Creo firmemente que soy hija de Dios. Inés Rey

Soy Inés Rey, tengo 20 años y estudio Periodismo y Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, mi ciudad. Soy la mayor de 4 hermanos y tengo unos padres geniales: Inés y Carlos, a quienes les debo mi vida y cómo soy, pues he aprendido y aprendo cada día de ellos, muchísimo.

Tengo el mejor novio del mundo, Antonio Trueba, que me quiere con locura y solo me lleva al cielo. Suelo decir (soy un poco cursi) que él es mi cielo en la tierra. Y el gran regalo por encima de todos es que soy, y creo firmemente que soy, Hija de Dios.

Yo siempre he ido a un colegio con orientación cristiana, el colegio Canigó, de Fomento. Y mis padres están muy cerca de Dios, mi padre es, de hecho, del Opus Dei. De pequeña siempre rezaba con ellos y mis hermanos. Nunca me olvidaré de la canción de: “Junto a ti María”, que cantábamos con mi madre siempre antes de ir a dormir.

Pero cuando uno va creciendo, no le es suficiente haber mamado la fe desde pequeño. Para enamorarte de Cristo tienes que tener un encuentro con Dios. Y ese encuentro lo tuve en el verano de primero a segundo de la ESO.

En sexto de primaria y primero de la ESO me había convertido en una niña un poco gamberrilla. Era muy buena, pero maduré antes que la mayoría de mi clase y ya me creía que podía quedar siempre con mis amigos, que podía hacer lo que quisiera… Estaba, simplemente, “pava rebelde”.

Pero en el verano de segundo de la ESO una amiga me lio a ir a una convivencia a Irlanda con el club. A mí no me motivaba en absoluto ir con el club, pero Dios me sorprendió. Allí aprendí a rezar, me enamoré de la Eucaristía y sobre todo fui consciente de que Dios tenía un plan para mí, que Él me necesitaba y que yo, con su ayuda, podía ayudar a la gente a ser mejor y a acercarse más a Dios.

Volví de Irlanda cambiada, mis padres no me reconocían. Nunca lo olvidaré. Me dijeron: “Estamos orgullosos de ti”. A partir de ese verano, empecé a rezar e ir a Misa cada día. Yo era enana, pero Dios me había tocado el corazón. De hecho, en ese verano, cuando fuimos a Cantabria con mi familia, recuerdo que me llevaba a mi prima a Misa en bici.

Y a partir de ahí, ir creciendo de la mano de Jesús. Pasaban los años y Dios me sorprendía cada vez más. Dios está a mi lado, siempre. Piensa en mí, siempre. Quiere para mí lo mejor, siempre. Y con los años Jesús ha ido creando en mí un corazón más entregado y más grande. Y poco a poco también me ha ido ayudando a decirle que sí, a abrazar todos aquellos imprevistos humanos que forman parte del plan divino. Y aún sigo aprendiendo. A confiar, a abrazar la cruz. A decirle que sí en todo. Cada vez soy un poco más consciente de la importancia de confiar y esperar en el Señor.

Y a Jesús a través siempre de la oración, la Eucaristía y la Virgen. Mis pilares. Mi encuentro fuerte con la Virgen fue en segundo de bachillerato, en una convivencia en Roma, dónde tenía muchas dudas y estaba muy confusa, y me choqué con la Virgen Desatanudos. Se lo dejé todo en sus manos. Y después de nueve días haciéndole una novena, ella me desató y aclaró todas mis preocupaciones. “A Jesús siempre se va y se vuelve por María”, dice San Josemaría. Y es totalmente verdad. Yo lo he experimentado. Y a partir de entonces, en mis crisis o en mis momentos de dificultades: A la Virgen. Ella lo puede todo. De hecho, me consagré el año pasado a ella el día de la Virgen de Lourdes. Otro regalazo. Dejarle todo en sus manos para siempre. Y el rosario en mano siempre, que la Virgen cura lo incurable.

Otro de mis pilares es la gente. Tanto mi familia, como mis amigos, como los más pobres, me llevan a Jesús. El servicio, la caridad, el amor. Desde segundo de la Eso hago voluntariado todos los veranos. Me he ido a Lituania, a Palestina, a Ghana, a Albania, a la India, a Filipinas. Y en Barcelona acostumbro a hablar con la gente de la calle o ir a los comedores sociales. Darse, darse y recibir más de lo que das de los más necesitados es estar en el cielo.

Además, Dios siempre me ha puesto unas ganas locas en el corazón de cambiar el mundo desde dentro, por lo que siempre he tenido una inquietud social importante. De hecho, en el 2017 creamos con unos amigos una asociación de voluntariado en Barcelona, DoChange, que ya consta de 200 voluntarios. Un milagro del cielo.

Otro pilar de mi vida espiritual: Mis directores espirituales. Sin ellos, no sé qué haría. Ha sido un regalazo que he tenido desde muy pequeña. Tener a personas que te escuchan, y te aconsejan y te ayudan a escuchar a Dios, es una pasada. Y por supuesto, la confesión semanal, que me da la gracia para escuchar a Dios y cumplir Su Voluntad en las pequeñas cosas del día a día. Y la formación, que me permite entender a Jesús y hablar de Él a todos.

Y no quiero olvidarme de mis amigas, que son como mis segundas directoras de mi vida. Mis consejeras. Dios me ha regalado siempre unas amistades que solo me llevan a Él. Y tengo la total certeza de que van a estar conmigo hasta la muerte.

Y, como ya he dicho, quien me lleva al cielo cada día es Antonio, mi novio, con el que llevo dos años y medio y con el que quiero estar toda la vida hasta la muerte. Con él estoy aprendiendo a amar de verdad, desinteresadamente, pensando solo en el otro. A amar sufriendo. A amar disfrutando. A amar con todo. A amar un poco más como Dios nos ama. Y estoy aprendiendo mucho sobre la increíble vocación al matrimonio que Dios me ha dado.

Y para acabar, quería acabar diciendo que este año he entendido, como en ningún otro año, el sentido de la santificación del trabajo y de la vida ordinaria. Me paso más de un tercio de mis horas de la semana en la Universidad, y Dios me está ayudando a transformar todo en oración y en sacrificio corredentor. Que es que Dios nos lo pone todo en bandeja, todo lo podemos llevar al cielo.

Y querría acabar con que también me ha dado la oportunidad de entender el valor del sacrificio y de la lucha, y es un campo en el que quiero esforzarme con entusiasmo este año. Pues Jesús nos dice: “Quién quiera seguirme, que cargue con su Cruz y me siga”. Y no hay camino más feliz que seguir a Cristo.

No me quiero alargar más. En resumen, mi vida es un regalo. Y como todos los regalos, depende de mí conservarlo. ¡A ser fieles!

Inés Rey