¿Cuándo se perdió la Navidad?

Estos últimos días recorría las calles, de comida en comida, de cena en cena, de compromiso en compromiso. Pasé por hospitales, clínicas, residencias, la policía y sobre todo por delante de muchos pobres. Y todas esas veces pensaba, ¿Qué estoy haciendo?

La Navidad es la época del año que más me gusta. Los adornos, el ambiente, la gente querida… hasta huele diferente la ciudad. Pero todos los años tengo la misma sensación, una sensación de agobio por los regalos que tengo que hacer, los compromisos a los que tengo que atender, las cenas que hay que preparar. Para mí es un sinsentido, una pérdida de tiempo. Llamadme cutre, pero yo prefiero una cena sencilla y una noche de películas o juegos de mesa en familia, antes que todas esas cenas que se llevan organizando durante dos semanas, para que luego dure dos horas en la mesa y en dos días la gente se olvide de lo que ha comido. Prefiero un detalle, incluso hecho a mano, significativo, que un regalo carísimo en el que probablemente sólo se invirtió 30 minutos en pensar y que luego se te olvide quién y cuándo te lo regaló. Algunos podrían pensar que las ocasiones especiales merecen una organización especial, y en cierta manera así es, pero para mi serían ocasiones que ocurren una vez en la vida, como un bautizo, una boda, una pedida de mano, etc.

Sin embargo, la Navidad llega todos los años, y todos los años es siempre lo mismo. Me atrevería a decir que a muchas personas se le queda una sensación de vacío en esta época, al menos a mi me sucede en muchas ocasiones. Pienso, ¿por qué me siento así si todas las comidas, cenas, reuniones y regalos han sido perfectos? Por mi parte respondería que se debe a que hemos puesto más atención a esos detalles superficiales que, por supuesto son efímeros y se olvidan fácilmente, y por eso dejan esa sensación de vacío, que a lo que de verdad te llega al corazón, que son esas miradas, esas sonrisas, esas conversaciones con una copa, o las monerías de tus hijos o sobrinos, que al fin y al cabo son los que más disfrutan esta época. No lo digo yo, lo dice Jesús, que hay que volver a ser como niños. Mi hermano cuando era pequeño, jugaba con la caja de cartón del regalo más que con el juguete. Es una pena que perdamos ese gusto por las cosas sencillas con la edad.

Nos emperifollamos y organizamos cenas ostentosas pensando que crean un momento especial, cuando en realidad el momento especial lo creamos nosotros, y encima muchas veces es esta organización lo que rompe la armonía y crea tensión y discusiones. Como si reunirnos todos para una comida sencilla y una peli fuese lo más común del mundo, cuando en realidad a muchas familias les cuesta reunirse incluso una vez al año.

Continuando con el inicio de esta historia, a medida que pasaba aquellos hospitales, residencias de ancianos, policía y pobres, pensaba en el poco sentido que le damos a este tiempo.

Pronto acaba la navidad, y puedo decir que la mejor parte fue una cena solidaria que tuvo lugar el día anterior a Noche Buena. Una noche con adornos y alimentos preparados por nosotros, donde todos pusimos nuestro cariño y donde lo que más importaba no era la cena en sí, sino poder acoger a personas que la mayoría de las veces vemos en la calle y pasamos de largo sin mirarlas. Regalos sencillos para los niños, que los abrían con mucha ilusión; y cuando digo regalos para niños, me refiero a muñecos, patines o ropa, en fin, lo de toda la vida, y no un smartwatch que dice hasta lo que sueña tu hijo de dos años (un decir), que cuando el otro día vi una estantería de estos relojes expuestos, casi me da un derrame cerebral.

En resumen, creo que, si volviésemos a lo sencillo, humilde, y a buscar la esencia en vez del envoltorio, quizás seríamos más felices, nos sentiríamos más satisfechos, y además ahorraríamos una fortuna.

Es un “win-win”, no perdemos nada por intentarlo, aunque sea un año, ¿no?

¿Qué decís?

Mai García