Día 3 Novena de la Inmaculada. Tiempos de Fe

La historia de un militar

Todos nosotros tenemos nuestra historia. El evangelio nos cuenta la de un militar que se convierte gracias a su fe (cfr. Mt 8, 5-11). También cada uno de los que estamos aquí podría contar el relato de su vida.

Conozco a una persona que cuando habla con alguien le pregunta: Cuéntame tu historia.

Me acuerdo de la de un chico que, como el militar del Evangelio, conoció a Jesús cuando ya era mayor.

La preguntada era obligada: –Pero si tu familia no era cristiana, no te echarían regalos por Navidad, ¿verdad?

A lo que contestó el chico: –Como mis padres eran muy cultos celebrábamos en casa el el solsticio de invierno.

Y seguía diciendo:

Efectivamente, yo no le escribía la carta a los Reyes Magos, sino a mi hada Madrina.

Me contaban que este chico, antes de bautizarse, ya iba a Misa todos los días, pero como es lógico no podía comulgar. Y esto es lo que admiraba a la mayoría del Colegio Mayor donde vivía.

Porque ellos, que eran cristianos desde pequeños y podían recibir al Señor, sin embargo no lo hacían.

Algo parecido debió ocurrir con el militar extranjero del que nos habla el Evangelio: Jesús se admira de que tuviese más fe que la gente de su misma nación.

La cosa se repite en el siglo XXI porque el universitario, del que te he contado su historia, decía:

Señor, no es necesario que yo te reciba físicamente, porque Tú puedes decir una palabra y se hará el milagro.

Hace poco, alguien me decía: –Mire que para querer a una persona hace falta admirarla. Porque es muy difícil amar a alguien que no se aprecia.

Es verdad. Pero suele pasar que mientras más cerca vivimos de personas extraordinarias menos las valoramos.

La superficialidad

La superficialidad hace que no descubramos algo maravilloso que ocurre a nuestro lado.

Quizá en el lugar en el que menos nos aprecian es donde vivimos. Nadie es grande para su mayordomo, ni poeta en su casa. Y a quien más se aprecia es a los que vienen de fuera. Esto es muy humano y a la vez muy poco humano.

Hay gente que planea ir a una ciudad que ahora está de moda. Pongamos que hablo de Teruel. Porque Teruel existe. Y una vez allí, quizá, pueden preguntarnos de dónde venimos. Y al decir el nombre de esta ciudad, nos podrían responder fácilmente: –Qué suerte tienes de vivir en Granada.

Y seguramente hemos estado en la Alhambra, pero no hemos probado las tapas de la calle Navas o de la plaza de la Mariana. O quizá, pero puede ser que nos hayamos acostumbrado.

Aquél militar tenía la seguridad de que el Señor podía hacer milagros, y por eso va a pedirle uno. Y Jesús se lo hizo. Porque Dios realiza maravillas a los que tienen fe.

Vamos a pedirle al Señor que haga el milagro de darnos la fe de este oficial del ejercito romano.

Dile a Jesús: –No es necesario que me lleves a otra ciudad. No hace falta que cambie de sitio para ser feliz. Mejor cámbiame a mí. Haz el milagro de que yo vea, que no sea ciego en Granada.

Como dice el poema: Dale limosna, mujer. Que no hay en la vida nada, como la pena de ser, un vecino de la Chana.

La fe es lo que nos hace ver

El que tiene fe, ve. El que no tiene fe le falta lo importante: es un ciego en Granada. O como si un erasmus solo se dedicase a estudiar. Eso también lo podría hacer en Alcaudete.

Por falta de fe hay personas que no se fían de Dios. Otros que huyen de Él. Hay quienes dicen que quieren seguirle, pero lo hacen con el freno de mano echado. Cada uno tiene su historia, pero el egoísta acaba solo.

Pero ahora estamos aquí acompañados. Porque una adolescente, de nombre María, le entregó su vida a Dios, aunque no era necesario. Lo hizo con libertad. Movida por su fe, no porque le apeteciese ese día.

He hablado.

Antonio Balsera