¿La Oración cristiana al estilo budista? (2ª parte)

En ocasiones, bienintencionadamente, se ha buscado establecer a este propósito una cierta conexión con los místicos cristianos, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz. Centrémonos, en el Doctor místico. Cuando san Juan de la Cruz, en su Subida del Monte Carmelo y en la Noche oscura, habla de la necesidad de purificación, de desprendimiento del mundo de los sentidos, no concibe un desprendimiento como fin en sí mismo:

“[…] Para venir a lo que no gustas,

has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes,

has de ir por donde no sabes.

Para venir a lo que no posees,

has de ir por donde no posees. […]”

(Subida del Monte Carmelo, I,13,11).

Estos textos clásicos del Doctor místico se interpretan a veces en el este asiático -y en ocasiones hasta dentro de grupos cristianos- como una confirmación de los métodos ascéticos propios de Oriente. Esto no es justo, ya que el doctor de la Iglesia no propone solamente el desprendimiento del mundo per se, sino más bien propone el desprendimiento del mundo para unirse a lo que está fuera del mundo, y no se trata de ningún Nirvana, sino de un Dios personal, de un Dios verdadero, de un Dios único. La unión con Él no se realiza solamente en la vía de la purificación de todo aquello de malo que tiene el mundo, sino fundamentalmente en el amor, que es el único capaz de llevar o devolver a sus orígenes divinos lo que real y esencialmente es el mundo.

Por eso, la mística carmelitana se inicia en el punto en que acaban las reflexiones del budismo y sus indicaciones para la vida “espiritual”. En la purificación activa y pasiva del alma humana, en aquellas específicas noches de los sentidos y del espíritu, san Juan de la Cruz ve en primer lugar la preparación necesaria para que el alma pueda ser penetrada por la llama de amor viva. No es casual que este sea también el título de su principal obra: Llama de amor viva. Así pues, a pesar de los aparentes aspectos convergentes, hay una esencial divergencia de estas dos “espiritualidades”, a saber: la mística cristiana de cualquier tiempo -desde la época de los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente, pasando por los grandes teólogos de la escolástica, como por ejemplo santo Tomás de Aquino, y los místicos del norte europeo, hasta los carmelitas españoles- no nace de una “iluminación” abstracta y puramente negativa, que hace al hombre consciente de que el mal está en el apego al mundo por medio de los sentidos, el intelecto y el espíritu, sino por la Revelación del Dios vivo que es Amor (I Jn 4, 8). Este Dios se abre a la unión con el hombre, y hace surgir en el ser humano la capacidad de unirse a Él, especialmente por medio de las virtudes teologales: la fe, la esperanza y sobre todo el amor. Resumiendo: la mística cristiana de todos los siglos hasta nuestro tiempo -y también la mística de grandes hombres de acción como por ejemplo san Vicente de Paul, san Juan Bosco, san Maximiliano Kolbe, san Josemaría Escrivá, y el propio san Juan Pablo II- ha edificado y constantemente edifica el cristianismo en lo que tiene de más esencial: que la Iglesia es una comunidad de fe, esperanza y caridad. Edifica la civilización humana entera, y en particular, la civilización occidental, marcada por una positiva referencia al mundo y desarrollada gracias a los resultados de la ciencia y de la técnica, dos ramas del saber enraizadas tanto en la tradición filosófica de la antigua Grecia como en la Revelación judeocristiana.

La verdad sobre Dios Creador del mundo y sobre Jesucristo su verdadero y único Redentor es una imponente fuerza que inspira un comportamiento positivo hacia la creación, y un constante impulso a comprometerse en su transformación y en su perfeccionamiento. El mundo, en sí mismo, no es malo, pues es obra de Dios, lo que realmente es malo es el pecado que envilece y destruye al mundo, y por ende al hombre, como claramente nos lo indica el propio Jesucristo en el Evangelio y que recoge, por ejemplo, Mt 15, 10-20. En esta línea, el Concilio Vaticano II ha confirmado ampliamente esta verdad: abandonarse a una actitud negativa hacia el mundo, con la convicción de que para el hombre el mundo es sólo fuente de sufrimiento, de maldad, de deshumanización, y de que por eso nos debemos distanciar de él, no es negativa solamente porque sea unilateral, sino también porque fundamentalmente es contraria al desarrollo del ser humano y al desarrollo del mundo, que el Padre Creador ha dado y confiado al hombre como tarea. En la constitución Gaudium et Spes lo vemos claramente: “El mundo que [el Concilio] tiene presente es el de los hombres, o sea, el de la entera familia humana en el conjunto de todas las realidades entre las que vive; el mundo, que es teatro de la historia del género humano, y lleva las señales de sus esfuerzos, de sus fracasos y victorias; el mundo que los cristianos creen que ha sido creado y conservado en la existencia por el amor del Creador, mundo ciertamente sometido bajo la esclavitud del pecado pero, por Cristo crucificado y resucitado, con la derrota del Maligno, liberado y destinado, según el propósito divino, a transformarse y a alcanzar su cumplimiento” (n. 2). Estas palabras de los padres conciliares nos muestran que, entre las religiones del Extremo Oriente, en particular el budismo, y el cristianismo hay una diferencia esencial en el modo de entender el mundo. El mundo es para el cristiano, creatura de Dios, no hay necesidad por tanto de realizar un desprendimiento tan absoluto para encontrarse a sí mismo en lo profundo de su íntimo misterio. Para el cristianismo no tiene sentido hablar del mundo como de un mal radical y total, ya que al comienzo de su camino de conocimiento del mundo se encuentra el Dios Creador que ama la propia creatura, un Dios “que ha entregado a su Hijo unigénito, para que quien crea en Él no muera, sino que tenga la vida eterna” (Juan 3,16).

