La confesión siempre es una alegría

Tengo un recuerdo de infancia que me resulta muy entrañable; es algo común, lo han hecho con nosotros casi todas las madres, con la delicadeza y cuidado que derrochan con sus hijos y que llega hasta el detalle: a nosotros, que interrumpieran nuestros juegos, nos resultaba fastidioso -¡al fin y al cabo éramos niños!- , pero a nuestras madres no les hacía ninguna gracia vernos sucios, con la ropa desaliñada, llena la cara de churretes del bocadillo de nocilla.

Y nos llamaban con voz imperiosa, con todo nuestro nombre y apellido o, con lo que a mí más miedo me daba: con diminutivo: ¡Eduardico!

Allí acudías tú, desganado, con más miedo al alpargatazo que por obediencia, y te dejabas acicalar, remeter la ropa, pasar la mano por el pelo alborotado y limpiar con la supereficaz, desinfectante y panacea contra todos los males “saliva de madre”, aplicada con su enérgico pañuelo.

No, nos hacía gracia, pero te dejabas hacer, porque sabías, en el fondo, que era algo bueno. Y aunque el arreglo fuera a durar bien poco, después podías volver a enredar con los amigos sin pisarte los cordones o sin esa costra de fuagrás en la comisura de los labios. Y con un beso de propina, que siempre son vitaminas del alma.

Y, ¿todo eso? ¿Qué tiene que ver con la confesión?

Muchas veces se nos olvida que el sacramento de la penitencia no sólo nos reconcilia con Dios, con la Iglesia y anticipa el juicio, que son efectos importantes, sino que también le consuela a nuestro Padre Dios poder resucitarnos a la dignidad de hijos suyos, y nos restituye uno de los bienes más preciosos, la amistad con Él. (Catecismo, 1468-1470) Además, por la confesión, fortalecemos nuestro espíritu para el combate cristiano (Catecismo, 1497).

Acudir a la confesión siempre es una alegría para nosotros, pero también para Dios, que nos espera como el padre bueno de la parábola del hijo pródigo: Cristo ha muerto y ha resucitado para que seamos familia de Dios, para establecer una amistad que ya nada la puede romper, salvo nuestro pecado. A Dios le duele el pecado, porque es una ofensa a su amor, es una herida en sus entrañas de Padre; pero le duele, y ¡de qué manera!, ver a sus hijos, alejados de Él, heridos por el mal, muertos por el pecado.

Unas veces, ese pecado habrá llevado muy lejos de Dios al pecador, habrá roto la relación… es el pecado mortal. Otras veces serán pecados veniales, descuidos, olvidos o esas pequeñas indiferencias que enfrían la amistad, hieren el amor y nos vuelven desganados para nuestra vocación al cielo.

Una de las excusas más frecuentes para dejar de confesar suele ser: “no me hace falta”. Permíteme que lo dude, pero bueno: no lo necesitas por pecados mortales (que seguro que sí). Pero ¿le vas a negar a Dios que limpie con su gracia, que robustezca tu espíritu, que renueve la amistad con Él? ¿Le negarás que te abrace y te bese?

¡Fuera excusas! Acércate con corazón de hijo al confesionario: deja que Dios misericordioso te ponga guapo para seguir, con tu vida ordinaria, viviendo vida de cielo.

Padre Eduardo Guzmán