La fe como amor y sentido. Testimonio de Antonio Sierra

    Infinitos son los tiempos en los que el hombre, por ser hombre, se cuestiona la realidad: la suya propia y la que le rodea. Una de las cuestiones más recurrentes, como básicas, es la de la finalidad y el objeto de la existencia y la vida. El Nuevo Testamento responde directamente a esa cuestión, asunto que obviamos y no es difícil dejarlo de lado en el día a día.

    Mi nombre es Antonio, tengo 21 años, soy estudiante de Medicina, violinista y alguna
    cosa más, y no ha mucho, tras dejar la adolescencia rebelde, que me planteé seriamente estas cuestiones, como muchos otros jóvenes hacen. Con mis padres y mi familia de ejemplos y una formación religiosa bastante aceptable, no tardé en hallar respuesta a la pregunta ¿cuál es el sentido de la vida?, puesto que es algo con lo que, desde niños, hemos podido tener contacto, a veces más lejos o más cerca. Bien pues, el sentido de la vida es tan sencillo como ser feliz; no hay más. Pero claro, ¿qué es ser feliz?, ¿no?, y lo más difícil, ¿cómo ser feliz?

    La felicidad es ese estado de plenitud y satisfacción personal, referente a todas las dimensiones de la persona, en su conjunto. La felicidad no es un estado de ánimo pasajero, puesto que se complementa con estos, como son la alegría, la tristeza, el enfado, Lo más divertido del asunto es que, aunque parezca demasiado simple, solo hay una manera de ser feliz, un único camino: amar y ser amado. En este artículo, me centraré en el amar.

    ¿Qué es amar? Amar no es una idea, no contempla especulaciones ni conjeturas: amar es una acción, pura y dura. Amar es el concepto más concreto y visible que existe, puesto que, sin una relación tangible por medio, no se da el amor. Amar es todo el conjunto de acciones, intenciones y omisiones que una persona lleva a cabo sobre otra, con la última intención de hacerle feliz, es decir, que sea amado. Yo, esto, lo estoy descubriendo ahora; de hecho, me encuentro en el más humilde proceso de aprender a amar, pero con perseverancia y rectitud, por supuesto. En mi proceso de aprendizaje, identifiqué diferentes fuentes de formación: la primera, Dios, la segunda, otras personas que amaban.

    Cuando tomé a Dios como la más fiable de las fuentes del amor, me puse en marcha. Lo primero, aprendí a amarlo, aprendiendo a conocerle; no dudé en pedir formación religiosa en el Colegio Mayor en el que resido, el Colegio Mayor Mendaur, de la Universidad de Navarra, perteneciente al Opus Dei. Me están ayudando, desmedidamente, a acercarme al Señor, por lo que estaré eternamente agradecido; a la vez, eso implica un esfuerzo extra, de manera exponencial, por mi parte: rezar más, tener más presente a Dios cada día, ver a Dios en los demás, Todo lo necesario para vivir más la fe, es, en definitiva, necesario para amar más y ser más feliz.

    ¿Cuál es el siguiente paso? Es evidente que, hasta que no conozca a Dios en su forma real, no voy a alcanzar el culmen de mi propósito; pero sí puedo ir escalando, con perseverancia y sin rendirme, todas las cumbres posibles. Cumbres y picos que me encuentro en el día a día y que suponen un gran ejercicio para mi corazón. Nunca quiero dejar de tener en mente que, al querer amar más a Dios, estoy amando más a los demás, puesto que voy consiguiendo ser consciente de que Dios está en todos y cada uno de nosotros. Reza por mí, por que tenga esto más presente cada día, cada segundo.

    Así es como vivo yo mi fe; así es como la fe es, para mí, amor y sentido.

    Antonio V. D. Sierra Maestro-Lansac