Mi revelación particular: Dios es familia (Segunda Parte)

    Llegó nuestro quinto embarazo. Recuerdo la primera noticia que recibí de mi esposa: acababa de practicar la prueba correspondiente, y me mostró los felices resultados con algo de amargura, que bebía de la desesperanza que yo también compartía. Tras cuatro duros fracasos —cuatro muertes—, un nuevo embarazo sugería una nueva solución funesta.

    Lo encomendábamos juntos a Dios en la Liturgia de las Horas, y yo con cierta timidez, con la fe vituperable de quien considera a Dios obediente de la naturaleza. Pero el hecho es que nuestro hijo alcanzó las doce semanas con muy buenos pronósticos, y los ginecólogos nos aseguraron que prácticamente había desaparecido el riesgo de un nuevo aborto de repetición.

    No me extenderé aún más relatando nuestro alivio, nuestra felicidad por el hijo tan esperado, sino con una misericordiosa visita de Dios, que como testimonia Elías, no estaba en el huracán, en el terremoto, en el rayo: pasó en el murmullo de una brisa suave.

    En la íntima oscuridad del tálamo me brotaba mi nuevo fanal; un hijo de la luz y de la sombra, en expresión de Miguel Hernández. Y fue en la primera patadita que intercepté de C cuando la verdad en mi entendimiento se hizo carne en mi cuerpo, y experimenté a mi hija por vez primera.

    Me abrumaba la novedad; me sumergió en contemplaciones de las bondades de la pequeña. Y la primera, la de las causas en el efecto.

    El lector, si ya es padre (o madre), ha conocido mi estupor al considerar el advenimiento de su pequeño: dos nos amamos, y algo que nos excede absolutamente sobreviene a coronar la grandeza de nuestra mutua entrega. Nadie puede dar lo que no tiene, y una perfección biológica admirable se arroja sobre la existencia desde dos células previas muchísimo más rudimentarias, simples. Desde materiales muy distintos a lo nuevo se desarrolla la pequeña C, de sublime perfección y egregia complejidad, y es casi una imposición de la naturaleza advertir en el útero materno una ordenación de lo primero a lo último, como si todo aquello —y nosotros dos inclusive— fuera, de alguna forma, sometido por la vis attractiva del fin, que es el hijo.

    Si nadie puede dar lo que no tiene, ¿quién había dispuesto que C resultase de lo notoriamente inferior e inicialmente disperso? Y la previsión de una gestación más avanzada, y la abrasiva irrupción de la niña en el mundo, autónoma de la madre, que hubiere evidenciado su personalidad innegable, sobrevenida en algún momento en la matriz, también ofrecía la intuición segura de Dios creador entre nosotros.

    Hay una bendita pasión que es una mezcla del gozo por la posesión del bien amado y de la admiración inquietante —petrificante— de enfrentarse a lo que es mucho más grande que uno, que es el temor de Dios, y que en este caso se confunde con la pequeñez de un recién nacido. ¡Qué excelsas contradicciones habrán acontecido en el alma de María, sosteniendo en Belén, en sus brazos, la reducción del Rey mismo del Universo!…

    ¡Y la responsabilidad, el honor, de ser ocasión necesaria para una de las más sublimes creaciones de Dios, porque así él lo hubo querido!… ¡De ser instrumento divino, al través del cual la Trinidad opera!… ¡Junto al cual la Trinidad despliega su poder!…

    ***

    Este Dios creador, que se revela de forma única en el advenimiento de la persona, en mudas teofanías superiores a la emergencia de altísimas cordilleras o el lucimiento del cielo nocturno, se hace accesible en su propia intimidad de esta forma privilegiada. Porque la harmonía de las creaturas, o las selvas tropicales, o las bondades del reino animal, nos permiten inteligir atributos excelsos de Dios, pero no la íntima relación de las Personas divinas, que los hombres pueden barruntar a la luz de la previa revelación de Cristo Jesús en ciertas realidades humanas.

    Los Padres de la Iglesia han advertido el número de la Trinidad presente en innumerables realidades naturales, como vestigio silente de su origen divino. Y la teología escolástica encontró en el alma humana este mismo sello trinitario, en la tríada de sus potencias, y se valió de ellas para ilustrar el modo en que proceden eternamente el Hijo y el Espíritu Santo del Padre. Finalmente, otros autores hallaron en la familia la expresión más bella de la intimidad divina.

    No en vano afirma el Génesis que Dios creó al hombre «a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó». Y no significa meramente que el solo hombre, varón o mujer, sea imagen del Dios invisible —expresión que alcanza su grado máximo en Jesucristo—, sino que esta diferenciación sexual en dos también expresa el ser divino. Hay en el varón y la mujer que se unen para formar una sola carne, y en la bendición subsiguiente de Dios —«sed fecundos y multiplicaos»—, una dignidad altísima por su referencia a la Trinidad.

    Dios no es una unidad solitaria: aquel que se revela en Jesús es fecundo y completo en sí mismo. El Hijo procede eternamente del Padre, que es en cierto sentido principio de la vida trinitaria, y del Espíritu Santo decimos los latinos en el Credo: «qui ex Patre Filioque procedit»; que procede del Padre y del Hijo.

    Es la del Hijo la procesión del entendimiento, por lo que el evangelista llamó a la segunda Persona Verbo, Palabra, o Lógos; es esta la Sabiduría del Padre —así llamamos a Cristo la última semana de Adviento—. La del Espíritu es la procesión de la voluntad: del amor entre el Padre y el Hijo procede, eternamente, el Espíritu Santo, y por estas realidades san Juan Pablo II lo denominó Persona-Don, o Persona-Amor, para que el nombre de la Persona expresara la relación, como en el caso del Verbo.

    El Padre pronuncia su Verbo, que permanece en aquel como el concepto —verbo interno— permanece en quien lo piensa, y ambos espiran el Don, y son los Tres la unidad del Dios vivo y verdadero, recibiendo conjuntamente una misma adoración y gloria.

    ¿No es admirable desde estas contemplaciones la realidad del hombre? ¿Podía ser mayor la dignidad a que fuéramos elevados? «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne».

    El matrimonio, imagen de Dios vivo, es el vínculo sagrado entre un hombre y una mujer; es una nueva forma de ser de ambos dos, que se refieren uno a otro para siempre, que se vierten uno sobre otro, que se conforman como elementos integrantes de una unidad que es superior a la agregación de las partes. Marido y mujer son plenamente en el otro; son más en la sola carne.

    Y de este amor de los dos procede una nueva entidad, una nueva persona de igual dignidad a sus padres. Sucede en este clima de amor interpersonal, en este ámbito maravilloso de unidad —de la unicidad de una familia—, una persona-don, una persona-amor, que permanece en ellos como su verbo, que es la personalización del don del uno al otro. Que acaba lo que empezó en la contracción del vínculo sagrado del matrimonio; que perfecciona la frágil y preciosa, dignísima, naturaleza de los hombres.

    Escribía Miguel Hernández a Josefina:

    «Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
    seguiremos besándonos en el hijo profundo».

    El hijo es la plenitud de la vocación divina de los padres. Y Dios se pronuncia sobre cada nueva procreación. ¡Bendita economía de Dios, que hace todo grande, y bueno, y bello! ¡Que se imprime hasta tal punto para mí en todo cuanto toca, y especialmente en mí que me toca, en nosotros!…

    Aquí tuve, hasta el momento, mi última y más alta revelación particular, en mi preciadísima hija C, en mi amada esposa Ángela.

    José M. M.