Y ES QUE DIOS, SIEMPRE ESCUCHA. Natalia Medina

Siempre he oído que Dios “nunca nos abandona y siempre perdona”. Nos da la oportunidad de volver a mostrar y demostrar que hemos aprendido de nuestros errores y que “sonríe cuando seguimos su ejemplo y su camino”.

Cuando yo era pequeña, en preparación a la comunión recuerdo que un día me dijo mi catequista: “si tienes un comportamiento bueno, como el de Jesús, se pondrá muy contento; pero si no, Él se entristece y sufre”. Y entonces, siempre hacía mi examen de conciencia y pensaba ¿Qué he hecho hoy para alegrarle? ¿Qué no he hecho? Otras veces, me refugiaba en aquello de “bueno, como siempre me va a perdonar…”  (…)

Pero un día, en la propia vida y con el paso del tiempo experimenté que el hecho de perdonar y olvidar no era una razón para poder permitirme lo que fuera. No sirve hacer daño a alguien porque perdona siempre. Sirve realmente el arrepentirse con el fin de no volver a hacerlo, al menos intencionadamente. Pero las palabras se las lleva el viento, y son los hechos los que han de hablar.

El paso de la vida, a mis treinta y tres recién cumplidos, me ha enseñado que gracias a que mis padres me dieron desde que nací una educación católica y cristiana, contemplo una serie de valores, creencias y costumbres de las que estoy muy agradecida. Con el tiempo, he sido libre para elegir y optar por el camino que realmente quisiera y siempre he pensado que ser católica era lo que quería, lo que siento, a lo que tiende mi corazón.

¿Pero sabéis? En ciertas ocasiones me he planteado que Dios no me quería. Me he “enfadado” con Él y he querido buscar una explicación a lo que en ese momento me pasaba. Si algo me va bien le doy las gracias de forma constante; si algo me hace falta, le pido por favor que no se olvide  de mis intenciones; si algo me va de una forma distinta a la que quiero y espero, entonces, mi reacción es molestia y cierta frialdad.

Precisamente hace no mucho, viví una situación que me dejó hecho añicos el corazón y mi actitud para con Dios pasó por muchas fases: primero, pedirle que cambiara la situación por la que yo deseaba; segundo, refugiarme en Él y en la Virgen para sentirme arropada y consolada; tercero, “echarle en cara” que no me quería, que por qué había cambiado así mis planes, y por qué permitía que sufriera. Y no quería ir a misa. Iba, pero iba enfadada. Porque salía de la iglesia y nada me conmovía. Iba con la esperanza de que me mandara una señal, algo, que me hiciera pensar que me tenía presente.

Entonces, estando en la cama tumbada, se acercó mi padre, se sentó a mi lado y yo estaba bajo la sábana tapada. Molesta. Irascible. Triste. Dolida. Y entonces me dijo: “Mira Natalia, en la vida vamos a pasar por muchas circunstancias que no salen como uno espera y no por ello significa que Dios se ha olvidado de ti. Él sabe cómo, cuándo y en qué momento preciso hacer las cosas. Abandónate a Él. Confía.

Yo, me decía, muchas veces he querido algo, ahora y ya, y resulta que ha pasado un tiempo y lo he tenido doblemente mejor de lo esperado. Y es entonces cuando he comprendido por qué no era el instante oportuno cuando yo lo deseaba. Y Dios me lo ha demostrado y me lo demuestra SIEMPRE. De verdad. Si algo es para ti, será. De verdad que sí. Créeme.

Reflexiona. Piensa y trata de ver en tu mente las cosas con una visión madura. Todo va a ir bien. Dios sabe cómo actúa”.

Entonces, escuchando sus palabras con tanta sinceridad y tanta certeza,  bajé la sábana y asomé mi cabeza y con ojos llorosos le miré y nos abrazamos.

Quizás la única manera de que yo mejorara mi actitud era mostrar simpatía hacia Dios y refugiarme en sus oídos para sentirme escuchada. Ir a misa con el corazón abierto y esperanzado, sin enfados ni rencor.

Muchas veces, hay personas que me hablan a través de Él, o hay circunstancias que quieren transmitirme algo más allá. En ese momento, en esa noche, fue mi padre quien me dio el bálsamo que necesitaba y me hizo pensar que no estaba en lo correcto alejándome de Dios.

Cuando ponemos en nuestra oración y en nuestro esfuerzo una intención y un sentido, todo es más llevadero. La vida, el día a día, la enfermedad, las situaciones críticas, la muerte. Todo.

Voy a la iglesia y rezo en silencio cuando lo necesito. Como cuando un amigo necesita hablar con otro; como cuando un hijo necesita hablar con sus padres, como cuando sabes que eres siempre bienvenido.

Esto es como todo. Sé que hay rachas y las he vivido. Hay etapas críticas o con dudas. Pero también tengo la certeza de que he comprobado que es estando cerca y no lejos de Dios cuando todo “pinta” diferente. Cuando a la derrota le sigue la fortaleza; al llanto el consuelo; a la incomprensión, la paciencia; al desamor, el aprendizaje de saber amar para siempre.

Y sí. Ya lo decía mi abuelo Alfonso: “Yo hablo con Dios. Hablo con Dios y siento que me escucha”.

Y a mí también. Solo que a veces era yo quien no quería escuchar.

Natalia Medina