Discernir en tiempos de cambio

Lo reconozco. No es fácil eso de cambiar. Salir de la zona de confort, enfrentarte a lo desconocido, hacerte vulnerable ante lo nuevo, con la posibilidad de pasar de ser cabeza de ratón a cola de león… Pero también somos conscientes de que los cambios siempre se terminan produciendo, ya sea por convicción –cuando aún lo podemos hacer con una cierta previsión–, o por necesidad –cuando ya hay que hacer algo sin más remedio–. En una sociedad en constante cambio y que tiene como criterio el aquí y ahora, en un momento de la historia en el que el relativismo y la crisis de valores se adueñan de todo, nos encontramos ante una gran encrucijada y un reto constante. A ello se añade el gran cambio que, lo queramos o no, está generando el mundo digital en nuestras vidas y que, años atrás, difícilmente hubiéramos imaginado.

Algunos nos hablan de que estamos no sólo ante un cambio cultural, social o religioso, sino ante el comienzo de una nueva civilización caracterizada por la crisis de las grandes religiones y filosofías; la interconexión en tiempo real; el avance científico; los movimientos migratorios; la sociedad compleja y multiforme; la era de la post-religión, donde los credos han cedido sus palabras al ser, a mundos inexplorados de la trascendencia como un estado de conciencia. Todos estos cambios nos hacen pensar en la necesidad de una despedida del pasado hacia una nueva situación, ante la que debemos abandonar toda nostalgia aprendiendo a amar el presente, pues en él nos toca convivir. Los cambios necesitan de un tiempo de integración, se tambaleen los cimientos y es normal que aparezcan resistencias hasta que se asuman colectivamente nuevas coordenadas. 

Venimos de un mundo de espectadores, escuchadores de historias donde uno hablaba y otros escuchaban. Esa recepción pasiva del espectador dio paso a la experiencia de usuario, donde cabía una interacción con el contenido, pudiendo elegir entre diversas opciones. De ahí se saltó a los creadores de contenido que, con las potentes redes sociales, pudieron llevar su voz hasta lugares nunca soñados. Y un paso más ha sido la experiencia del cocreador, lo que hoy se denomina “cultura hacker”, una subcultura formada por individuos que aman el desafío intelectual tratando de superar creativamente los límites impuestos por los sistemas de software para obtener resultados nuevos e inteligentes.

Teniendo todo esto en cuenta, miremos nuestro entorno y preguntémonos si, verdaderamente, estamos sabiendo dar respuesta a los retos de hoy. Miremos a la escuela católica, a la pastoral de la infancia y la adolescencia, al acompañamiento de jóvenes, a la presencia de la Iglesia en los medios, al lenguaje y simbología de la liturgia, al modo como hacemos llegar la Palabra de Dios, al desafío de los movimientos migratorios, a la necesidad de interioridad y de encuentro con nosotros mismos… El contenido del Evangelio es de plena actualidad, “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8), pero las formas de hoy, esos signos de los tiempos que nos gritan cada día, nos están pidiendo nuevas formas, nuevos modos, nuevas propuestas de adaptación y cambio, sin perder esa “belleza siempre antigua y siempre nueva” que tan bellamente describe san Agustín.

Todo cambio supone una decisión, para lo que se hace necesario un discernimiento. Discernir no es sólo decidir. Discernir es decidir algo preguntándole a Dios: “¿Qué quieres que haga en esta situación?”. Y, luego, atrevernos a escuchar la respuesta, que no va a ser inmediata, porque a Dios le gustan los procesos y las alianzas, no las cosas rápidas del aquí y ahora. Así pues, ante momentos de cambio, toca discernir y hacer lo que otros muchos hicieron antes de nosotros: leer sus vidas desde la vida de sus contemporáneos, traduciendo el mensaje revolucionario y transformador del Evangelio para hacer presente a Jesucristo vivo.

 

Twitter: @antoniocarron