Inocencia perdida

Inocente es una palabra que proviene del latín y significa «el que no daña». Por este motivo asociamos a la edad infantil este término porque un niño que vive una infancia sana no tiene capacidad de hacer el mal.

¿Qué fue de aquella inocencia de mi primera infancia? ¿Que daría por recuperarla? Después de tantas batallas vividas, arrancamos de nuestro corazón esa pureza en nuestra forma de pensar, en nuestra forma de mirar, en nuestra forma de actuar. Pero, nada está perdido, la inocencia siempre es una opción de la libertad: “A diferencia del niño, que es dócil por necesidad (cf. Gálatas 4, 1-2), el adulto inocente es dócil por libertad: la inocencia adulta es hacerse «como» niño”. “La inocencia madura es la elegida por el adulto porque  decide a confiar, ser natural, sin dobleces, ver con el corazón, no perder la capacidad de asombro, aceptar la miseria, no juzgar, esperar ilusionado, ser agradecido”.

Reconozco que no es tarea fácil cultivar la inocencia individual, cuando vivimos sumergidos en una pérdida de inocencia colectiva: los programas de televisión que rozan la grosería, los youtubers que influyen en tendencias perversas, formas de relaciones íntimas que destruyen la dignidad del ser humano.

Ha llegado la hora hora de ser valientes para exigir la recuperación de la inocencia personal, en la familia, en los amigos, en la sociedad, en el mundo… porque las obras del inocente agradan a Dios.

Carmen Margarito