Resiliencia Divina

    Tal día como hoy, -jornada en la que estoy escribiendo estas líneas-, hace cinco años, el 31 de diciembre de 2015, mi madre fue acogida en el seno del señor. Cuando ocurrió, -seguramente por el estado de shock en el que me encontraba-, no sabía como reaccionar. Desconocía que el mundo en el que estaba acostumbrado a existir, que las circunstancias a las que estaba habituado a que sucedieran, iban a cambiar para siempre. Todo se disponía a evolucionar. Como la energía, no se iba a crear o a destruir otra realidad, sino que se transformaría. Cambio, que no podría haber podido atravesar, sino hubiera tenido una vida interior fuerte y la confianza rebosante de que todo lo que ocurre en este orbe, es todo para bien nuestro y por la voluntad del creador.

    Hace algún tiempo, recordaba con una allegada, -sin duda una de las grandes luces que Dios a puesto en mi camino durante el pasado año 2019-, que los diamantes, cuanta más presión soportan durante su formación, ostentan mayor brillantez y dureza. Cada una de las disyuntivas que se me han planteado, o y que hoy se me siguen manifestando, he sabido sacar partido de ellas. A veces tardaba en percatarme de su significado, de las razones por las que Dios había movido las piezas del tablero de mi historia con ese sentido. Pero al final, -nunca tarde, ya se sabe que el Señor ahoga, pero no aprieta-, no ha habido vez en la que haya visto la luz al final del túnel. Lo hizo cuando ocurrió lo de mi madre, cuya experiencia me ayudó a tratar con más cercanía y fraternidad a mis hermanos,-así es como se llamaban entre sí los primeros cristianos-, y lo ha vuelto a hacer en última instancia hace unos meses cuando parecía que mi panorama se desvanecía al terminar la relación con una mujer, que pese a que era nociva para mi integridad material y espiritual, me había despertado ilusión y la idea de hacer camino juntos. Me viene ahora a la mente, una frase que me dijo un gran amigo semanas antes de que los objetivos de aquella dama y los míos dejaran de ser comunes. Ante mi preocupación por la posibilidad de que ese vínculo se rompiera, y acompañándole a que cogiera el tren, este, antes de subirse al vagón, me miro a los ojos, me cogió del hombro de manera fraternal, y dijo: “A lo largo de mi vida, me he dado cuenta, de que Dios siempre ha hecho y desecho en función de lo que fuera mejor para mí, lo que tenga que ser, será, tranquilo capitán”. Porque el Altísimo, no hace puntadas sin hilo. Cada día lo tengo más claro. Tanto en el pasado, en el presente, como en el futuro, Él nos prepara para proseguir nuestra marcha con la cabeza alta si tenemos la fe suficiente.

    Su ser, ha supuesto en mí la esencia de lo que soy ahora. De hecho, muchos antiguos compañeros de escuela no caben en su asombro al ver cómo me desenvuelvo en la arena política. Hace meses, un amigo de la infancia, en una fase nostálgica en la que recordábamos los tiempos pasados, me contó que se reencontró con uno de nuestros profesores, y me manifestó lo sorprendido que estaba el docente de que un niño tímido, introvertido e impopular como había sido yo pudiera estar ahora en el arte de la política y generara tanta influencia. Esa trasformación, aunque gracias a Dios, -y nunca mejor dicho-, no ha sido la única, ya dijo San Pablo que quien no avanza retrocede, llegó justo en el preciso momento en el que empecé a meditar todos los días con el Señor. Le contaba mi día, mis preocupaciones, reflexionaba sobre un pasaje concreto del Evangelio. Poco a poco, esa vida interior fue haciendo mella, y terminó de eclosionar, cuando recibí el sacramento de la confirmación, y en aquel instante, sentí que las palabras del nuevo testamento que afirman que con la gracia del Espíritu Santo los apóstoles conseguirían hacerse entender en cualquier ambiente, no era baladí.

    Hoy, y en este comienzo de este 2020, todavía la Santísima Trinidad me sigue acompañando allá a donde voy. La oración, el hablar íntimamente con Dios, me cambió la vida, trasformó mi existencia y los ojos con los que la veo. Otro buen amigo, ante el temor de que la entrada en la Universidad me hiciera descuidar el diálogo con Dios, le tranquilicé señalándole que no temiera, porque la meditación espiritual, era para mí lo que es para un drogadicto la farlopa. El elixir que me mantiene activo, vivo…

    Estoy seguro, de que si tuviera la confianza en Dios que ostento, me sería difícil sobrellevar y afrontar con tranquilidad las circunstancias espinosas que se viven en la política o incluso en solventar las preocupaciones diarias de cada día. Porque Cristo es realidad, porque la verdad nos hace libres.

    Jorge Brugos Martínez