Mi revelación particular: Dios es familia (primera parte)

    «Es verdad: tú eres un Dios escondido» (Is 45, 15).

    «Fecisti nos ad te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te1». Así comienza san Agustín sus Confessiones, reconociendo en Dios el fin del hombre, inscrito como tal en su misma naturaleza. Desde que somos, somos en dirección a él, por su pura misericordia, como el metal que se vierte sobre la magnetita para encontrar su reposo.

    Fiel a su providente economía, Dios capacitó a Adán para la amistad con Él, y quiso adornarlo de sabiduría: infundió en su alma el conocimiento de todo y potenció su entendimiento, revelándose paulatinamente en el escenario del mundo a quien había designado como su interlocutor privilegiado.

    Pero Adán pecó, y con el pecado Adán fue privado del reconocimiento de Dios; rechazó las dádivas divinas —entre ellas, la ciencia— y se sumergió en las tinieblas. Introdujo desequilibrios en el cosmos que solo la venida con poder de Cristo podrá reparar, y se independizó de la Trinidad. El ángel arrojó al hombre del paraíso, y el hombre expulsó a Dios de su creación, que se torna un lugar vacío, desalmado, oscuro.

    Siglos, milenios después, seguimos conduciéndonos en la sombra, guiados por el fanal que Cristo, en la plenitud de los tiempos, nos legó en la Iglesia.

    ***

    Hay dichosos que han sido abiertos por la gracia de Dios a la acogida del Espíritu Santo, y han sido elevados a una interacción personal, directa, con Dios vivo y verdadero. Hoy los hay también; conozco algunos que dicen haber recibido tal bendición, y los creo. De tales dones individuales nos beneficiamos todos; desborda el celestial manjar de la mesa de los escogidos, y de las migajas que se precipitan al fango los demás nos mantenemos, aunque no nos sacien.

    En otros el pecado debe ser tan grande, tan grande, que no permitimos la aparición de Dios omnipotente. Y qué torpes somos quienes, como Jacob, a brazo partido luchamos con Dios, que no se deja vencer, y seguimos en la sombra sin ser heridos de su poder, con los muslos descoyuntados y el alma rota.

    Ciegos somos. Nos sacudimos en la tiniebla una y otra vez, alzando los brazos, y a veces esperamos de veras a Dios; otras simplemente clamamos por inercia, por la fuerza de la rutina. Nos dejamos la garganta en el aire, gritando voces que se diluyen hasta desaparecer en un vacío tétrico, como Blas de Otero:

    «¡Poderoso silencio con quien
    lucho a voz en grito: grita hasta arrancarnos
    la lengua, mudo Dios al que yo escucho!».

    Nadie ha valorado nunca los sacramentos como nosotros, que cayendo y cayendo, engullidos de la nada, hemos agarrado para siempre esa robusta e ignota roca, que muy poco entendemos, pero sabemos encarnación de la palabra inerrante de Dios depositada en la Iglesia. Carne, que el hombre es cuerpo, y no nos basta la sola idea.

    ¡Sí que, a veces, parece que Dios logra superar mis vicios, y me roza!… ¡Pero cuántas veces he confundido lo que es Dios con lo que no es Él!… San Ignacio compone una obra repleta de difíciles indicios para enjuiciar los acontecimientos del alma, distinguiendo el buen espíritu del malo; santa Catalina de Siena, mi venerada patrona, explicaba a su director que el demonio se le mostraba bajo la forma de la divinidad para inducirla al error, y que ella era capaz de diferenciarlos porque las manifestaciones de Dios comenzaban con un profundo temor y acababan en ternuras, mientras que las diabólicas partían de la dulzura al terror. ¿Cómo no iba a equivocar yo a Dios con lo que no es él?…

    Durante años, obediente de imprudentes pastores —cuando no malos—, he adorado un ídolo imaginario que interpuse en el lugar de Dios, aunque igual los llamara, y así me envanecía, me alienaba. Y qué duro y difícil fue el gravísimo momento del desengaño, de la dilución de la idea. Salvaron mi vida la filosofía y, sobre todo, la fe —«credo Ecclesiam»—. Eso me ha vuelto tan desconfiado; me obliga aún, casi una década después, a aplicar el dudoso método cartesiano a las epifanías de la Trinidad: sólo puedo adorar a Dios tras ellas cuando positivamente lo advierto sosteniéndolas. Y esa certeza es difícil, si no imposible.

