¿Qué esconden nuestras raíces?

Todas las personas nos enseñan algo sobre el amor. Jesús Irache, el lunes pasado, mencionó dos realidades que pueden ser el fundamento del nuevo camino que queremos emprender: la base para aprender a amar.

En primer lugar, nos explicó el papel que tuvo su abuelo en el descubrimiento de su vocación. No dijo que le enseñase nada especial, simplemente que le llevaba a Misa y aguantaba sus travesuras pacientemente… Sin embargo, Jesús sabe que esa experiencia le ha conducido hasta lo que es ahora, e incluso que sigue ocupando un lugar en su vida, puesto que es algo que le llena de alegría y agradecimiento.

En segundo lugar, nos animaba a soñar «con el corazón que Dios te ha dado», a ser «gente grande con un corazón grande». Pero, ¿cómo podemos soñar con el corazón? ¿Cuál es el corazón que Dios me ha dado? Para responder la primera pregunta Jesús nos muestra un camino prometedor: «dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Aquello que está limpio se muestra tal y como es, sin polvo que lo oculte, por ello resplandece en toda su belleza… Para emprender el camino del amor debemos mirarnos a nosotros mismos con sinceridad, nuestras pequeñeces y virtudes. Los posibles miedos rápidamente quedan apagados, porque Dios nos conoce tal y como somos, y nos ama infinitamente.

Ahora bien, ¿cuál es el corazón que Dios me ha dado? ¿dónde tengo que mirar? Nuestro corazón es como la base que sostiene toda nuestra persona. En cada gesto, en cada reacción o decisión, podemos descubrir quienes somos: qué nos ha movido, qué estábamos buscando, por qué nos ha dolido algo… esas respuestas, si son sinceras, nos llevarán a descubrir cómo es nuestro corazón.

Son especialmente significativas las reacciones o recuerdos que el corazón guarda de la relación con los demás, y sobre todo de la gente que nos quiere más. Por ejemplo, hemos visto a Jesús Irache, alguien que guarda un corazón agradecido a su abuelo, esto es muy valioso, dice mucho de su corazón. Justamente el Papa nos anima, a los jóvenes, a «estar abiertos para recoger una sabiduría que se comunica de generación en generación, que puede convivir con algunas miserias humanas, y que no tiene por qué desaparecer ante las novedades del consumo y del mercado» (Christus Vivit 190).

Veamos qué guardamos en nuestro corazón de las personas que nos han querido tanto a lo largo de nuestra vida. ¿Son gente que ya no nos enseña nada? ¿El amor que nos tienen puede pasar de moda? Responder a esto puede ser un primer paso para aprender a amar…