Cuando recibía la Comunión sentía mejoría.

Los milagros existen aunque a veces nos cueste creerlo. Publica Portaluz la historia de Javier, un niño valenciano al que diagnosticaron un linfoma de Burkitt, un tipo de tumor cerebral.

Su madre, Sonia, desde muy pequeña tenía una sensibilidad especial y le gustaba estar en la Iglesia. Con los años ingresó en El Camino Neocatecumenal y se consagró a la Virgen. Con 26 años se casó con Carlos y Dios los bendijo con 3 hijos.

Cuando le descubrieron a Javier el tumor, se había extendido a la mandíbula, pómulos de la cara y también presencias tumorales en tibias e hígado. “Nos trajeron un guante del padre Pío y la reliquia de la beata Elena Guerra; la tuvimos con nosotros mientras rezábamos a Dios”.

Empezó a recibir quimioterapia. A partir del cuarto ciclo fue evidente la mejoría… para sorpresa de los médicos: “Después del cuarto ciclo le iban a hacer la prueba para ver cómo estaba, saber cuánto se había reducido el tumor: La sorpresa fue que se había reducido completamente, era como si su cuerpo nunca hubiera tenido un tumor”.

Javier ahora cuenta que en aquellos días “no” sintió rabia ni recriminó a Dios. “Él es mi Padre”, dice con entereza el jovencito afirmando que siempre sintió su presencia. Siempre que le llevaban la comunión, “sentía una gran mejoría y un gran consuelo… Estoy muy tranquilo y alegre porque sé que Dios me ayudó y porque ya estoy mejor, yo no estaba sólo”.

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