Llegados a este punto, no queda ocioso sino muy necesario, alertar a aquellos cristianos católicos que con entusiasmo se abren a ciertas propuestas provenientes de las tradiciones religiosas del Extremo Oriente en materia, por ejemplo, de técnicas y métodos de meditación y de “oración”. En algunos ambientes se han convertido en una especie de moda que se acepta de manera más bien acrítica. Es necesario conocer primero el propio patrimonio espiritual de la Iglesia y reflexionar sobre si es justo arrinconarlo tranquilamente como un “cacharro inútil”. Por ejemplo, un monasterio contemplativo nunca se olvidará del mundo en su oración, sino que pedirá por él para que regrese, por la mediación de Jesucristo, al seno del Padre, su Creador.

Es obligado hacer aquí referencia al breve, pero importante documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe “Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana” (Roma 15.X.1989). En él se responde precisamente a la cuestión de “si y cómo” la oración cristiana “puede ser enriquecida con los métodos de meditación nacidos en el contexto de religiones y culturas distintas”. Teniendo claro que “Para iniciar esta consideración se debe formular, en primer lugar, una premisa imprescindible: la oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. Por eso se configura, propiamente hablando, como un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios. La oración cristiana expresa, pues, la comunión de las criaturas redimidas con la vida íntima de las Personas trinitarias. En esta comunión, que se funda en el bautismo y en la eucaristía, fuente y culmen de la vida de Iglesia, se encuentra contenida una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios. La oración cristiana es siempre auténticamente personal individual y al mismo tiempo comunitaria; rehúye técnicas impersonales o centradas en el yo, capaces de producir automatismos en los cuales, quien la realiza, queda prisionero de un espiritualismo intimista, incapaz de una apertura libre al Dios trascendente. En la Iglesia, la búsqueda legítima de nuevos métodos de meditación deberá siempre tener presente que el encuentro de dos libertades, la infinita de Dios con la finita del hombre, es esencial para una oración auténticamente cristiana.(n. 3). Cuestión aparte es el renacimiento de las antiguas ideas gnósticas en la actual forma de la llamada New Age. No debemos engañarnos pensando que ese movimiento pueda llevar a una renovación de la religión y de la vida espiritual cristiana. Más recientemente, la Conferencia Episcopal Española ha publicado un Documento importante y orientativo sobre este tema: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”(Sal 42, 3) Orientaciones doctrinales sobre la Oración cristiana, (Madrid 28.VIII.2019) que aclara la verdadera oración y meditación, siendo el objetivo central Jesucristo Redentor del mundo, al cual nos unimos en su diálogo con el Padre, animados por el Espíritu, en su Iglesia; sin embargo, otras formas de meditación son simplemente un nuevo modo de practicar la gnosis, es decir, esa postura del espíritu que, en nombre de un profundo e iluminado conocimiento de Dios, acaba por tergiversar su Palabra sustituyéndola por palabras que son solamente humanas. La gnosis realmente no ha desaparecido nunca del ámbito del cristianismo, sino que ha convivido desde la sombra siempre con él, a veces bajo la forma de corrientes filosóficas, más a menudo con modalidades religiosas o pararreligiosas elitistas, con una decidida, aunque a veces no declarada, divergencia con lo que es esencialmente cristiano católico.

Por lo tanto, la oración del cristianismo y las “prácticas meditativas” del budismo son dos realidades muy diferentes, y en algunos aspectos antagónicas; pues, mientras el cristianismo ama la creación -en la cuál está incluido el mundo-, reflejo del Creador, y busca erradicar todo aquello que desdibuja su belleza, que es esencialmente el pecado; el budismo anula completamente al mundo como malo, deslegitimando cualquier posibilidad de devolverlo a su primigenia bondad y verdad creadora. Dicho de otra manera, Cristo no puede redimir al mundo, pues es malo “por naturaleza”, y si Jesucristo no puede rescatarlo, no es Dios. Por eso la religión cristiana y el budismo son dos realidades muy distintas, y en cierto sentido incompatibles, aunque ambas busquen el camino, la verdad y la vida. Los cristianos sabemos qué es, mejor dicho, quién es: Jesucristo (Jn, 14,6); y Él es el centro de nuestra oración.

Antonio Manuel Becerra

Sacerdote