Ser santo sin dejar de ser joven

    Buenas soy María Pavón Rodríguez, tengo 20 años y estudio tercero de Magisterio de Educación Infantil en la Universidad Católica de Valencia. Me preguntaron si quería contar mi testimonio personal de cómo vivo la Fe y les dije que por supuesto lo haría.

    Cuando me preguntan cómo vivo la Fe, lo primero que pienso es que la vivo con muchísima felicidad y paz. Pienso que es un don de Dios que hay que pedirlo, pero también hay que quererlo y agradecerlo. Desde mi experiencia, la Fe no es siempre constante, ya que tiene sus momentos de bajones.

    Poco a poco me he ido dando cuenta de que lo que realmente me hace feliz en esta vida, es saber que soy hija Dios, confiando plenamente en Él y comprendiendo que todo lo que me pasa sirve para santificarme cada vez más en las pequeñas cosas de mi día a día. (Ser santo es cualquier persona que lucha por entrar en unión con Dios. La santidad no sólo se le otorga a unos cuantos privilegiados, sino que va dirigida a cualquier persona que trata de cumplir con amor los pequeños deberes de cada día).

    Desde bien pequeña, tanto en casa como en el colegio, me han educado en los valores cristianos, transmitiéndome la importancia de luchar por lo que uno cree, aunque a menudo se meta la pata y las dificultades sean grandes e inculcándome la importancia
    de complicarse la vida para servir a los demás por Dios.

    Durante mi adolescencia, me empecé a preguntar si realmente era verdad lo que en casa y el colegio me enseñaban sobre Dios. Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta que tener y estar cerca de Dios es lo mejor que me podría llevar de mis padres y profesoras, eso sí, sin ser una tarea fácil.

    Gracias a todo lo que me fueron enseñando mis padres y mis profesoras, fue entonces cuando me di cuenta de que la mejor manera de estar cerca de Dios y de vivir plenamente la Fe era sustituir “el tengo que” por “querer hacer las cosas con libertad y por amor a Dios”.

    Tras pasar del colegio a la universidad, nunca pensé que sería tan costoso encontrar a Dios en mi día a día, en un ambiente tan distinto al que tenía en casa y al que había recibido en el colegio. Durante mis dos primeros años de carrera, me pareció imposible el poder transmitir lo que es Dios a mis amigas. En estos dos años, seguía yendo a misa los domingos, rezaba todos los días, acudía a los medios de formación semanalmente (Formación continua a través de unos medios concretos con el fin de parecerse más a Cristo, por ejemplo: clases, charlas, conversaciones…sobre Dios, la Fe, la vida cristiana)…, pero eso sí, actuando con doble personalidad por miedo a lo que pudiesen pensar de mí.

    Este verano, me di realmente cuenta de que la Fe se va construyendo poco a poco, cuando empiezas a entender verdaderamente el sentido de la Santa Misa y del poder de la oración, ya que te vas enamorando más de Dios cada día y te lleva a tener un encuentro más personal con Él, con el fin de alcanzar la santidad en las tareas ordinarias, en las cosas pequeñas, en la labor profesional, en los afanes de cada día…; santidad para santificar a los demás. Desde mi experiencia, desde que empecé a vivir la Santa Misa diariamente, tengo cada día la necesidad de santidad, de crecer en la santidad y la necesidad de recibir a Jesús cada día para estar cada vez más cerca de Él. Respecto a la oración, pienso que es un medio que me ayuda a dejar todo en manos de Dios y que me ayuda luego a ver la mano de Dios en todo.

    Es por ello, cada día le doy gracias a Dios, en primer lugar por haberme dado los padres que me ha dado y en segundo lugar le agradezco al Opus Dei toda la formación que me ha dado en el colegio y actualmente me la da semanalmente en los distintos medios de formación.