A Jesús hay que predicarlo sin anestesia

Hoy tenemos la suerte de entrevistar al Padre Enrique González que durante años ha estado en la parroquia de San Germán en Madrid y ahora en Buen Suceso.

Enrique, siempre empezamos con la misma pregunta ¿Cuál es tu historia personal y cómo descubriste a Dios?

Una historia normal. Un descubrimiento precioso. Soy el menor de cuatro hermanos, todos varones, hijos de un matrimonio muy creyente. Mis hermanos me sacan diez, nueve y cinco años, así que siempre les he tenido de referencia, tanto o más que a mis padres. Cuando los mayores tenían 19 y 18 años fueron con la parroquia de La Concepción de Nuestra Señora a un campamento que les marcó para siempre y eso hizo que unos años más tarde me animaran a entrar en la parroquia con un grupo de amigos del colegio. Ahí encontramos una segunda casa, también la confianza y la responsabilidad que necesitábamos para crecer y madurar. A los 15 años tuve mi primer encuentro fuerte con Jesucristo; en silencio, contemplando la belleza de la creación en medio de los Picos de Europa entendí que Él me amaba y había estado siempre a mi lado, aunque yo no lo hubiera sabido reconocer. Empecé así a rezar de verdad y a vivir los sacramentos. En el último año antes de entrar en la universidad me pasaron tres cosas muy importantes; empecé a salir con una chica con la que viviría un noviazgo que me ayudó mucho en mi camino de fe, hice unos ejercicios espirituales en los que sentí una llamada muy fuerte de Dios a tomarme la vida en serio y no conformarme con algo mediocre y, por último, me confirmé con total conciencia de lo que hacía. Con estos antecedentes llegó en el mes de junio el Papa Juan Pablo II a Madrid y cuando nos habló a todos sentí que me hablaba a mí, hablaba a todos, pero me lo decía a mí: “¡Enrique! ¡Ábrele a Cristo el corazón de par en par! ¡No tengas miedo a ser santo!”. Me causó un tremendo impacto y a partir de ahí todo fue distinto. Después de aquel verano entré en la universidad, seguía saliendo con mi novia y llevaba una vida normal. Pero poco a poco, mi amistad con Cristo lo fue inundando todo, pedía más. La oración, la Eucaristía diaria, la dirección espiritual… fueron los medios de los que Dios se servía para mostrarme con absoluta claridad su bondad y su amor. Mi sed de felicidad la iba llenando Cristo. Y yo reconocía que era más feliz cuando no me reservaba nada. Por eso, en un determinado momento, después de acabar con la relación anterior, durante un verano inolvidable en el que me pasaron toda clase de “cosas inexplicables” entendí que Dios me estaba queriendo decir algo, Él lo quería todo, me pedía todo y yo, sorprendentemente, me sentía feliz de que contara conmigo; aunque no lo entendía, y esto fuera algo que no estaba en mis planes. Y así, al final del tercer curso de la carrera, le dije que sí y entré en el seminario. Me ordenaron sacerdote tan solo una semana después de la última visita de San Juan Pablo II a España. Ese fue mi regalo de ordenación, el Papa vino a Madrid y yo recibí el regalo de poder dar testimonio ante él en el encuentro que tuvo con los jóvenes en Cuatro Vientos y de recibir su bendición. Desde entonces siento que he vivido estos dieciséis años de sacerdocio bajo su mirada.

Enrique, tú has sido el primer sacerdote que acogió un retiro de Emaús en España, ¿Qué viste en Emaús?

Vi algo muy extraordinario. Vi que, con Emaús, Dios quería traer el fuego del Espíritu Santo a nuestra tierra para que prendiera de verdad. Vi cómo se transformaba la gente en un fin de semana hasta el punto de que les llegaba a suponer un antes y un después en su vida. El viernes al entrar al retiro lo hacían con una cara de tristeza y desilusión; cansados de cargar con una mochila insoportable a sus espaldas; y el domingo salían radiantes de alegría y de confianza, dispuestos a comerse el mundo y con la necesidad de hablar a todos de Dios y de lo que les había sucedido en ese par de días. Un auténtico milagro.

¿Qué aportan los retiros de Emaus y, en concreto Effetá, a los jóvenes?

