La fidelidad a la palabra dada

Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.” (Mt 5;37) Estas palabras de Jesús me dan mucho que pensar, de pequeño no las entendía; de joven, gracias a la educación recibida de mis padres y maestros, me parecía que no podía ser de otro modo y que todo el mundo era fiel a la palabra dada; ahora, que ya soy un poco más mayor y después de unos cuantos años de experiencia en el trato con gente me doy cuenta que son muy pocas las personas que realmente cumplen con lo que dicen y se comprometen. Pero yo me pregunto ¿por qué pasa esto? Y me parece que la respuesta es una carencia de amor, compromiso y constancia: creo que las tres van muy unidas formando una escalera de dos escalones donde el primer escalón sería el de la constancia, el segundo el del compromiso y el amor sería el “esqueleto” que lo sujeta todo, si algo falla se tambalea todo.

Empecemos por la constancia. Nos cansamos de todo, nos cansamos de esperar, nos cansamos de trabajar, nos cansamos de esforzarnos, nos cansamos, nos cansamos… falta constancia. En cuanto algo no nos sale bien a la primera nos rendimos porque estamos muy acostumbrados a la inmediatez.

Sin la constancia es imposible que nos comprometamos a algo. La palabra compromiso da miedo, sabemos que es algo que nos “ata” para siempre, por lo tanto, para alguien inconstante es absurdo hablarle de compromiso.

Y en el fondo la principal carencia es la del amor. El amor es lo más importante, pero el amor bien entendido. Ese amor que “da la vida por los amigos”, ese amor que ama como Él nos amó, ese amor que, en palabras de San Pablo, es paciente, servicial, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

La falta de fidelidad a la palabra dada, tiene consecuencias para uno mismo y para el prójimo. Cada vez que uno es infiel a su palabra podríamos decir que se debilita. Si un día no cumplimos con lo dicho al día siguiente nos costará mucho más y al siguiente día más. Poco a poco nos vamos haciendo más pequeños y nos sentimos aplastados por nuestros compromisos, aunque sea un compromiso tan natural como el de cumplir con nuestro trabajo. Además de sentirnos cada vez más pequeños también nos sentimos muy descontentos con nosotros. Realmente cuando uno se va a descansar con la conciencia tranquila de haber cumplido con todas sus obligaciones, es mucho más feliz, vive de otra manera.

Si las consecuencias para con uno mismo son la debilidad y la infelicidad, podemos decir que la consecuencia más grave para con el prójimo es la desconfianza. Vivimos en una sociedad en que la mayoría de las personas son desconfiadas, ya nadie confía en nadie y me atrevo a decir que una de las principales causas es la infidelidad a la palabra dada. Pocas personas viven las palabras de Jesús “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no;”. Todo es ambiguo, todo queda difuso en el ambiente porque no sabemos decir sí o no y, mucho menos sabemos ser consecuentes con lo dicho. Todo esto hace que no nos podamos fiar de nadie: llamas al fontanero te dice que viene ahora y tarda cinco horas; quedas con una persona y no se presenta; organizas un retiro la gente dice que irá y faltan una tercera parte… terminas por desconfiar de todos aunque no quieras.

Creo que como modelo para este tema podríamos tomar a San José. Siempre le he tenido mucha devoción a este santo y, a primera vista, lo que más llama la atención de él es su silencio, su humildad, su fe… pero pensando en esto que quería escribir hoy me vino que es el santo constante y comprometido y todo por amor. El amor a Dios, el amor a María le movió a cuidar siempre de la familia que le fue encomendada, ese amor le llevó a trabajar duro en el silencio de una carpintería, ese mismo amor fue lo que le hizo permanecer en la oscuridad, sin entender nada y meditando, como María, todas las cosas en su corazón. Que el ejemplo de San José nos lleve a la fidelidad de la palabra dada primero porque Dios lo quiere, después porque nuestros prójimos se lo merecen y por último porque nosotros mismos nos sentiremos mejor.

Un abrazo, hasta la próxima y no dejéis de rezar por mí.

Antonio María Domenech