aman’ igual que lo decían los increyentes de los primeros cristianos! El mundo sería otro. O, utilizando una famosa frase atribuida a san Francisco de Asís: ‘Evangeliza en todo momento y, si fuera necesario, con las palabras’. Esto es lo primero, decidirse a ser santos en medio de este mundo babilónico y ser ese resto fiel, ese resto en el que haya vida y, por tanto, esperanza de un futuro en el que la nueva evangelización pueda ser un hecho. De nosotros depende, porque, si de algo podemos estar seguros, es de que la parte de Dios será completada. ¡A por ello!

Javier Peño