Confesar como el hijo pródigo

El Señor era un artista a la hora de narrar historias. Las parábolas, que muchas veces están resumidas en una frase, despliegan ante nosotros un horizonte donde podemos descubrir, hasta en los pequeños detalles, la revelación del amor de Dios. Claro, es que Cristo es la Palabra de Dios, su revelación definitiva…  ¡no tiene desperdicio!

Una de las parábolas más bellas, quizá la historia más tierna y reveladora, es la de aquel padre que tiene dos hijos, la “parábola del padre bueno” deberíamos llamarla, aunque la fama se la ha llevado el hijo pródigo. En ella vemos reflejado el Corazón de nuestro Dios, lleno de ternura y misericordia, capaz de perdonar hasta setenta veces siete y que goza con abrazar a sus hijos, por los que se desvive.

La parábola nos da las pistas para descubrir el valor de la reconciliación y cómo en este sacramento se realiza, realmente, el abrazo de Dios a sus hijos heridos por el pecado.

¿No os habéis fijado nunca en lo pícaro que es el hijo pequeño? Ciertamente, es un bala perdida: ¡gastarse la herencia de su padre en juergas! La herencia son los bienes que reciben los hijos u otros legítimos herederos a la muerte de un antepasado. Pedirle la herencia a su padre es decirle “tú, para mí, estás muerto”. ¡Vaya un corazón de hijo!

Cuando el chaval, llevado de su mala cabeza, lo ha perdido todo –dinero, juerga, amigos-, añora la casa de su padre, donde al menos podía comer un plato de verdadera comida, y no esa bazofia que engullían los puercos, animales impuros que nunca se sacian. Pero, fijaos: no piensa en su padre, ni en el disgusto que le ha ocasionado. Sólo piensa en comer mejor y, si para ello, “tengo que pisar mi orgullo, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Sueña con ser jornalero, él, que es hijo amado.

La motivación no es muy honesta: ha tocado fondo, y aún no es consciente de cuánto dolor ha causado. Sigue pensando en sí mismo, en su triste destino, y se conforma con salir del bache, con poder comer hasta hartarse.

En nuestra historia de pecado, también a nosotros nos cuesta descubrir las motivaciones profundas por las que debemos pedir perdón. Muchas veces entendemos el pecado como saltarnos las normas y, realmente, ¿a quién no le resulta atractivo ser un rebelde? Quizá, por temor a las represalias, o desengañados cuando nos salen mal los planes, podemos volvernos a Dios “humillados”, pero en realidad seguimos buscando nuestro bien, incluso aprovechándonos de los bueno que es Dios.

Entre los actos del penitente, lo que para hacer una buena confesión hace falta, está la contrición, esto es, el dolor de corazón por haber ofendido a un Dios tan bueno y que tanto nos quiere “por ser Tú quien eres, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas”. Esto es lo ideal, a lo que debemos tender: la motivación de la caridad perfecta. Pero no siempre podremos alcanzarla; entonces, la Iglesia nos pide que, al menos, tengamos atrición: rechacemos nuestros pecados por las consecuencias, por habernos apartado de Dios (como enseña un buen amigo sacerdote, corrigiendo el Señor mío Jesucristo: “porque puedo condenarme con las penas del infierno”)

La verdad es que seríamos un poco miserables si sólo pidiéramos perdón a Dios de nuestros pecados para escaquearnos de pagar la multa, sin importarnos cuánto hiere en su Corazón nuestras indiferencias y nuestro desamor… Pero, ¿sabéis qué? Dios, incluso en esas tretas que le montamos, nos acoge con infinita ternura y caridad, se desborda de alegría por un hijo que vuelve a sus brazos, aunque sea un ingrato (¡y le haya arruinado!) Aunque sólo vuelva por el plato caliente y la tranquilidad de conciencia.

Al fin y al cabo, Cristo ya ha pagado por nosotros todas nuestras deudas. Al fin y al cabo, el hijo pródigo sólo descubre cuánto ha hecho sufrir a su padre cuando contempla, atónito y sin decir una palabra, todo el amor de su padre, cuando le sale al encuentro y le viste, y le calza, y le pone un anillo en la mano, y le monta una fiesta.

Como la que nos espera en el cielo.

Eduardo Guzmán