¡Sé quién Dios ha pensado que seas!

Continuamos con el capítulo de Christus Vivit sobre los caminos de juventud, y es que.. ¿cuándo se acaba la juventud? ¿Aunque maduremos, continuamos siendo jóvenes? ¿Cómo asegurar un buen futuro? Viviendo plenamente la juventud.

«Buscar al Señor, guardar su Palabra, tratar de responderle con la propia vida, crecer en las virtudes, eso hace fuertes los corazones de los jóvenes» (CV, 158). Si en algún momento de tu vida no sabes qué hacer, qué decisión tomar no dudes en preguntarle al Señor, ¿Jesús, qué harías tú en mi lugar?

«Espero que puedas valorarte tanto a ti mismo, tomarte tan en serio, que busques tu crecimiento espiritual» (CV, 159), ¡BUENÍSIMO! Lo que siembres ahora es lo que cosecharás después. Cuanto más arraigado estés en Cristo, cuanto antes empieces a vivir la santidad, ¡mejor! Tiempo ganado en la eternidad.

El Papa dedica un epígrafe al término madurar, ¿qué significa madurar? No es más que dar continuos pasos hacia la plenitud de la vida: Cristo. No significa ser serios, poco espontáneos… ¡que va! «La juventud bien vivida permanece como experiencia interior, en la vida adulta es asumida, profundizada y sigue dando frutos» (CV, 160) ¡Qué cierto! Nunca hay que olvidar el primer amor, el amor originario que nos impulsó a vivir la vida que vivimos, que deseamos llevar a plenitud. Mira el Papa que dice: «Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud» (CV, 160). Hay que ir continuamente renovando, por gracia del Espíritu Santo, ese fuego del corazón.

«Crecer es conservar y alimentar las cosas más preciosas que te regala la juventud. (…) A veces, los complejos de inferioridad pueden llevarte a no querer ver tus defectos y debilidades, y de ese modo puedes cerrarte al crecimiento y a la maduración. Mejor déjate amar por Dios, que te ama así como eres, que te valora y respeta, pero también te ofrece más y más: su amistad, más deseos de recibirLe en la Eucaristía, más ganas de vivir su Evangelio, más alegría y paz espiritual» (CV, 161).

Dios te llama a ser santo, ahora y siempre. Y eso no significa copiar los santos, sino más bien inspirarnos en su amor y su caridad porque su imitación absoluta podría alejarnos del modo en que el Señor quiere conducir nuestra vida. «Tú tienes que descubrir quién eres y desarrollar tu forma propia de ser santo. Llegar a ser santo es llegar a ser más plenamente tú mismo, a ser ese que Dios quiso soñar y crear, no una fotocopia» (CV, 162).

Y es que «tu desarrollo espiritual se expresa ante todo creciendo en el amor fraterno, generoso, misericordioso» (CV, 163). La senda de la santidad, de la maduración, de la plenitud pasa por el hermano. Todo es más fácil juntos. Y a pesar de que las heridas recibidas pueden aislarnos, el Señor quiere entrar en ti por esas rendijas a través de los hombres que tienes alrededor. No permitas hacerte viejo por dentro por todos los silencios, los sufrimientos no compartidos. «El amor fraterno multiplica nuestra capacidad de gozo, ya que nos vuele capaces de gozar con el bien del otro» (CV, 167).

Hay que ir más allá de nuestro ambientillo, de nuestro grupo cerrado de amigos. Hay que ser jóvenes comprometidos, capaces de arriesgar no solo por aquello que vale la pena, ¡sino la vida! ¿Qué haces tú para hacer que se instaure el Reino de Dios? ¡Sé creativo! Haz aquello que que estás pensando, que siempre te gustaría haber hecho, ¡lánzate! Todo es empezar. «De una manera u otra sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio» (CV, 174), nos dice el Papa.

«Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes, con su propia vida» (CV, 175). El mensaje convertido en vida viviente, decía san Alberto Hurtado. Encarna en tu vida la fe que Él te ha regalado y la fe cuando se comparte, ¡aumenta! La fe es para todos, no solo para aquellos que sabemos que van a congeniar al minuto. El Señor nos quiere y nos busca a todos, sin excepción.

«La vida de ustedes no es un mientras tanto. Ustedes son el ahora de Dios, que los quiere fecundos. Porque es dando como se recibe y la mejor manera de preparar un buen futuro es vivir bien el presente con entrega y generosidad» (CV, 178).