    De ahí mi arrojo en la Eucaristía: allí hay seguridad, aunque nos abrase su mutismo, su aparente pasividad. Es de tantos la súplica de santo Tomás de Aquino: «Iesu, quem velatum nunc aspicio, / oro fiat illud quod tam sitio; / ut te revelata cernens facie, / visu sim beatus tuae gloriae2» («Adoro Te devote»).

    Pero hay veces en que, si bien Dios no entra en cuanto persona en la intimidad de uno, sí se muestra inconfundiblemente ante el entendimiento contemplativo. Y no en la verdad histórica, en sus operaciones pasadas, sino en sus actuaciones presentes, mientras estas aún perduran. ¡Y tan cerca de uno!…

    ***

    En este contexto de relativa y ansiosa ceguera conocí a Ángela (así la llamaré en este artículo), que hoy es mi mujer. La quise y la quiero —la amo, ¡pero tanto rosea el término por culpa de los cursis!…— como nunca hiciera con nadie. Mi inestabilidad y mi errancia espiritual se mitigaron en la reciedumbre de mi nuevo pilar. «Todo lo pudo la mujer cristiana, / logrolo todo la mujer discreta», en palabras de Gabriel y Galán. Apareció el fin palpable y dignísimo de mi vida rutinaria, y ella empezó a satisfacer, aunque no absolutamente, el anhelo de la naturaleza humana, que nos constituye en mendigos del otro.

    Hallé el principio de mi salvación en la mutua inhesión de los amantes, que hace de dos una sola carne por la infinita misericordia de Dios, que dijo: «no es bueno que el hombre esté solo». Y en esta clave me ha invitado varias veces Ángela, que es buena católica, a interpretar el matrimonio que contrajimos casi dos años ha: es Dios providente quien nos une en la eternidad, y así nos engrandece y perfecciona.

    Más adelante padecimos cuatro abortos que nos sumergieron en un mar de desconcierto y padecimiento, mayores en mi pobre esposa que en mí (son ellas quienes desarrollan un vínculo primario y directo con la criatura en el seno materno; los hombres —al menos en mi caso— sabemos que algo grande acontece, pero el hijo se nos asoma a la inteligencia y no, aún, al corazón). Cuando se sufre el primero se recibe como un revés muy doloroso pero sin ulteriores significados; ¡cuán frecuente es el aborto espontáneo en el primer embarazo, durante las primeras semanas de vida del nuevo ser!…

    Cuando por tres veces seguidas se padece esta contrariedad, al dolor acumulado se suma la incertidumbre: se aventuran hipótesis, y la tétrica posibilidad de la esterilidad se expande en el ambiente. Y todo lo tiñe.

    Una vez los abrazos y los besos fueron rebosantes de gozo y prosperidad; no era solo el amor de dos que se unían, a veces en el lecho conyugal y otras en meros gestos y solas miradas, en público o en la intimidad: era la potencia del hijo en todos ellos, la ocasión para el anudamiento más profundo de nosotros en la unicidad del descendiente. Pero a partir de entonces pasó a ser algo distinto; lo que tenía un estupendo contenido nos amenazaba con cierta nulidad; un adarme de dudas fúnebres se arrojó sobre honestos besos y miradas.

    La mujer no es solo persona, como lo somos los varones: la esposa es el lugar concreto en que acontece maravillosamente la familia. El marido se entierra en el vientre del cónyuge, que es el ámbito en que se encuentran los consortes, y en la matriz de su compañero que es toda ella flota virtualmente la progenie, como una consumación de la sola carne en personas virtuales —¡y realísimas!…— que llegarán a ser. Y en esta consideración, de que tanto se ha alejado la modernidad, se evidencia la maldad de la infertilidad: esos hijos no llegarán a ser, la sola carne se convierte en carne solitaria, y el amor de aquellos dos no podrá ser perfecto (es decir, acabado).

    1 «Porque nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti».

    2 «Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria».

    José M. M.