Deja que el Amor de Dios entre en tu corazón. Testimonio de Rocío Olivares.

    Soy Rocío Olivares Mirón, tengo 23 años y actualmente estoy en un grupo de jóvenes de Pozuelo de Alarcón. Aparentemente soy una chica normal: una familia católica, donde desde pequeña se me ha inculcado la religión cristiana, buenos amigos, novio desde hace unos años, un máster después de haber terminado mis estudios en psicología…. Como todo niño de familia practicante hice la Comunión, la Confirmación y los domingos, con más o menos ganas, iba a misa con mi familia. 

    Sin embargo, detrás de esta vida aparentemente normal se esconde una búsqueda de encontrar a Dios y ponerle en el centro de mi vida. Una búsqueda difícil, especialmente hasta que llegué a la universidad. Pero una búsqueda en la que, cuando me he encontrado con Él, he descubierto aquello que más feliz me puede hacer. 

    Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia, las únicas personas católicas que tenía a mi lado eran mis padres, mi familia extensa y algunos amigos (a quienes no veía con frecuencia) de campamentos de verano católicos. En cuanto a amistades, iba a un colegio laico donde no se hablaba de Dios más que en las clases de religión de primaria. Por tanto, para mi, Cristo y tener fe consistía en acudir los domingos a misa e ir a los campamentos de verano sin tener un grupo fijo donde conocer más a Dios el resto del año. 

    Mi primer grupo de catequesis fue el de la Primera Comunión y se disolvió tras recibir el sacramento. Hasta los 16 años no entraría en otro grupo de catequesis para preparar el sacramento de la Confirmación. Hasta este momento, podría decir que mi relación con Cristo era un poco distante. Recibir el sacramento de la Confirmación me permitió acercarme un poco más a Él. Mi catequista y después directora espiritual, María, se empeñó en que fuese a una convivencia del Regnum Christi y, una vez más, me apunté sola buscando algún lugar estable donde descubrir mi fe con personas como yo. Conocí a gente increíble. Muchas veces son personas concretas las que Dios utiliza para mostrarse, en este caso el Padre Miguel fue una de esas personas. Hizo que esa convivencia pusiese mi fe patas arriba y escuchar el testimonio de la Beata Gianna Beretta Molla, contado por su hija, me permitió ver las grandes obras del Señor. Todos en esta vida tenemos una misión y solo la conoceremos plenamente al final de nuestros días. 

    Volviendo a aquella convivencia, supuso un punto de inflexión en mi vida y en mi relación con Cristo. Por una serie de “casualidades” guiadas por el Espíritu Santo, empecé a estudiar psicología en la Universidad Francisco de Vitoria. Aquí es donde empezaría realmente mi camino de fe. 

    A lo largo de la carrera he tenido numerosas oportunidades de conocer a Dios y de poder estar cerca de Él. Desde este momento, muchos acontecimientos de mi vida los he vivido como auténticos regalos del cielo. En primer lugar, poder estudiar en la universidad que quería, pues económicamente no nos lo podíamos permitir; en segundo lugar, por ponerme personas maravillosas con las que poder caminar y crecer y, por último, por regalarme el mejor compañero de vida con quien sigo creciendo en la fe a día de hoy. Dios es luz y poco a poco me ha ido iluminando el camino a seguir aun cuando he creído que me había abandonado. Es espectacular la forma que tiene de darnos luz. 

    Mi primer encuentro maduro con Cristo fue en la JMJ de Cracovia. Siempre he tenido envidia de ver cómo Dios habla a la gente y, en un campamento de pequeña, recuerdo llorarle a una monja porque yo no Le oía. En el Santuario de la Divina Misericordia, en Cracovia, por primera vez tuve un encuentro con Dios. No puedo explicar con palabras lo que sentí en ese momento, solo sé que mis inquietudes y mis preocupaciones fueron acogidas y dejaron de ser un peso. Me abandoné en Él y pude entender qué significaba exactamente esa frase que tanto había oído: abandonarse en Él. Este encuentro me hizo vivir la JMJ de otra forma diferente, empecé a vivirla desde el deseo de querer conocer más a Dios. En el Santuario me quedé contemplando la imagen de Cristo alrededor de una hora y media y, cuando me fui, la sensación era como si acabara de llegar a aquel lugar. 

    Hace un año, empecé catequesis en el grupo en el que estoy ahora y no ha podido ser mejor bendición. Después de estar años viviendo mi fe “sola” o, como suelo decir, picoteando de distintos grupos, tener al fin un hogar de jóvenes donde aprender y poder acercarme a Cristo es una experiencia increíble. Son todo un regalo del cielo. 

    A día de hoy, trato de descubrir y seguir a Dios y su voluntad, algo que para todos es un camino difícil. Tengo un director espiritual que me ayuda a aclarar dudas y a profundizar en mi fe, un grupo de catequesis que me permite acercarme a Dios y a conocerle más, una pareja que me ayuda a ver a Cristo en mi día a día y una familia que siempre me recuerda lo grandioso que es vivir de su mano. 

    Aun así, no siempre se está en el conocido como “pedo espiritual”, donde todo es fácil y parece que Dios ha salido de su escondite. El camino realmente empieza cuando el sentimiento desaparece parcial o completamente, pues tienes que seguir fiel y firme a Cristo. Una cosa que me ayuda mucho cuando rezo es agradecerle, en primer lugar, todo lo que me da y, en segundo lugar, le pido que me ayude a aceptar su voluntad. Lo que yo quiero en mi vida para mi y mi familia es que se haga su voluntad, aun cuando a priori no me guste. Solo Él sabe lo que es bueno para nosotros. 

    Por último, me gustaría decir algo que siempre les digo a mis catecúmenos: deja que entre el Amor de Dios en tu corazón. Cuanto más lo acojas, más amarás al prójimo y más te podrás dar al otro; y serás un ejemplo de Cristo, lo que Él quiso (y quiere) que seas. 

    “Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada” (I Corintios 13, 2).

    Rocío Olivares