Todo empezó en una convivencia. Álvaro J. Sánchez Sainz-Pardo.

    Antes de entrar al seminario, durante mi adolescencia, a eso de los 13 o 14 años, yo era un chico que estaba empezando a conocer la Iglesia más allá de ir a misa los domingos con mis padres. Lo típico, me apunté a las catequesis de confirmación en la parroquia donde trabajan mis padres, todo por dinámicas de la vida pues a mi entender era lo que tocaba. Aunque yo de pequeño sí que había tenido una sensibilidad religiosa, pues mis padres y mis abuelos desde pequeño siempre me han hablado de Dios. Pero las situaciones con el estudio, en el colegio y en el instituto, y las circunstancias familiares de aquel momento, me hacían vivir un poco de manera anestesiada en relación con la Fe. Es ese momento de la adolescencia en que quedas defraudado de la vida, que no te parece tan bonita como creías y asumes un sistema de alienación donde la sociedad te ubica en un lugar. 

    Con el paso por las catequesis de confirmación, fui conociendo poco a poco cómo era la Iglesia por dentro; empecé a conocer a otros jóvenes, a sacerdotes, laicos y religiosas. Poco a poco en ese ambiente descubrí que Dios existía de verdad, que era importante en mi vida a pesar de no reconocerle muchas veces en mis situaciones personales. Y en mi interior había una lucha de un cambio de mentalidad: de pensar que era la sociedad la que elegía por mí donde debía estar a percibir que Dios me amaba tanto que había pensado en mí para una misión concreta. 

    Ante esta situación de buscar lo que Dios quería para mí, por circunstancias de la vida y porque me gusta la música Rock, conocí al P. Cecilio, a quien le comenté cómo estaba y lo que tenía en mente (que era si ser cura o ser otra cosa). Y tras varias invitaciones a las convivencias vocacionales, y de yo varias veces excusarme, consiguió que aceptase ir a una.  

    Fue una convivencia especial: sencilla, de un día, pero diferente de otras de las que había oído hablar; tal vez, puede ser (de hecho así lo creo) que sintonizase con el tema que estábamos tratando que era el Cura de Ars, pues me encontraba identificado con su vida, o con aquella frase que se usó como lema de la convivencia: “Yo te enseñaré el camino al cielo”… Pero el momento clave fue el testimonio de los sacerdotes que nos acompañaban ese día: Titín, Jorge, Gaspar y Cecilio, el que me invitó a ir. Verles contar sus historias y anécdotas de la manera más sencilla pero llenos de alegría, me empujó a coger el tren y salir en busca de esa alegría y, de este modo, opté por el sacerdocio. Podemos decir que todo empezó en una convivencia de Mi Vocación. 

    Luego, ya con el grupo de fe al que pertenecía y en el Seminario en Familia, acompañado por sus sacerdotes y religiosas, iba viendo si esto que Dios me dijo en aquella convivencia no era una ilusión momentánea sino que seguía alimentando el sentido de mi vida día a día; descubriendo en Dios la auténtica libertad, que no es la de una vida mediocre, simple, la más fácil, sino la que verdaderamente Dios quiere para mí, sin renunciar a lo que soy; pues como decía Santa Perpetua ante la invitación de apostatar para no ser martirizada:  “tampoco yo puedo tener otro nombre diverso de lo que soy: cristiana”.

    Y en parte, esto explica mi situación actual: que esté ahora en el seminario y, por tanto, participando con la Pastoral Vocacional-Mi Vocación en mi Diócesis, sintiéndome enviado a proclamar la libertad a todos aquellos que como yo anteriormente, no conocen a Dios y viven cautivos de tantas situaciones que no les dejan ser libres ni responder a lo que Dios quiere de ellos. Desde Mi Vocación en sus campañas de adviento y cuaresma, así como en sus diversas convivencias, queremos anunciar que Dios nos ama y tiene un Sueño para cada uno de nosotros, y no nos cansaremos de anunciarlo.

    Álvaro J. Sánchez Sainz-Pardo

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