De todo corazón

    Muchas veces “esa” mano amiga desde arriba te presta una ayuda. En algunas ocasiones no lo ves, quizás en otras, o  más adelante te percatas de por qué fue así y no de otro modo y entonces puedes darte cuenta de que en realidad era por algo. En otras circunstancias, das las gracias sin dudarlo porque recibes una señal, un regalo, un suspiro, un aliento, una luz tan notoria que no deja lugar a dudas.

    Siempre hay anécdotas o momentos que te muestran esa parte de realidad divina, que te conmueven y que incluso en la adversidad y en la tristeza o el sufrimiento, te hacen esbozar una sonrisa y te arropa un consuelo.

    Voy a dedicar unas líneas para hablar de él, con nombre de rey, porque con su fe transmitió siempre un ejemplo de entrega y devoción, un compromiso y una fidelidad que fue correspondida, como tantas veces, también en sus días finales.

    Melchor era mi tío. Sangre andaluza, de Écija en concreto, la sartén de Andalucía, donde el sol aprieta fuerte, como él lo hacía, dando calor a los suyos.

    Su especial devoción al “Cristo de la Salud” durante años, siempre, hizo que tradicionalmente saliera en la procesión acompañando el paso, agradeciendo y rezando a la vez a ese Cristo que siempre llevaba en el corazón.

    En ese corazón que luchó hasta el final, aun cuando estaba pendiente de un hilo. En ese corazón que se quejaba demasiado, que se sentía débil, que necesitaba fuerzas para latir a ritmo normal, y anunciaba que algo no iba como debía.

    Fue entonces cuando ingresó en el hospital y salió. Y volvió a ingresar.

    Su rostro cansado, pero siempre sonriendo, su cuerpo se convirtió en uno más delgado, pero con ganas de combatir. Su calma más cercana y su calor, el cariño de sus hijos y su mujer, de sus hermanos, de fu familia, de sus amigos, de tantos, de todos.

    Recuerdo su sonrisa sentado en aquella silla azul de hospital, con su pijama también de ese tono. Azul, como el cielo que en algún momento le esperaba.

    Recuerdo los pasillos estando a la espera mientras estaba en quirófano. No había garantía de un resultado positivo, pero la fe, la cercanía a Dios, la esperanza y los rezos, ayudaron. Y el Cristo, “su” Cristo de la Salud, también. Qué importante es creer y tener fe en los momentos más críticos.

    En la operación grave que tuvo, la arteria aorta se seccionó y en lugar de romperse y desangrase, que era lo normal y lo habitual, se formó una especie de “globo”, donde se quedó la sangre y gracias a eso, tuvo una tregua: unos meses más de vida, un regalo para compartir con quienes tanto quería. Curiosa señal y curiosa para algunos tal vez casualidad, para otros milagro, pero para todos los que le conocíamos sabemos quién le tendió una mano.

    No era su momento de marcharse. O mejor dicho, de “marcharse”, porque él nunca se fue, porque su esencia permanece, porque le recordamos con ilusión y nostalgia a la vez, porque las calles de Andalucía preguntan por él, porque el Real Betis sigue contando con su apoyo y ánimo,  y en definitiva, porque sin estar, está.

    Melchor tenía una edad que no correspondía a su corazón. Su corazón envejeció antes, se hizo débil con más rapidez de la debida, pero también demostró que tenía fuerza y aire como para formar un “globo” y llenarlo de  “un poquito más de vida”, que nadie sabía cuánto duraría, pero que se prolongó. Y eso, eso mismo fue como ante esta circunstancia triste, pudimos brindar también una gratitud mirando al cielo sintiendo que esos días, esos meses, aunque siempre seguirán siendo pocos, fueron uno de los regalos más grandes que se deseaban.

    Gracias a ello, pudo disfrutar más de sus hijos, su mujer, sus nietos, su gente… así, hasta que poco a poco se fue apagando y se fueron gastando sus pilas, esas pilas que tanto había usado aquel corazón grande, lleno de energía para dar y ofrecer.

    Y así, fue como rodeado de los que más quería se despidió sin hacer ruido, poco a poco, latido a latido. Una forma de marcharse cercana, “bonita”, cálida, en compañía; serena, llena de fe y dejando un buen recuerdo para todos.

    Muchas veces, en los instantes más críticos, cuando incluso no parece haber luz, de pronto aparece una señal que ilumina de algún modo. Como aquella que Melchor pudo sentir.

    Alimentar la oración y la fe diariamente, y pedirle eso a Dios, es una forma humana de querer ser mejor, de aprender a afrontar, de poder aceptar y de continuar adelante sabiendo convivir con las ausencias de forma presente. Nunca queremos un desenlace, pero Dios ayuda a hacerlo más llevadero. Mi tía Carmen, su mujer, tiene en su rostro siempre una sonrisa para los demás. Siempre. Estoy segura de que recibe fuerza del cielo. Al igual que mis primos, sus hijos, quienes siempre tienen un recuerdo y una mención especial de la que Melchor estará más que orgulloso.

    Esto es solo unas pequeñas líneas de situaciones que quizás nos pueden enseñar a valorar más, a querer más, a rezar más o a tener más fe. Y ya que habéis leído estas palabras, aprovecho y pido una oración por él. Seguro que le llegan con fuerza.

    Y recordad siempre que, no hay nada mejor que hacer las cosas de corazón.

    Natalia Medina Mantero