El tesoro de la amistad

La amistad no es algo de menos categoría que el amor, sino que es una forma de amar. Nos lo recuerda C. S. Lewis, con su propia experiencia. Lo cuenta en su libro «Los cuatro amores», que te recomiendo. En su país, es frecuente dar largos paseos por el campo. Cuenta, que daban grandes caminatas conversando entre amigos, y luego hacían un descanso en una taberna, alrededor del fuego, con algo para tomar. Y disfrutaban de la compañía y de la conversación entre ellos. Cada uno contaba lo que llevaba en su cabeza, y en el corazón, con confianza en los demás. Compartían muchas cosas, debates, pensamientos, ideas, imaginación, lo que estaban escribiendo…, la vida misma. Hacían tertulias y lo pasaban en grande.

Luego, reflexionando, decía que la amistad es uno de los dones más preciados que la vida nos puede regalar. Y, ¿quién puede decir que lo ha merecido?

Un encuentro entre dos personas, que comparten algo que los une. Porque, estamos diseñados para las relaciones personales. Nuestro cerebro es social y empático. Te lo cuento en otro post. Hace falta mirar a los demás, darles la oportunidad de que nos cuenten lo que les preocupa…

Es necesario, no solo dar «cosas», que está muy bien, sino también darse a sí mismo, nuestro tiempo y persona a quien llamamos amigo. Como decía un gran amigo, «la persona es un ser de aportaciones…», necesita darse a los demás. Es lo propio de ella, y lo que le da mayor plenitud personal. Y la forma de alimentar cualquier amistad. Y, como consecuencia, se es más feliz.

La amistad se forja con el tiempo. Puede surgir de un granito de arena…, y se solidifica con el tiempo. Se nutre de momentos juntos, y conversaciones, en las que se abre el propio corazón. Se ayuda, se comprende, no se juzga, se aporta, y se estimula lo mejor del otro… Un amigo te ayuda a crecer como persona.

Para ello es necesario poner en juego las cualidades personales, como la comprensión, el saber escuchar, no solo con los oídos, sino también con el corazón. La empatía, para profundizar esa comprensión, y para atenderle en lo que necesite, según su forma de ser, o sus circunstancias… etc. Saber descubrir sus fortalezas y talentos, esas cualidades en las que, cada uno es especial y ¡único! Así, ayudarle a crecer como la persona singular que es.

Cada persona es algo, o mejor alguien, tan valioso y «cuasisagrado», que hay que acercarse a ella, a cada una de ellas, con admiración y respeto, mostrando nobleza y confianza, y sobre todo, cariño. Esa es la actitud que debemos tener ante cualquier persona. Saber mirar con ojos «de buen amigo». Descubrir todo lo bueno que tiene, que siempre es mucho más de lo que se ve a primera vista. Comprender limitaciones y fallos, estados de ánimo más o menos oportunos… Incluso ponerse unas «gafas tintadas», si hiciera falta, para descubrir sus cualidades, que, a veces, pueden estar algo ocultas. Quizá, por falta de una mirada comprensiva, o por falta de cariño a su alrededor… Incluso, puede que esa persona no las advierta. Y así, las pueda desarrollar.

Se necesita calma y paciencia. Es preciso ensanchar el corazón, abrirnos a los demás, para agrandar las fronteras del propio corazón, y albergar a todos. Comprender que, cada uno libra una batalla en su interior. Ser amables, romper la soledad del otro, dar confianza, dejarle abrirse…, escuchar con el corazón lo que quizá quiere decir, y no se atreve…

Ayudarle a descubrir toda su grandeza, la maravilla velada en él, todo lo valioso que es, y lo que puede hacer, con sus talentos y facultades, que revelen un sentido de su vida más pleno. Saber que, cada persona es libre para ser ella misma, solo falta ponerse manos a la obra y desarrollar toda esa potencialidad innata que se nos ha regalado, a cada uno, específicamente, y ¡singularmente!

Decíamos en otra entrada, sobre la libertad, que, el para qué de esa libertad, esa meta valiosa por la que luchamos, es muy importante, porque de ello depende que logremos la mejor versión de cada uno, o, que vayamos en sentido contrario: hacia algo que nos despersonaliza o cosifica…, que, al fin y al cabo, nos destruye como personas. Y, el amor, la capacidad de querer a los demás, es un punto clave. Ser capaces de amar nos aporta mayor plenitud personal, y consecuentemente, nos hace más dichosos. En esa capacidad de querer, entra la amistad, además del amor en pareja. Y ambos, son fuente de libertad creativa, afecto y felicidad.

Por otro lado,

el sentirse valorado y querido, estimula lo mejor de cada uno
y anima a luchar por lograr la mejor personalidad. 
 
Porque,
     el cariño y la confianza son como el horno donde se «cuece» 
la mejor personalidad de cada uno, 
en especial en la familia.
Ser buenos amigos, que no es buscar buenos amigos, aunque también… Sin precipitarnos a juzgar o criticar… Cultivar el arte de escuchar lo que deseen contarnos, con comprensión, sin necesidad de dar consejos a todas horas… Escuchar más allá de la palabras, leer entre líneas eso que se nota pero no se ha dicho…, usar esa empatía e inteligencia emocional, tan propias de la persona, y de las relaciones personales.
Esto puede ayudar y animar a la otra persona en un momento de debilidad o sufrimiento. Puede infundir confianza en sus posibilidades, y fortaleza para no sucumbir ante esas dificultades. ¡Sin «airear» lo que se nos confía en la intimidad…!

Todos necesitamos que alguien nos escuche y comprenda, sin opinar. Que nos dé consuelo en momentos difíciles. Y un buen amigo es un gran tesoro: amable, comprensivo, y nos ayuda a crecer. En la amistad relucen esas cualidades y actitudes que nos tornan más amables y virtuosos, ¡más personas!, más humanos.

Algo real y bonito, y con mucho calado, que señala Aristóteles: «La amistad perfecta es la de los hombres buenos y virtuosos, porque quieren el uno para el otro lo auténticamente bueno». ¡Esa es la verdadera amistad!, la mejor amistad.
También es, y debe ser, el “plato fuerte” del amor en parejade un amor verdadero, ¡auténtico!, bueno y hermoso… Donde se ancla firme esa relación. Es lo que le da estabilidad y fuerza al amor, con sentimientos favorables, y también en épocas de pequeñas «crisis»… Y ayuda superarlas, da su «savia» nueva para que ese amor se desarrolle: ¡lo nutre con esa amistad!
Publicado por María José Calvo en su blog Optimistas educando