Un lugar que no deja indiferente a nadie, Calcuta. Testimonio del P. Miguel Díaz

    “Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome a lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús”

    Con esta palabra de San Pablo a los Filipenses decidí este verano hacer las maletas y embarcarme sin duda en el viaje de mi vida: Calcuta. Una experiencia inolvidable para mí y para todos aquellos que durante todo el mes de julio decidimos que nuestro mejor descanso era estar, como decía Madre Teresa, entre los más pobres de los pobres.

    Ahora, pasados los meses esa frase resuena en mi corazón. Los pobres de los más pobres se transforman en mi vida en los ricos de los más ricos, sin duda no en el sentido material, pero sí en el sentido de lo que son capaces de darte que es más de lo que nuestro pobre corazón puede dar.

    Al llegar a Madrid todo el mundo preguntaba: D. Miguel, allí mucha miseria ¿verdad? Y siempre contesto lo mismo: Miseria no, pobreza, miseria la nuestra. Es allí donde uno se da cuenta y lucha sobre el egoísmo que a veces oculto se encierra en nuestro corazón, donde comienza la lucha interior por salir de uno mismo, donde uno comprende el amor de los santos a la pobreza más absoluta en la que se encuentra de verdad a Dios.

    Es en el testimonio de las Misioneras de la Caridad, donde se puede encontrar el sentido a la existencia, una existencia marcada por Cristo como origen y final de nuestra fe. Solo Cristo y solo en Él somos capaces de hacer cosas que jamás pensaríamos que podríamos llegar a hacer y solo en el servicio a los más necesitados comprendemos la autentica alegría de la misión que nos ha sido encomendada, llevar el Evangelio, la Palabra a los más pobres por medio del testimonio de nuestras vidas, de pequeños actos de amor. Solo en Cristo nos damos cuenta de que la santidad consiste en hacer de lo ordinario, de lo cotidiano de nuestras vidas, algo extraordinario, si le dejamos actuar en nuestro interior. Cuando el corazón es capaz de salir de sí, puede encontrase con la realidad que le rodea, que le abraza y que le grita:

    “levántate de entre los muertos, despierta tú que duermes” 

    Levántate, no podemos permanecer impasibles ante lo que nuestros ojos ven. Despierta y haz despertar a este mundo somnoliento y ensimismado en su propio fracaso. La santidad para cada uno de nosotros no es una opción sino una exigencia, para ti, para mí, para la Iglesia.

    Calcuta es, sin duda, un lugar que nunca dejará indiferente a nadie, lo podrás llegar a amar o incluso odiar. Para todos aquellos que amamos este lugar, no podremos jamás olvidar lo que Cristo por medio de su Iglesia ha hecho en cada uno de nosotros: cada conversación, cada confesión, cada encuentro con aquellos que buscaban el sentido de su vida, cada sonrisa, cada dolor y sufrimiento, cada miseria, cada virtud ha dejado una marca imborrable en mí.

    Gracias a las misioneras de la Caridad por su gran obra en todo el mundo, a Santa Teresa de Calcuta por estar siempre con el oído y el corazón despierto a lo que Dios la pedía en cada momento, a los voluntarios que cada día del año con su testimonio alegran el corazón de todos los que le rodean, a la Iglesia por mantener ardiente siempre la Caridad de Cristo, y sobre todo gracias a Dios, primero por llamarme a ser su sacerdote y después por todo lo que, entre el dolor y la alegría, la Cruz y el Tabor, va haciendo en mi vida llevándome por caminos que jamás pensé que podría transitar.

    Termino con una frase que me ayuda cada día para darme cuenta de la grandeza de ser católico y que es lo que deseo para cada uno de los que lean este pobre artículo: “Arde, sigue ardiendo, arde hasta consumirte, y no cometas el único error de la vida: no ser santo”

    Miguel Díaz Sierra

    Instagram: @p.migueldiaz

    Rector del Seminario Menor de Getafe en Rozas de Puerto Real y párroco de Cenicientos