Cómo se enamoró Rocío…

Primero de todo, agradecer a Rocío el gran testimonio que compartió con nosotros el lunes pasado! De su vida podemos aprender algo muy bonito: ¡cómo enamorarnos!

Siempre hemos relacionado enamorarse con algo espontáneo, inevitable, que sucede en la flor de la juventud y en el marco exclusivo de una relación de pareja… Ahora bien, el enamoramiento puede llegar a ser una experiencia de toda la vida, que lo abarque todo y que ilumine todos y cada uno de nuestros días.

Rocío se enamoró así: nos explicó que el haber vivido desde siempre una experiencia de familia fué «lo que nos hizo (a ella y a su marido) enamorarnos de esa vida y querer replicarla en la medida de lo posible«. Ciertamente, no consistió en encontrar algo nuevo y sorprendente, sino en descubrir lo nuevo y sorprendente de lo que parecía normal.

Nosotros también podemos vivir pensando que llevamos una existencia normal, sin nada aparentemente emocionante. Enamorarse es precisamente descubrir la grandeza de algo o de alguien que permanecía oculta a nuestra mirada. Un cristiano, no ve la vida, la familia, el trabajo, la amistad… con sus propios ojos; ha adoptado la mirada de Cristo, cuya mirada todo lo engrandece: la vida normal es regalo del Padre, la familia imagen del Amor de Dios, el trabajo continuar su obra creadora y la amistad camino y condición para ser santos… ¡qué cambio de perspectiva!

Por eso Rocío dice sobre la familia, textualmente: «es algo tan grande lo que estás haciendo y tan bonito, que es que todo merece la pena». Igual aquí alguno podría disentir, sabemos todos que en el matrimonio y en la vida hay momentos duros… Sin embargo, la lógica del enamoramiento es así, ya que enamorarse implica enamorarse de todo, sin reduccionismos ni parcialidades. ¡Por eso todo merece la pena! Incluso cambiar los pañales…

Por último, Rocío nos da una última enseñanza cuando dice: «sacar adelante una familia, donde todos los esfuerzos se quedan en nada en comparación con lo grande que es«. En efecto, enamorarse es la forma de pertenecer a algo que nos sobrepasa. La familia, la Iglesia, son realidades tan grandes, tan bonitas, que solo podemos agradecer a Dios el don de poder formar parte de ellas, con nuestra colaboración sencilla y alegre. Si nos fijamos, toda crítica a ellas, toda queja, implica reducirlas a algo que no son… (jerarquía, institución social…) y aún peor, implica desenamoramiento: perder el vínculo que nos une a ellas.

Pidamos a Dios que nos dé el don de enamorarnos. Enamorarnos primero de Él, y en Él de la Iglesia, de la familia, ¡de todo!