Un día le preguntaron al cura de Ars si todas las manifestaciones de veneración hacia él no le inspiraban cierta vanidad. Y él respondió: «Mi buen amigo, además del incienso también me llevo las patadas».

Así de pacientes han sido los santos. Por eso resulta tan heroica la figura de la Virgen, porque tuvo que soportar con misericordia los defectos de tantas personas. Su corazón era muy parecido al de Jesús; fue la que mejor siguió sus enseñanzas. Quería a Jesús más que a Ella misma. Hubiera preferido llevar la cruz y morir: la Pasión de María fue que, en lugar de a Ella, mataron a su Hijo. La Virgen refleja cómo es el corazón de Dios.