Comprender de corazón el amor de Dios

Muchas veces nos preguntamos qué pasa para que en el corazón de un joven -incluso el de uno que vaya a misa y tenga cierta frecuencia sacramental- no termine de calar el mensaje (mejor dicho, la persona), de Jesucristo. Y solemos dar como respuesta el hecho de que no sentimos el amor de Dios o que nos falta una experiencia fuerte de encuentro con Él.

Pues bien, sin negar la importancia de estas respuestas, lo cierto es que hay que mirar más allá para que en el joven católico nazca de veras el anhelo por Jesús o, como decía el papa Benedicto XVI, interiorice que el yugo que nos ata a Jesús no es la obligación, sino el amor.

Para profundizar un poco en esto, siguiendo otra catequesis del papa Benedicto sobre san Pedro, nos vamos a ir al lago de Tiberíades, en concreto al suceso narrado en el último capítulo del Evangelio de san Juan, a la llamada pesca milagrosa.

Estamos ante el primer encuentro en solitario de Jesús y Pedro tras la Pascua. Pedro, el que había dicho que amaría al Señor sin fisuras e, incluso, le había intentado evitar la Pasión, a la hora de la verdad perdió los papeles en Getsemaní cortando la oreja a un criado del sumo sacerdote; negó a Jesús y no estuvo el pie de la Cruz antes de morir Jesús. Pensemos cómo se debió sentir Pedro, especialmente tras cruzar su mirada el Señor tras el último “no le conozco”. Es brutal.

Afortunadamente, el Señor resucita, pero Pedro está avergonzado. Se ve claramente cuando salta del agua, se acerca a Jesús… pero no es capaz de decirle nada. Lo dice claramente el texto: “Ninguno se atrevía a preguntarle quién era”. Tampoco Pedro. Pero el Señor, como tantas veces hace con nosotros, sale al encuentro en solitario de Pedro y entabla una conversación que será definitiva, de las que cambian vidas.

Y se puede constatar un juego de verbos precioso. En griego, el verbo filéo, traducido aquí como «querer», expresa el amor de amistad, tierno, pero no total, mientras que el verbo “agapáo” significa el amor sin reservas, total e incondicional. La entrega de la vida por el amado.

Pues bien, la primera vez, Jesús pregunta a Pedro: «Simón, ¿me amas» (agapâs-me) con este amor total e incondicional? Es el mismo verbo que Pedro había usado antes de las negaciones. Y ahora, tras experimentar la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: «Señor, te quiero (filô-se)«, es decir, «te quiero con mi pobre amor humano». Cristo insiste: «Simón, ¿me amas con este amor total que yo pretendo?». Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: «Kyrie, filô-se», «Señor, te quiero como sé querer». La tercera vez, Jesús sólo dice a Simón: «Fileîs-me?», «¿me quieres?». Simón comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz; y sin embargo se entristece porque el Señor se lo ha tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se)«.

Pero he ahí la clave: hemos de comprender que Jesús nos pide que seamos nosotros mismos, pero no como personas autoafirmadas, sino afirmadas por Él, viviendo desde Él, pensando desde Él y no desde nosotros (¡cuánta gente piensa y luego se justifica con el Evangelio cuando le conviene en lugar de pensar desde la totalidad del mensaje evangélico!). Podría parecer que somos nosotros los que nos adaptamos al Señor, pero lo cierto es que sólo la adaptación divina, la misma que tiene Jesús con Pedro y con nosotros, es la que da esperanza al discípulo tras experimentar el dolor por la infidelidad.

Pero hay más detalles: Pedro significa piedra; Simón: caña quebradiza. Jesús le ha llamado caña quebradiza y no roca, porque sólo podrá ser la roca, podrá ser Pedro, si toma conciencia de su fragilidad, de que sólo Dios basta. Así, una vez que ha sido aquilatado por la humildad, Jesús le promete el triunfo final. Le viene a decir que sí, que el día de mañana Pedro será capaz de amarle. Por eso le anuncia su martirio, su amor hasta la entrega de la vida.

Y hay más referencias significativas: la escena sucede en el lugar donde Simón decidió seguir a Jesús por primera vez y es otro episodio de pesca junto a Santiago y Juan. Y es que Jesús va a los orígenes de Pedro, a su verdad más íntima, para llamarle otra vez y reafirmarle en la misión. Por eso es tan importante tener claros los fundamentos que sostienen nuestra vida, impregnarlos de Cristo y volver a ellos cada vez que necesitemos conversión, cada vez que necesitemos verdadera vida.

Y un detalle último eclesial: hay siete discípulos: seis y Pedro. Siete es el número de la perfección, el seis es el asociado al mal. En otras palabras: Pedro es fundamental, Él es quien lleva la barca y sostiene la red de la pesca de Jesucristo. De hecho, es Pedro quien arrastra el último tramo de la barca. Seamos fieles. Como decía san Josemaría Escrivá: “Todos, con Pedro, a Jesús, por María”.

Ahora que se aproxima el Adviento, pongámonos bajo el manto maternal de María, de quien fue fiel al Señor siempre y en todo lugar. Pidámosle a la virgen que no nos dé miedo entablar conversación con Jesús, porque sólo desde ahí podremos cambiar nuestro corazón. El Señor sólo nos quiere llevar a nuestra verdad más profunda para, desde ahí, multiplicar nuestra eficacia en el amor: que seamos capaces de amar hasta el extremo.

Javier Peño