Cine para aprender a amar (II)

Qué quiere que le diga: soy un curioso. Sí, lo admito, a veces me supera un ligero e irrefrenable ansia de saber algo que no tendría por qué interesarme, innecesario para mi vida, lejos de satisfacer mis necesidades básicas. Hablando en plata, asuntos que ni me van ni me vienen. Que no me importan. Pero, qué gusto da cuando se conocen. Así soy.

Y así somos, porque no se engañe, usted también es uno de los míos. En realidad, todo miembro de la especie humana es curioso por naturaleza. Si lo piensa, si abandonamos el Paleolítico fue, en buena parte, gracias a nuestra innata curiosidad por mirar más allá de nuestras chatas narices. Hablaremos quizá de este tema en otra ocasión.

Pero sí le digo que el mundo funciona gracias a nuestras inquietudes; digámoslo: gracias a nuestra curiosidad. Mejor no demonizarla por defecto. De hecho, no tendríamos película que comentar si no fuera porque la frase que le da título, Adivina quién viene esta noche (1967), fuera una de las más efectivas para suscitar la atención del de enfrente.

Adivina quién viene esta noche

Fue éste el segundo film que se comentó en el cinefórum dirigido por Juan José Javaloyes y uno de los más deliciosos, por el sabor añejo del cine cuasi clásico. Katharine Hepburn y Spencer Tracy interpretan a las mil maravillas dos papeles difíciles, los padres de la protagonista, y da gusto verles mientras se degustan, lo más discretamente posible, unas saladas palomitas.

Joanna, una niña bien de San Francisco, decide regresar por sorpresa de sus vacaciones en Hawaii para presentarles a sus padres a alguien muy especial: John, un médico de Florida del que se ha enamorado perdidamente en la isla feliz. Los dos están resueltos a casarse, y eso que se han conocido hace muy poco tiempo, tan sólo diez días.

Cuando Joanna le presenta su novio a su madre, Christina, ésta tiene que tomar asiento para no desplomarse en el suelo. Y es que, a la sorpresa de que su hija se ha enamorado tiene que añadir algo con lo que no contaba: John es negro como el más negro betún de los zapatos. Y las cosas en Estados Unidos no pintan nada bien para los de su raza.

La historia se complica cuando el padre de Joanna, Matt, hombre liberal donde los haya, se niega en redondo a dar su bendición al futuro matrimonio. En su contra, diremos que le ocurre como a tantos bienintencionados pero pueriles, que defienden sus principios a rajatabla en la teoría pero cuando es su niña la que se ennovia con un negro, amigo, ahí la cosa es diferente. A su favor, en cambio, señalamos que la presión es máxima: Joanna le exige que le dé su bendición esa misma noche; si no, se casarán en Bruselas en su contra y no les volverán a ver jamás. Dilema y drama.

El bien del otro

La película tiene dos lecturas: la racista y la amorosa. En nuestro caso, nos interesa más Cupido que Martin Luther King, sin desmerecer a nadie. Si bien es llamativo el entusiasmo de los novios, sobre todo el de Joanna, podemos apreciar que no se trata simplemente de un sentimiento ardoroso.

Da cuenta de ello John, que, cuando advierte el disgusto que tiene su posible suegro por su culpa, no duda en encerrarse con él en su despacho y decirle a las claras que si no le da su visto bueno, él, John, desaparecerá para siempre de la vida de Joanna. Por una razón sencilla: su novia está unidísima a sus padres, y el bueno de John no se considera con derecho a romper una relación tan estrecha como ésta. Más aún, siendo paterno filial.

Nuestro protagonista antepone el bien de Joanna a su interés personal. ¿Alguien tiene una definición mejor del amor? En esta pareja hay atracción, se llevan bien, el tiempo se les pasa volando cuando están juntos, tiene proyectos en común y se admiran mutuamente. Pero además de eso, que está muy bien, y es necesario, existe un elemento superior y que condiciona todo lo demás: se busca lo mejor para la otra persona. Aunque suponga alejarse de ella y por tanto, un dolor personal muy agudo.

Conocerse… y aguantarse

La otra pareja de la película, Christina y Matt, también ofrecen momentos muy golosos para el espectador. Un matrimonio que dura ya 25 años y ostenta con orgullo la medalla de plata, a pesar del mucho tiempo que han pasado juntos. Es decir: no se han acomodado en la posición del «ya está todo hecho y esto ya va sólo».

Ni mucho menos. Chris y Matt mantienen viva su relación con dos ingredientes principales; a saber, el factor sorpresa y muchas conversaciones. Y sobre todo, ser el principal apoyo el uno del otro.

Por ejemplo: cuando Matt está a punto de estallar de indignación, a la vista de la férrea actitud de su hija, toma una decisión, a nuestro juicio, muy inteligente: «Chris, vamos a tomar un helado». Y los dos suben al flamante cochazo familiar y parten hacia el mejor establecimiento de San Francisco. El marido podía haber ido él solito. Ya es mayor, sabe conducir y no necesita de su mujer para todo. De hecho, se ve perfectamente a lo largo de la película, cada uno tiene sus propias amistades y comparten con ellas distintos planes. Pero cuando se avecina un problema serio, la pareja se busca el uno al otro.

Y hablan, hablan mucho. Lo dan por hecho. Es lo primero que hacen en cuanto tienen una oportunidad, tras conocer las intenciones de su explosiva hija. Da gusto observar la complicidad que impera en el matrimonio. De tanto  compartir, esa compenetración traspasa las palabras y alcanza las miradas: Matt entiende qué ha significado un leve gesto de Chris tanto como su mujer lee la mente de Matt en cada cambio de postura.

Este matrimonio se contrapone a la joven pareja de novios. Mientras unos derrochan ilusión y les palpita el corazón como una traca de fuegos artificiales, los otros encarnan la serenidad que da el paso del tiempo y el conocimiento del otro, con todas sus consecuencias.

En torno a estas dos notas giró el fórum antes citado. Como en la anterior ocasión, dejamos en el tintero bastantes detalles: hasta qué punto los padres deben influir en sus hijos, el inigualable papel de la madre en la familia, la habilidad para corregir a alguien sin que el aludido lo note (es más, que llegue a pensar que el cambio ha venido por propia iniciativa), la importancia de fomentar las amistades sinceras, el consejo… y unos cuantos más.

En fin, sólo deseamos que disfrtuten esta película tanto como lo hichimos nosotros. Adivina quién viene esta noche es un estupendo plan de cine. Y les dejará un buen sabor de boca.

Ficha técnica:

Título original: Guess Who’s Coming to Dinner

Año:1967

Duración:108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Stanley Kramer

Guión: William Rose

Música: Frank De Vol

Fotografía: Sam Leavitt

Reparto: Spencer Tracy, Sidney Poitier, Katharine Hepburn, Katharine Houghton, Cecil Kellaway, Beah Richards, Roy Glenn, Isabel Sanford, Virginia Christine, Alexandra Hay, Barbara Randolph Productora

Productora: Columbia Pictures

Género: Drama, Comedia, Romance