«Los casos de Horace Rumpole, abogado». John Mortimer

Insigne defensor de las causas perdidas, Horace Rumpole es un abogado adorable, un hombre de altos ideales y de gran sentido común, que fuma cigarros malos, bebe un clarete aún peor, es aficionado a los fritos y a la verdura demasiado hervida, cita a Shakespeare y Wordsworth a destiempo y, generalmente, se decanta por los casos desesperados y por los villanos de barrio. Excéntrico y gruñón, lleva años abriéndose paso en las salas de justicia londinenses, mientras brega en casa con su terca mujer, Hilda, a quien él apoda «Ella, La que Ha de Ser Obedecida», en un particular universo donde el sarcasmo, el humor y la intriga se mezclan a partes iguales. Al modo de P. G. Wodehouse, John Mortimer construye en sus narraciones un universo demoledor y sarcástico al más puro estilo British.

Aunque el título pueda sugerir que nos encontramos con una más de esas novelas de ambiente policíaco y detectivesco, con inspectores sagaces que sorprenden con su ingenio, convendría adelantar que este libro no es de ese estilo. Para empezar, hay algunos casos que el abogado pierde; y los que resuelve no son un prodigio de perspicacia o inspiración; más bien se podrían calificar de normales, y a veces de previsibles.

Pero lo atractivo de estos relatos es la pintura que en ellos se hace de un profesional defensor en causas criminales, del ambiente familiar, del bufete en que trabaja, las relaciones con los colegas, con los jueces, con los fiscales y, por supuesto, con los reos a los que defiende. Esas descripciones, bien entreveradas con el relato de cada caso que se juzga, son lo más enjundioso y original del libro, aunque a veces puedan dar la impresión de que el narrador se ha perdido y se ha olvidado de contarnos si al final logra la absolución de su cliente o no.

Reseña publicada en Club del lector por Juan I. Yusta