Mi vocación. Pablo Pich-Aguilera

    Me llamo Pablo Pich-Aguilera Blasco, fui ordenado el 29 de septiembre de 2019 en la Sagrada Familia de Barcelona.

    Nací en una familia católica en 1991. Somos 8 hermanos. Desde que éramos pequeños se nos ha inculcado la fe de una forma muy natural, especialmente con el ejemplo de mis padres. En la familia lo primero siempre ha sido procurar una formación cristiana integral. Por ello hemos ido todos a colegios católicos (del Opus Dei) para dar continuidad a la educación que recibíamos en casa. Además, hemos participado siempre de actividades de la Iglesia, ya sea parroquias u otros movimientos.

    En mi caso, he estado siempre vinculado a grupos de la Iglesia, especialmente en una parroquia de Barcelona con un sacerdote de gran carisma y que ha sido uno de los acicates para mi vocación. También he participado de campamentos de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María y de sus actividades en Barcelona, a los que agradezco su testimonio. Por otro lado siempre intenté colaborar en actividades diversas que se organizaban desde distintos movimientos o parroquias. En 2006 conocí, además, a un sacerdote de Getafe que después me iba a acompañar y me acompaña actualmente, que me mostró la espiritualidad ignaciana a la que me he ido adhiriendo. Familia, parroquia (movimientos) y colegio son el triduo indispensable para una vivencia y desarrollo de la vida de fe adecuada.

    Sin embargo, el camino hacia el sacerdocio no ha sido sencillo ni espontáneo. Mientras caminaba en esta vida de fe, intentando llevar una vida de oración, sacramentos y apostolado, la mundanidad hacía de contrapeso. En la adolescencia sabemos que nuestros caminos se van determinando por las decisiones que vamos tomando. Pero como dice John Senior en su libro La restauración de la vida cristiana: “en una familia católica bien equilibrada las caídas serán pocas y los cuerpos y las almas se recuperarán”

    De esta manera fui caminando entre el mundo y el espíritu cayendo y levantándome, pero siempre con la certeza de cuál era el camino correcto y que quería y debía tomar. Nunca fui un chico de fiestas, discotecas o grandes viajes. Más bien me sentía cómodo con la vida sencilla y familiar de la parroquia, el deporte, mi propia familia, los estudios, mi equipo de fútbol (RCD Espanyol)…

    Si tuviese que poner un primer momento de indicio de la vocación podría decir que fue en la JMJ de Sydney en 2008 durante una adoración con el grupo de la parroquia. En ese momento no lo valoré como tal pero sí sentí una llamada en mi corazón que más tarde entendí.

    Un nuevo período se abrió con la universidad. El primer año comencé Administración de Empresas en una universidad a la que no me adapté y tiré el curso. Al principio de ese curso sentí que el Señor me llamaba, pero al poco tiempo desestimé la voz del Señor y rechacé iniciar un camino vocacional. Huir de Dios no es una buena idea pues aquello me fue persiguiendo dentro del corazón durante un año y medio. Al curso siguiente cambié de universidad y el curso me fue estupendamente. Además, intensifiqué la vida parroquial dando catequesis y comenzando un grupo de jóvenes en otra parroquia sin dejar la primera.

    Una vez las cosas estaban estables, durante el tercer año de carrera, mientras intentaba ahuyentar la vocación estando con una chica, me pusieron en el camino un retiro algo especial. Me apunté rápidamente. A una semana del retiro me entró el miedo ya que sabía que en ese fin de semana el Señor me iba a poner delante la vocación de nuevo. Dudé en dejarlo pero decidí afrontarlo como un reto y me dije: “si sobrevivo a esto habré triunfado”. Durante ese retiro le abrí medianamente la puerta al Señor, y él entró en tromba, sin dejar ninguna duda de cuál era Su voluntad. En la adoración de la noche le di mi “sí” y la paz vino a mi corazón que tanto la anhelaba.

    Después de todo el proceso de seminario se ha ido verificando la vocación no sin pasar por algunas pruebas y momentos de duda donde la llamada ha sido probada. Agradezco especialmente los Ejercicios Espirituales de mes con mi director espiritual que pude hacer antes del diaconado. Son momentos en los que el Señor se derrama abundantemente sobre el corazón del ejercitante y que estructuran al sujeto de una forma determinante.

    Ahora estoy feliz de poder ser sacerdote de Jesucristo para sola gloria suya y para el bien de las almas. Mi misión es llevar a las personas a Dios, es decir, a los sacramentos, en especial la Eucaristía y la Confesión. En estas pocas semanas he podido encontrarme de una forma nueva con el Señor en la Eucaristía y a través de la Misericordia en la Confesión. Allí vemos nuestra pequeñez y la grandeza de Dios. Lo nuestro es menguar para que Él crezca.

    Doy gracias a Dios por haberme escogido a mí, indignísimo siervo. Doy gracias también a todos aquellos que han rezado por mi perseverancia, en especial a las religiosas que entregan su vida por los sacerdotes y la Iglesia. Pido al Sagrado Corazón, al Inmaculado Corazón de María y al Corazón del Justo San José que sea fiel a la vocación de llevar estas devociones al mundo entero.