La cuna de mi Señor

Hay una chica en mi pueblo que eleva el corazón a Dios en menos de lo que dura un misterio del Rosario. Viéndola rezar se enardece el alma, y crece el amor. Cuando quiere comulgar viene a casa y me dice: ¿Cuándo me das a mi Señor? Este “mi” tiene una connotación especial, es un deje cariñoso, pero también posesivo. Ella está convencida de que Jesús es para ella, aunque sabe que, por su ser infinito es para todos. Ayer, sin ir más lejos, me sorprendió con una frase como ésta: Jesús vivo se derrama igual para todo el mundo, pero luego nos ama de una forma especial y distinta a cada uno; si buscamos en nuestro interior la parte de debilidad de Jesús hacia nosotros, siempre pensaremos y sentiremos que nuestro amor es único. En realidad, es así lo que dice San Pablo: “la fuerza se realiza en la debilidad”.

Dicho esto, ya podemos adivinar que en la debilidad de un Dios, hecho niño, está la fuerza de la Navidad. Creo desde hace mucho tiempo que en la medida que una Parroquia, una familia, una persona, celebra la Navidad, puede verse la fortaleza de su Fe. Estos días preparamos a Jesús la cuna de nuestro corazón, como las madres primerizas preparan el hogar cuando va a llegar la criatura. Aunque falten meses para que duerma solo, e incluso años, ya le preparan hasta su pequeña mesa de estudio, sus primeros juguetes, que tardará en estrenar. Ellas ya saben que es pronto, pero quiere preparárselo.

Como dice tantas veces el Santo Padre, debemos crecer en ternura. No sé qué puedes poner en esta nueva cuna de este año, o qué puedes quitar de tu vida, si va a molestarle. Eso es algo que debes ver tú, o quizás tus hijos se darán cuenta. Si miras tu día a día con ojos de niño pequeño, te darás cuenta de qué puede disgustar al pequeño Niño-Dios. Y de la misma manera que podemos decir que hemos preparado la cuna de mi Señor, te invito a ti, sacerdote de Jesucristo, a pensar cómo cuidas la llave de tu Sagrario.

La idea surgió por el robo de unas formas consagradas, hace unos meses, en el pueblo vecino. El impacto en mi vida de lo que había sucedido, me ha hecho llevar siempre conmigo la llave de mi sagrario. Junto a ella he rezado muchas veces, he meditado muchas cosas. Lleva grabados los panes y los peces, como signo de aquel milagro, del alimento que nos da el Señor. Y yo me pregunto: ¿es la Eucaristía el alimento de las gentes de mis parroquias? O te voy a decir más todavía: ¿es mi verdadero alimento? ¿Lo cuido y lo trato como tal? Quizás nos hemos acostumbrado a la Eucaristía, igual que puede ocurrir con el Belén: lo saco, lo preparo, lo pongo, lo quito, lo guardo. Pero no lo rezo. No estoy a su lado, mirando y cantando. ¿Estoy al lado de la Eucaristía mirando, cantando, escuchando?

¡Qué preciosidad las iglesias limpias y cuidadas! ¿Dejo participar a la gente en la colocación de los manteles, las vinajeras, los cálices; incluso el belén? Quizás mejor que yo, y también mejor que tú, la señora de toda la vida, o esa chica de mi pueblo, tratan las cosas de Dios. ¿Les invito a participar en la Adoración Eucarística o pienso que como no va a venir nadie, es mejor que no hagamos nada?

Sí, esta Navidad, también en la Santa Misa de hoy, al recibir a Jesús en la Eucaristía, puede que te lleves una sorpresa, si lo compartes con los demás, o si intentas recibirlo en tu corazón, como hacen las gentes sencillas de los pueblos donde vivimos, pero que, con tristeza lo digo, muchas veces, no nos hemos parado a contemplarlo.

Desde estas líneas y de todo corazón, antes de decirte FELIZ NAVIDAD, te digo, querido lector, FELIZ COMUNIÓN.

Sotana Rural