“Año nuevo, lucha nueva”. Testimonio de Jaime Stein

    Si algo define bien mi vivencia de la fe es su normalidad. No he vivido un momento de conversión repentina, ni ningún tipo de experiencia religiosa especial. Envidio sanamente a las personas que han gozado de esos momentos, pero vivo también feliz con mi forma cotidiana de tratar de convertirme cada día un poco más, como es el caso de muchos amigos que me rodean. Por otra parte, aunque sea muy normal, es al mismo tiempo extraordinaria, en cuanto toda experiencia de la fe lo es; y también su misma cotidianidad es maravillosa. Esa fuerza de la fe en mi vida ha calado de formas distintas, pero me gustaría centrarme aquí en tres ideas.

    Lo primero que mi vida de fe cristiana me ha demostrado es el largo camino que me queda por recorrer hacia la caridad, la misericordia con los demás, y el esfuerzo por empatizar con sus problemas, sus luchas, sus retos… Progresivamente he ido viendo que lo más cristiano es intentar querer a los demás con su forma de ser, y quererles bien. Eso incluye tratar de ser un apoyo para mis amigos, y abandonarme en sus buenos consejos cuando atravesamos problemas. Creo que Dios habla a través de personas que te echan una mano en momentos de debilidad, y siempre he tratado de dejarme ayudar. Claro que una cosa es darse cuenta y otra cosa vivirlo…

    En todo caso, he ido descubriendo que Dios espera la conversión del pecador, como el Padre de la parábola, y eso en mi día a día me lleva a esforzarme por no juzgar a los demás, ni pensar que hacer más cosas pueda significar ser mejor persona. Haber ido creciendo en empatía me ha hecho más disponible a los problemas de mis amigos, y más exigente conmigo mismo, descubriendo mis fallos y procurando no excusarme con tanta frecuencia.

    En segundo lugar, la fe cristiana me ha permitido introducir la visión sobrenatural en mi día a día, y eso es algo que me reconforta y me llena de paz y esperanza en los momentos de tensiones y preocupaciones. Saber integrar los acontecimientos de mi vida como voluntad providencial. Ante situaciones adversas y planes que no salen como me gustaría, poder estar tranquilo con la seguridad cristiana de que Dios sabe más y de que todo es para bien. Esta ha sido una ganancia neta y espectacular. Además, hace que mi vida se llene de un sentido que, de otra forma, sería un mero ir y venir de sensaciones y sucesiones. Lógicamente, esto no quiere decir que hayan desaparecido las preocupaciones o los momentos de inquietud… pero al menos tengo cómo afrontarlos y cómo descubrir que pueden tener un sentido en mi vida.

    Esta visión sobrenatural se materializa en mi día de muchas formas: cuando trato de ofrecer mi estudio por una intención, cuando me acuerdo de alguien que está pasando un mal momento y rezo una oración por él… O simplemente cuando voy caminando y me doy cuenta de un pequeño detalle que Jesús ha tenido conmigo en mi día, o un favor que me ha ganado la intercesión de su Madre, y les lanzo una jaculatoria. Cuando llevo mucho tiempo sin tener a Dios en cuenta en mi vida, lo noto y lo echo de menos, porque sé —con la seguridad de la fe y con mi experiencia personal— que cuando más feliz he sido, ha sido al tenerle a Él a mi lado.

    En último lugar, pero como pieza esencial de mi comprensión de la fe cristiana está el afán de lucha. Siempre he sido una persona perfeccionista y con notable incapacidad para asumir el fracaso, asimilarlo y mejorar con humildad. Gracias al Opus Dei me he ido dando cuenta progresivamente de que mi vida interior debe ser comenzar y recomenzar. En pocas palabras: un profundo sentido de ser hijo de un Dios misericordioso, y una clara llamada a volver constantemente a la casa de mi padre, por muy lejos que me vaya, y por muchas que sean las veces que lo haga. Claro que para este “sentirme” hijo de Dios me ha ayudado mucho el haber crecido en una familia de seis hermanos. El gran mérito de mi fe cristiana lo tienen sin duda mis padres, mis abuelos, mis hermanos…así como otras personas “clave” que me han acompañado estos años, y me han ayudado a comprender lo mucho que valgo a los ojos de Dios.

    Junto a la conciencia de ser hijo de Dios, el afán de lucha y la visión sobrenatural me han llenado de esperanza en muchos momentos, y me han quitado de complicaciones mentales. Lo he dicho antes, pero me repito: más importante que cualquier caída es levantarse otra vez. San Josemaría decía “Año nuevo, lucha nueva”. ¡Qué mejor comienzo, para este año nuevo 2020!

    Jaime Stein González

    5º Filosofía y Derecho