A los que pasan completamente de estas cosas les aporta la posibilidad de tener el primer encuentro con Cristo. Y esto es algo excepcional. ¿A qué otra cosa puedes invitar a un joven que esté alejado completamente de la Iglesia para que acepte y te diga sí? Este impacto de “darte de bruces” con el amor de Dios, les supone un segundo nacimiento; exactamente eso, es como volver a nacer.  Para los que se alejaron de la Iglesia en algún momento es un volver a casa y reconciliarte con tu familia y con tu historia, porque ahora la puedes comprender y abrazar sin juzgarla. Y para los que estaban en la Iglesia acostumbrados a la rutina y hundidos en la tibieza es una “ducha de Espíritu Santo” que te cala hasta los huesos, te despierta, te espabila y te lanza a dar testimonio de lo que Dios ha hecho en tu vida. Muchas veces es la ocasión de abrirte y sacar a la luz mucha porquería que estaba escondida ahí dentro y se te había infectado. Y la infección de tanto intentar esconderla estaba cada vez peor. Pero ahora Jesús, en el retiro, te cura y te regala una vida nueva, otra oportunidad. Empieza un camino en el que Jesús camina para siempre a tu lado.

Son muchos los que salen de un retiro de Emaús diciendo: ha cambiado mi vida ¿Puedes contarnos alguna anécdota personal que te haya sucedido a ti?

A mí me cambió la vida porque me permitió “abrirme en canal” y mostrarme con toda mi fragilidad, sin ser juzgado por ello. Se me regaló la oportunidad de ser quien yo soy, ni más ni menos que un sacerdote, elegido por Dios para llevar a toda la gente su misericordia y su amor. Pero, sobre todo, he sido testigos de conversiones increíbles en las personas que hacían el retiro: procesos de liberación, gente que sale de sus adicciones, reconciliaciones en matrimonios y familias rotas. De los vivos no debo hablar por respeto a su persona; en Emaús la confidencialidad es sagrada. Pero sí puedo hablar, por ejemplo, de una mujer enferma terminal que sintió lo mucho que Dios la amaba y esta experiencia le ayudó definitivamente a no temer en absoluto a la muerte; puedo hablar de uno que pedía limosna a la salida de Misa  y al que invitamos al retiro; después de una vida de sufrimiento infinito encontró por fin unos hermanos que le querían y le cuidaban como nunca antes había tenido. Él era Cristo para sus hermanos de Emaús y a la vez, él sentía que era Cristo el que cuidaba de él a través de ellos. Es la verdad del Evangelio y del “mirad cómo se aman”.

Tú has tenido la suerte de estar en dos parroquias dónde hay un buen movimiento de gente joven ¿Qué crees que hoy les atrae y qué les separa de la vida de la Iglesia, de una parroquia?

Les atrae Cristo. Así, en directo. Sin anestesia y en vena. Por eso lo único que hay que hacer es que lo vean con sus ojos en las personas que tienen delante. Si los que estamos en la parroquia estamos “invadidos” por Dios, entonces, Dios se nos escapará por los ojos, por la boca… no se trata de técnicas, ni de estrategias complejas o extrañas. Esto es código binario: o sí o no. O estamos llenos de Dios o no lo estamos. Lo único que puede conmover el corazón es otro corazón que ha sido conmovido, más aún, que ha sido herido por el amor de Dios. Les atrae que una vez que han conocido a Cristo se les confíe a ellos la misión de darlo a conocer. Nosotros estaremos ahí para apoyarles en todo, pero no podemos hacer lo que es su propia misión porque les pertenece.

A los jóvenes les separa de la Iglesia el engaño que “alguien malo” les mete en la cabeza y por el cual creen que cuando hacen algo mal se han alejado de Dios o que deben esconderse de su mirada, cuando es justamente, al contrario. Jesús es el único de quien nunca debemos escondernos porque nos conoce y nos ama como somos. A la primera de cambio, cuando cometemos un error grave, de bulto, si no nos dejamos encontrar por Él, es muy fácil que pensemos que ya no hay nada más que podamos hacer y que tiremos la toalla y abandonemos. También les aleja el mal ejemplo o la incoherencia de los que estamos en la Iglesia, nuestras broncas, nuestros chismes y sobre todo cuando ven una Iglesia acomodada y triunfalista, “encantada de haberse conocido”, que olvida y da la espalda a los que sufren, a los pobres y a los humildes.

Muchas gracias, Enrique. Esperamos verte pronto.