Testigos en la Esperenza. Narrar a Dios hoy en el sufrimiento

A mis amigos Javi Jiménez y  Mariló

 ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?

Benedicto XVI

La sociedad moderna nos impulsa a huir de la cruz a ver el sufrimiento como una desgraciada, como un silencio manifestado ante el grito del hombre por sus heridas, muchas veces convertido en un voz interior ante el Señor a causa de nuestra rabia, de nuestro egoísmo, de nuestra incomprensión por las cosas. Demasiadas veces ponemos nuestras seguridades en nuestras cosas terrenas. Nuestro silencio debe transformarse en una petición de perdón y reconciliación.

Me vienen a la memoria las palabras que el Papa Santo y Magno San Juan Pablo II, pronunció en su visita Apostólica en el Campo de Concentración de Auschwitz “ Vengo aquí hoy como peregrino. Se sabe que he estado aquí muchas veces… ¡Cuántas veces! Y muchas veces he bajado a la celda de la muerte de Maximiliano Kolbe y me he parado ante el muro del exterminio y he pasado entre las escorias de los hornos crematorios de Birkenau. No podía menos de venir aquí como Papa».

En el sufrimiento verdaderamente vemos el rostro del crucificado, como dice el Apóstol San Pablo “Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan, estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados. El Señor nunca olvida a su pueblo, aquellos que sus corazones son nobles”. Hoy me quiero acordar de tantas personas que están en los hospitales, los que viven en las fronteras de un mundo que les ha quitado toda dignidad humana, nunca olvidemos que la causa de Jesús es ver con los ojos de los pobres el Evangelio.

Veamos el sufrimiento con los ojos de la esperanza, como el regazo de esa Madre con su hijo, que vamos a sentir en pocos días a través del adviento, como la espera del nacimiento del hijo de Dios, la alegría, la conversión y el gozo naciente de que el Señor va a entrar en nuestro corazón como una nueva Pascua, como una alegría jubilosa, para cambiar para siempre el destino de nuestras vidas, para apasionarnos por Jesús de Nazaret y sobre todo para dignificar la vida de los demás. No estamos en la tierra solamente de paso, sino para entregar nuestra vida a la Cruz, allí donde se enarbola la fe cristiana. Como dice San Ignacio de Loyola “Procurad primero a Dios”, predicar con nuestra vida, complicarnos la vida por la causa de los justos, no es más testigo del evangelio el que más lo cita, sino el que con su vida lo hace real.

Volviendo a la pregunta inicial ¿que es el sufrimiento? He tenido en mi vida la experiencia más desgarradora que se puede tener, perder a unos Padres en la tierra, un matrimonio feliz, cristiano, lleno de Dios, enamorados por la vida y apasionados por lo que hacían… El Señor no me ha quitado a mis padres, ellos desde el cielo están más cerca de mi, y he recibido el inmenso don, la gracia y el regalo del Señor, de sentirles cada día, en la Eucaristía, en la oración personal, en el examen de cada día , sin duda en ellos se ha cumplido la palabra de Dios, lo que brota de ese Jesús infinitamente misericordioso, ellos, mis padres desde la eterna morada del cielo, están mas cerca de mí, a través del encuentro con el Resucitado. Por lo tanto, abramos la puerta al Señor, que nuestros sufrimientos los veamos como una bendición, por esa puerta por la cual Dios quiere entrar en nuestra vida.

“Bienaventurados los que sufren, porque ellos serán consolados”… En esto se cumple la promesa del Señor, como los discípulos de Emaús, que finalmente le reconocen en ese compartir donde arde su corazón. Que esa vida nuestra siempre sea fraterna en el servicio por los demás.

Señor, que me enamore de Ti, que me deje abrir a la sorpresa, que abandone mi pobreza terrenal, que no me deje llevar por el orgullo… Que mi vida sea para siempre Puerta de Esperanza.

Encomendemos nuestra vida a la Virgen en ese tiempo de adviento que comienza, vivamos expectantes el parto de Nuestra Señora… Como dijo la Virgen a Juan Diego:

¿NO ESTOY AQUÍ YO, QUE SOY TU MADRE?

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas ésa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?… ” 

 Alberto Diago Santos