Yo tenía un jefe bueno

 “Era un jefe muy bueno, discreto y muy trabajador. Siempre entendía una situación excepcional en uno de nosotros, nos trataba con cariño y nos iba informando de los problemas de la empresa. Además intentaba explicarnos el porqué de algunos despidos, aunque notábamos que tampoco él los acababa de entender. Siempre fiel a la empresa en la que llevaba muuuchos años y muuuchas horas trabajando. Nunca le oímos una crítica a un superior ni a un subordinado. Cada uno le importábamos y nosotros le queríamos.

Pues la otra mañana -me sigues contando querido hijo– nos reunió para explicarnos que el despedido ese día había sido él mismo. El nuevo CEO de la empresa (director ejecutivo) no le veía con buenos ojos y posiblemente su sueldo de hace más de veinte años no era competitivo con los sueldos actuales de cualquier joven sobradamente preparado. Ahí se quedaban las horas sin fin, la experiencia acumulada, el cariño y fidelidad a la empresa y a la plantilla, los muchos marrones afrontados y solucionados… a nadie importaban ya”. 

Me lo cuentas, querido hijo, con la voz entrecortada y llorosa, porque acaba de pasar y te cuesta digerirlo. Siento mucha pena por él, sin conocerle, y me hace pensar muchas cosas. 

Me hace pensar dónde se quedan los grandes conocimientos que cualquier máster de empresa transmite (o debería transmitir) sobre la empatía, el cuidado y trato humano a la persona, la inteligencia emocional, el trabajo en equipo… Todo el mundo lo dice pero cada vez queda más lejos en la realidad. A la hora de la verdad no pocas veces sólo importan los números ¡Qué pena!

Me hace pensar en que no merece la pena inmolarse en la empresa. Hay que trabajar muy bien, lo mejor que se pueda y el tiempo necesario, pero con las prioridades claras. Es muy triste vivir para el trabajo. El día que te jubiles, te van a dar una palmadita en la espalda si has trabajado bien y un fuerte abrazo si has trabajado muy bien, y adiós. Y eso sin contar con algún compañero que se frotará las manos pensando en pillar tu silla vacía. Posiblemente sea entonces cuando te acuerdes de ese marido, mujer, hijos, padres, suegros y amigos a los que a lo mejor no has dedicado el tiempo suficiente, o sí el suficiente pero no el tiempo que se merecen y te mereces con ellos. 

Y me hace pensar en qué se está convirtiendo en muchas ocasiones la persona. En alguien productivo, o mejor dicho en algo productivo, no pocas veces. Pero no es simplemente por parte del jefe que busca rendimientos a toda costa, sino también por parte del trabajador, que también busca ingresos a toda costa.

Ahora que tenéis niños pequeños, es bueno que os esmeréis en que aprendan a trabajar en casa para ayudar a mamá y papá, a cuidar a sus hermanos, a hacer posibles servicios a los abuelos, a los vecinos… Y que lo hagan por espíritu de servicio, para ayudar a los demás que necesitan muchas veces su ayuda, y sin recibir un pago a cambio. En el colegio donde trabajo se pide muchas veces ayuda a las niñas, y qué bonito es ver cómo colaboran y se involucran para ayudar a las más pequeñas o a las distintas actividades que organiza el colegio. Qué triste si todo lo hicieran previo pago. Qué bueno es que lo hagan sin “cobrar”. Nunca he entendido a los padres que en casa pagan a sus hijos por fregar los platos, limpiar los sábados o hacer de canguro de sus hermanos. Les estamos quitando la oportunidad de aprender a trabajar por los demás, simplemente por la satisfacción que da haber hecho algo bueno por alguien. Puede haber alguna actividad concreta que requiera una paga, pero habitualmente ¡Cuánto mejor es que los niños aprendan a hacerlas gratuitamente! 

¡Qué maravilla cuando en casa íbamos descubriendo que erais capaces de trabajar por espíritu de servicio, pensando en ayudar a los demás! Me acuerdo de aquella vez que uno de vosotros trabajó en una tienda un mes de verano. Cuando ya cobró y se despidió, el jefe le pidió que fuera un día más, pues había un trabajo extra que había surgido. Al despedirse le dijo el @querid@hij@ en cuestión que no hacía falta que le pagara ese día y el buen señor llamó a gritos a toda la plantilla de compañeros diciendo “¡Eh! ¡Aquí hay uno que no quiere cobrar! ¡En mi vida había visto algo igual!”. Y es que le costaba entender que estabas agradecido por un mes de trabajo en su tienda y que ese día ibas a ayudarle encantado.

Es muy triste cuando haces una entrevista de trabajo a algún joven que aspira a su primer trabajo y lo primero que te pregunta es: “¿Cuánto voy a cobrar?”. Dan ganas de contestarle: “Pues al principio muy poco, y además vas a ser el último mono en la empresa. Pero tú trabaja bien y sé amable con todos, que es lo importante, y todo te irá de maravilla”. 

A veces nos quejamos de que se nos valora sólo por los números y cuántas veces nosotros podemos caer en hacer lo mismo. Es cuando en casa comentamos delante de los niños el cochazo que tiene fulanito, o el sueldo del otro, o el casoplón de nuestros amigos o analizamos la lista de las personas más ricas del mundo. Esto oyen los niños y luego queremos que no den importancia al dinero que tiene una persona y que valoren a las personas por lo que son y no por lo que tienen. Lo ideal es no tener esas conversaciones tampoco entre mayores, pero sobre todo, si están los niños delante ¡NUNCA! 

Una persona educada así y que valore el trabajo -independientemente de lo que se cobra por él- es mucho más difícil que el día que sea CEO en una empresa, despida con ligereza a alguien simplemente porque los números lo aconsejan, haya hecho dos o tres masters de empresa. ¡Y qué maravilla cuando encontramos personas así!

Publicado por Conchita Pascual en el blog Querid@s hij@s