Día 4 Novena de la Inmaculada: Tiempos de Alegría

La alegría del Espíritu Santo

Hemos oído en el Evangelio como Jesús exulta, habla lleno de la alegría del Espíritu Santo (cfr. Evangelio de la Misa: Lc 10, 21-24). Porque la boca habla de lo que llena el corazón.

Si te fijas, las conversaciones de las personas mayores tratan muchas veces sobre enfermedades. Se oye decir con frecuencia: La semana pasada he estado de médicos. Contrariamente las personas jóvenes dicen: El fin de semana estuve de fiesta.

Puedes hacer la prueba, los mayores no suelen reírse por la calle, por el contrario las personas jóvenes sí. Por eso llama la atención que un anciano como el Papa esté casi siempre alegre.

Y no debía extrañarnos que tres de las cuatro exhortaciones apostólicas del Papa llevan por título: La alegría del Evangelio, La alegría del amor y Alegraos y regocijaos. Algo nos querrá decir el Señor a través de su vicario…

Quizá es que esta época que nos ha tocado vivir es un tiempo de alegría. Lo mismo que al principio, porque el cristianismo supuso en el mundo antiguo una explosión de felicidad. Los primeros seguidores de Jesús morían cantando.

Esto es lo que hace la santidad que, incluso las personas de edad, sean personas simpáticas y divertidas. Esto es lo que experimenté al estar con san Josemaría: nunca me había reído tanto.

Igual me pasaba en los años que viví junto a don Álvaro, que contaba unos chistes muy divertidos. Él era gracioso, y es beato, bienaventurado, porque donde está Dios todos tienen una alegría contagiosa.

Podemos ya comenzar nuestra vida eterna, empezar ya a vivir como si estuviéramos en el cielo. En realidad estamos ya virtualmente allí. Porque para Dios no hay tiempo y ya nos ve felices junto a él.

Paz interior

Esta es la herencia que nos dejó el Señor: la alegría junto con la paz. El profeta Isaías dice que sobre el Mesías se posará el Espíritu del Señor (cfr. Is 11, 1-10). Y explica como en ese tiempo, convivirán fuerzas contrapuestas.

Todos notamos esas tendencias a la pereza, al enfado, a la crítica, a la lujuria. Pero por otra parte se podría decir que en algunas ocasiones somos personas activas, amables, a los que les repugna la crítica y la infidelidad.

Como si dentro de nosotros tuviéramos por una parte un cordero y por otra un lobo. O una paloma y una serpiente. Un ternero y un león. Algo así describe el profeta. Incluso un niño meterá la mano en el escondite de una víbora y no le hará daño.

Es que Dios es un Espíritu de paz. Y como dice claramente el salmo: en sus días la paz abundará eternamente (cfr. Salmo Responsorial: 71, 7).

Es que con Jesús ha comenzado una nueva etapa en la historia de la humanidad. Y también en nuestra historia personal. Por eso notamos que lo que nos da la autentica alegría y paz es estar junto al Señor.

No es posible conseguir una paz duradera con el alcohol, ni con el sexo, ni con la marihuana. Si fuese así es que tu ideal sería que tus hijos fueran unos alcohólicos emporraos adictos al sexo. Nadie desea eso para los que quiere de verdad.

Uno se enamora de una persona equilibrada y alegre que quiere ser fiel. Pero también hay gente que da el pego porque tienen una felicidad etílica y una paz de diseño, que prometen que su amor será eterno mientras le dure. Eso se llama dar gato por liebre. Engañar.

Los Santos han sido lo contrario, los que han dado liebre por gato. Por eso a los apóstoles cuando les llegó el Espíritu Santo estaban tan contentos y extrovertidos que les tomaron por borrachos. Tenían la alegría de la juventud que tiene Dios. Por eso el mensaje del Evangelio comienza con una palabra:

Alégrate

El evangelio comenzó con el mensaje del ángel a una adolescente. En el saludo del ángel llama la atención que no dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom la paz esté contigo–, sino que le diga ¡alégrate! (cf. Lc 1, 28).

Con este saludo del ángel comienza el Nuevo Testamento. La misma palabra reaparece en la Nochebuena (Lc 2, 10). Y vuelve a aparecer con ocasión del encuentro con Jesús resucitado (Jn 20, 20).

En el saludo del ángel a María se oye la música que seguirá sonando a través de todo el tiempo que dure la Iglesia. La letra de esta melodía es una palabra tomada del Antiguo Testamento. En el saludo del ángel se actualiza una profecía (Sofonías 3,14-17) que dice así: Alégrate, hija de Sión… El Señor, tu Dios está en medio de ti.

El motivo por el que la hija de Sión debe alegrarse, según estaba profetizado, es que el Señor está en medio de ti (So 3,15.17); literalmente traducido: está en tu vientre. Precisamente esta expresión reaparece en el mensaje del ángel a María: Concebirás en tu vientre (Lc 1, 31). Lo que Dios había prometido se cumplen de forma inesperada en una mujer muy joven, casi una niña.

El libro del Éxodo habla del Arca de la Alianza, esa que buscaba Indiana Jones. En ese cajón dorado estaba las tablas de la Ley, un cuenco con el maná, el alimento que Dios dio para llegar a la Tierra prometida. El Arca representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo (cfr. Ex 33, 3; 34, 9). María se convertirá en el nuevo Arca, que contiene a Jesús verdaderamente autor de la Ley y al Pan del Cielo.

A nosotros no nos hace falta buscar ese Arca, porque tenemos la suerte de tenerlo en cada Iglesia. Jesús está en lo que llamamos Sagrario. Si tenemos alguna pena  acudimos a esa caja de metal donde se encuentra esa embajada, ese territorio del cielo.

Por eso los sacerdotes aconsejamos acudir al Sagrario y al contacto con Jesús nos llenamos de alegría. Por eso me acuerdo que a una persona que estaba triste le aconsejé que se acercara allí, al Sagrario. Y me respondió con fe, pero con un poco de ironía:

Usted todo lo arregla con la Cajita.

Pues sí.

Antonio Balsera