¿La Oración cristiana al estilo budista? (1ª parte)

“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). “Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos” (Jn 17, 26). “Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21) He entresacado estos versículos del capítulo 17 del Evangelio según Juan, la llamada “oración sacerdotal” de Jesús, con un propósito claro, a saber: que la oración cristiana es un coloquio de amor con el Padre, en Jesucristo, alentados por el Espíritu Santo; para que a modo de sacerdotes, procuremos nuestra salvación y la del mundo entero. Efectivamente, este diálogo sagrado es alabanza a Dios y santificación nuestra, y por qué no decirlo, mediación por nuestros hermanos y por el mundo.

Hace años, o más bien décadas, que en la Iglesia católica se mueven corrientes de “oración” que, probablemente, están llevando a muchos católicos a confundir relajación con oración; dicho de otro modo, a poner en el centro de esa “oración” no a Dios sino al “orante”. Todo consiste en “sentirse bien con uno mismo”, desde unas técnicas de relax perfectamente identificadas y pautadas. Llevamos una vida tan estresante que necesitamos relajarnos. Algo, psicológicamente hablando, que no está mal, pero que dista mucho de la oración al Dios vivo y verdadero, pues no nos unimos a Él, sino que nos encontramos con nosotros mismos, y nos relajamos con la música suave, el yoga, la “meditación”, la luz tenue, la aromaterapia, los cojines en el suelo, el incienso, y las más variopintas ocurrencias. A todo esto le damos un barniz de “adoración” y tan contentos. Y salimos de esa “oración” no reconfortados por el amor de Dios sino relajados, cuando no, somnolientos.

Como los seres humanos somos tan dados a la imitación de lo novedoso, siendo fieles a la verdad, estas técnicas de “meditación”, o mejor dicho, su implantación no han partido en las comunidades cristianas de los fieles laicos, sino de algunos pastores o comunidades de religiosos que quedaron encandilados por aquel o el otro vídeo de internet; “todo parecía tan espiritual” que, ahora sí, los jóvenes o no tan jóvenes, iban a saber de veras los “frutos” de la oración. Era muy importante el “olor” a budismo, pues eso suena a meditación, a espiritualidad, a profundidad, a lo fetén de la oración.

San Juan Pablo II, el día 20 de enero del año 1995, tendió «la mano de la amistad» al pueblo de Sri Lanka (isla de Ceilán) y en particular a los budistas, que le acusaban de haber, insultado a su religión. Juan Pablo II dijo: «Deseo que mi visita sea considerada como una señal de mi profunda consideración por los fieles del budismo». Y mencionó específicamente los cuatro grandes valores de esa “religión”: metta, karuna, mudita y upekkha (amor, compasión, simpatía y ecuanimidad). Los budistas estuvieron ausentes en la ceremonia de bienvenida y se negaron a saludar al Papa.

Es que en su libro Cruzando el Umbral de la Esperanza (Roma 1994), el Papa san Juan Pablo II, admitía que en el budismo se daba una cierta “doctrina salvífica” que parecía fascinar a muchos occidentales de raíces cristianas, sea como “alternativa” al cristianismo, sea como una especie de “complemento”, al menos para ciertas técnicas ascéticas y místicas y de meditación interior. Escribió así: “Entre las religiones que se indican en “Nostra aetate” (28 de octubre de 1965), es necesario prestar una especial atención al budismo, que según un cierto punto de vista es, como el cristianismo, una religión de salvación. Sin embargo, hay que añadir de inmediato que la soteriología (doctrina de salvación) del budismo y la del cristianismo son, por así decirlo, contrarias.”

En gran parte de Occidente es conocida la figura del mediático actual Dalái-Lama (Tenzin Gyatsolo) líder espiritual de los budistas tibetanos o lamaístas. Este Dalái-Lama ha viajado constantemente presentando el budismo tibetano a los hombres del Occidente cristiano y suscita cierto interés tanto por la espiritualidad budista como por sus métodos de meditación. Hoy podemos comprobar, ciertamente, que se está dando una cierta difusión del budismo en todo Occidente y, lo que es preocupante, entre personas de Iglesia.  La soteriología es el tema central del budismo; más aún, el único tema de este sistema. Pero llama la atención que, tanto la tradición budista como los métodos que se derivan de ella conocen casi exclusivamente, lo que podríamos llamar, una soteriología negativa. La “iluminación” experimentada por Buda (Siddhartha Gautama) se reduce, casi exclusivamente, a la convicción de que el mundo es malo, fuente de mal y de sufrimiento para el hombre. Para “liberarse” de este mal hay que liberarse del mundo; hay que romper cualquier vínculo que nos una con la realidad externa, por lo tanto, los lazos existenciales en nuestra misma constitución humana, en nuestra psique y en nuestro cuerpo. Cuanto más nos liberamos de tales ataduras, menos nos afectan las cosas del mundo, y más nos liberamos del sufrimiento, es decir, del mal que proviene de este mundo. La mejor manera de hacerlo es la “meditación interior”, afinando un poco más, “yo conmigo mismo”. De esta manera obvio una de las características de la oración cristiana: la súplica. Efectivamente, una súplica a Dios para que su Redención plena se haga efectiva cuanto antes en la humanidad y en el mundo.

Por eso un cristiano católico debe preguntarse antes de nada ¿Me acerco a Dios con este modo de “rezar”? Aclaremos una cosa fundamental, en la “iluminación” transmitida por Buda no se habla jamás de eso; digámoslo de otra manera, aunque no lo parezca para nuestra mentalidad occidental, el budismo es en gran medida un sistema ateo. Queda claro con la concepción budista de que no nos liberamos del mal del mundo a través del bien, que proviene de Dios; nos liberamos solamente mediante el desapego del mundo, que es malo. La plenitud de tal desapego no es la unión con Dios, sino el llamado Nirvana, es decir, una especie de estado interior de perfecta y absoluta indiferencia respecto al mundo. De este modo “salvarse” quiere decir en el budismo, antes que nada, liberarse del mal haciéndose indiferente al mundo, que es fuente de mal, y encontrarse a uno mismo ya fuera de este mundo malo y gozar en la “paz interior”. Se entiende, pues, así la oración-meditación como la puerta del desapego de toda realidad redimible.

Antonio Manuel Álvarez Becerra

Sacerdote