La situación política es una oportunidad para escuchar y acoger al otro

Los resultados de las elecciones han dado de qué hablar. Unos piensan que dificultan más un gobierno y otros han caído en la desesperanza y esperan un terrorífico desenlace. No obstante, una de las grandes consecuencias que ha dejado este día y el contexto que le ha acompañado es la siguiente: convertir al otro en enemigo.

Durante las campañas, hemos sido testigos de que es más sencillo atacar al otro en vez de defender una idea. Además, hemos comprobado que un mensaje con odio, aparentemente, tiene más efecto que uno constructivo. Lo cierto es que es difícil concretar todas las causas que han llevado a esta situación, pero nadie puede negar que este método de hacer política ha provocado, en parte, esta situación.

Esta situación no es algo ajeno a lo que sucede alrededor ya que, si miramos cerca de nosotros, nos encontramos con una sociedad que ha tomado el individualismo como una propuesta válida

Leyendo estos párrafos puede parecer que la situación no tiene solución y que vamos dirigidos irremediablemente a un catastrófico final. Error. Lo cierto es que esta situación puede convertirse en una oportunidad para escuchar al otro y ofrecer un diálogo verdadero orientado a un entendimiento, comprensión y colaboración que lleve a un bien común. El corazón anhela esto ya que somos seres de relación, que queremos entender al otro como un bien para nosotros.

Los cristianos nos podemos considerar afortunados porque estamos llamados a ver en el otro a Cristo y, por tanto, llamados a la entrega. Ver con esta mirada provoca que el otro no sea un enemigo o alguien a quien humillar, sino otro a quien ofrecer propuestas, a quien escuchar y acoger. En definitiva, alguien a quien amar como se nos ha llamado a hacerlo: “Amaos los unos a los otros; como yo os he amado” (Juan 13, 34).

Seguramente, no haya un partido que ofrezca el cristianismo como un camino válido para ser feliz. Sin embargo, los cristianos estamos llamados a evangelizar y proponerlo en lo cotidiano: con nuestro trabajo, nuestras obras… y ser testigos de que es una propuesta verdadera, plena y auténtica.

Puede parecer que ha vencido el odio y que el objetivo sea derribar al enemigo. Sin embargo, lo cierto es que hay un hambre de verdad y de alcanzar un bien y una vía que haga la vida más fácil para todo. Los cristianos tenemos la suerte de reconocer que Cristo encarna esto: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 6).

En nuestras manos reconocer al otro como un hermano, otro Cristo que se nos presenta.