¡¿Qué quieres de mí?!

El Papa dedica el capítulo VIII de la Exhortación Apostólica Christus Vivit al TEMA: LA VOCACIÓN. Y es que el Santo Padre la entiende y explica en todo su contexto. Al escuchar la palabra «vocación» muy seguramente nos viene a la mente las siguientes palabras : sacerdote, monja, religioso. Y ciertamente son vocaciones. Pero son solo una parte. Ahí está la belleza de la llamada. Primero que es para todos. Y segundo que engloba toda nuestra vida. Y es lo que el Papa, en este capítulo nos anima a que la busquemos. Para eso se necesita un proceso de búsqueda, de discernimiento, en el cuál se habla en el siguiente capítulo de Christus Vivit.

La grandeza de la vocación  reside en que […] “ sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido” […](CV 248). Dios ha pensado en ti desde toda la eternidad y para algo muy concreto, para algo que solo tú puedes hacer, si quieres, claro. 

Lo fundamental es discernir y descubrir que Jesús quiere de cada joven, ante todo, su amistad. Y este deseo de Jesús se puede manifestar de múltiples maneras: casado, soltero, sacerdote, monja, estudiante, trabajador… Escuché una vez decir a un sacerdote lo siguiente: “Jesús nos pide todo, porque nos quiere dar todo”. Pero para eso, primero hemos de conocer qué quiere de nosotros. Para así ofrecerLe lo mejor que somos y tenemos. Eso sí, sin agobios, sin tensión. El Señor va hablando al corazón, poco a poco nos va haciendo desear lo que quiere darnos. El Señor suplirá todo lo que no podamos darle de más, pero hay que intentar dárselo todo, sin miedo. Sabiendo que es Dios y que nada puede salir mal. “Nuestra vida en la tierra alcanza su plenitud cuando se convierte en ofrenda» (CV 254).

El camino que Él nos ofrece es el mejor, pero lo hemos de descubrir. Cada uno a su manera. Pero qué paz da el saber que se está en el buen camino, y se hace lo que se debe. Esta paz viene de saber que estamos cumpliendo con nuestra vocación. Y es que la vocación es el amor de Dios concretado, hecho carne en nuestra vida.

Pero si decidimos no seguir la que creemos nuestra vocación, podemos perder mucho. Es el ejemplo del Evangelio del “Encuentro-desencuentro del Señor con el joven rico, que nos dice claramente que lo que este joven no percibió fue la mirada amorosa del Señor ( cf. Mc 10,21). Se fue entristecido, después de haber seguido un buen impulso, porque no puedo sacar la vista de las muchas cosas que poseía (cf. Mt 19,22). Él se perdió la oportunidad de lo que seguramente podría haber sido una gran amistad. Y nosotros nos quedamos sin saber lo que podría haber sido para nosotros, lo que podría haber hecho para la humanidad, ese joven único al que Jesús miró con amor y le tendió la mano” ( CV 251).

Ante la perspectiva que se nos presenta, la pregunta que surge es: ¿Pero cómo se cuál es mi vocación?

Esta pregunta , se trata en el siguiente capítulo, pero ya en este, el Papa nos da unas ayudas “Por eso, en el discernimiento de una vocación es importante ver si uno reconoce en sí mismo las capacidades necesarias para ese servicio específico a la sociedad” (CV 255), que se puede manifestar de tantas maneras. Este sería un punto: las capacidades. El descubrirlas, es un primer paso muy importante ya que “Esto da un valor muy grande a esas tareas, ya que dejan de ser una suma de acciones que uno realiza para ganar dinero, para estar ocupado o para complacer a otros […] y pasaré a ser lo que debo ser, y seré también fiel a mi propia realidad”( CV 256). 

Al descubrir la vocación todo se orienta. Para dar mayor Gloria a Dios. La orientación es Él y el sentido es darLe gloria con lo que hacemos. Y el mundo hoy en día está muy sediento de un sentido de las cosas. Busca desesperadamente un por  qué, para qué.

Hay un sitio donde claramente se puede ver la vocación: la familia. Es la primera vocación que recibimos. Antes que cualquier otra: La de ser hijos. Y aprendiendo esta primera vocación, nos permitirá irnos desarrollando, para, a su debido tiempo ir descubriendo dónde Dios tiene pensado para que seamos Santos.

En esto tenemos un magnífico ejemplo en María, nuestra querida Madre. Ella recibiendo la gran Vocación de ser la Madre de Dios, la aceptó humildemente, y la llevó a cabo hasta el final. Pidámosle a Ella, nuestra gran intercesora, que nos ayude a encontrar el maravilloso plan que tiene Dios pensado para nosotros desde toda la eternidad  para nuestra felicidad.

Pablo Navarro