Casualidades

Llegó a la puerta de embarque y le pidieron el DNI. Buscó y rebuscó, pero no lo llevaba encima. No podía viajar. El avión se iba. Lo perdería, y con él, una oportunidad de oro de encauzar un problema familiar serio. Qué mala cabeza. Se encomendó a un santo del que le habían hablado hacía no mucho, sin saber bien por qué. Y, al cabo de un rato, acercándose a su lívida cara, una azafata le dijo: «hemos comprobado su identidad; por favor, diríjase al avión».

Estaba en Roma. No podía creerlo. ¡Roma, ni más ni menos! La ciudad (cuántas veces lo había dicho) más bonita del mundo. Y, para mayor gozo, se encontraba en la plaza de san Pedro, a pocos metros de Juan Pablo II. Se lo había dicho: «si quieres que yo sea monja, demuéstramelo». Y buscaba la mirada del Santo Padre, sonriente en el papamóvil. Pasó media hora. El Papa se iba, volvía a su casa, y la multitud, centenares de personas, aplaudiéndole, rezando a gritos. Ella, por dentro, apretujada entre varios peregrinos: «si quieres que yo sea monja, demuéstramelo», le decía a Él, con los ojos cerrados, el ceño fruncido; los nudillos de las manos, blancos de tanto apretarlos. Le empiezan a caer las lágrimas. No ocurre nada. Ni una mirada, ni una palabra. Nada. Llora. De pronto, alguien le toca la frente. Mira, y es el Papa. Le sostiene a cabeza, le mira con intensísima ternura y le espeta: «no tengas miedo, Cristo está contigo».

El niño no respira. «Señora, tranquila». Más cables, más máquinas. Un, dos, tres, electro. Una vez, y otra. El pequeño calla. «Vamos, vamos». Los médicos sudan, se miran entre ellos. La madre lo sabe. Lo ha adivinado. No lo puede aceptar. «Virgen María, también es tu hijo», le dice, ya no sabe si en voz alta, si lo chilló en medio de la sala. Lo repite varias veces, unos minutos largos. Le contestó el niño, berreando a pleno pulmón.

Gumersinda se tapa la cara. No quiere que le vean sus hijos de esa manera. Destrozada. Petronilo no está ni se le espera, desde hace meses. Y a pesar del gato, del viaje a Chicago, de las sesiones de spa, de los restaurantes tan nuevos y tan a la última, de la reforma del cuarto, Gumersinda no duerme. Sólo a veces, porque ella está contenta, haciendo planes, distrayéndose, apoyada en los niños y en su madre y en sus amigas. Pero esas veces se da cuenta. Petronilo se ha ido. Y no va a volver. Ella mira la estampa famosa, la que le ha dado su madre, empeñada en pedirle a la santa el regreso del marido. «Que ya no no está, mamá. Él hace su vida, y yo la mía. Y tan amigos». Mira a la santa, retratada de aquella manera. «Yo no te pido nada, pero hazle caso a ella», le dice, por dentro. El móvil. «¿Petro? ¿Me estás llamando?». «Me han dicho que has reformado el cuarto… ¿Me lo enseñas?».

«Fue cuestión de suerte». «La azafata era mujer de buenos sentimientos». «Siempre cuelan a alguien, pasa a menudo». «Casualidad». «Una de cada cien paradas respiratorias termina bien, le tocó a él». «La ciencia ha avanzado, salva más vidas». «El marido estaba aburrido y tenía la necesidad de volver». «Las personas se cansan y a veces vuelven porque no saben afrontar una ruptura». » Fue débil». «Fue casualidad».

Se habrán dado todas las casualidades que uno quiera. Pero, digámoslo, incrédulos: los milagros son tan reales, al menos, como real es quien esto lee.