Comerse la cabeza

“Qué rollo, qué rollo, qué rollo”. Es la letanía particular que repiten los niños y algunos que no lo son tanto, al menos por edad (pero sí por mentalidad), mientras asisten al rezo del rosario. No digamos ya si se trata de una romería.

“Qué necesidad tiene la Virgen María de que yo le esté repitiendo lo mismo cincuenta y tantas veces”, alegan, como argumento incontestable y sin réplica.

Y entonces, pasan los treinta o veinte minutos o los que dure el rezo repitiéndose a sí mismos y al que tengan al lado que qué pérdida de tiempo, que por qué hay que rezarle así a la Señora.

Sin embargo, pensamos a nuestras cortas luces que hay una explicación a esta práctica, acaso no demasiado canónica y más bien frívola, pero válida. Si no os parece bien, siempre podéis no hacer el más mínimo caso, cosa fácil.

Es bastante común entre los mortales de todos los tiempos evadirse en los pensamientos propios. O al menos lo era, hasta que los móviles y la tele nos han castrado intelectualmente.

En cualquier caso, creemos que casi todos sabemos de qué hablamos cuando hablamos de ‘comerse la cabeza’, como se dice en lenguaje vulgar. En mayor o menor medida, hemos sido presas de una idea, un recuerdo, una fantasía, una imagen que nos ha atrapado y nos ha tenido dando vueltas como el tambor de la lavadora. Pocos, por no decir ninguno, estamos libres de estos momentos de pensamiento enrevesado. Casi que va implícito en la condición humana. Caray, para eso nos dio Dios el raciocinio.

Convendréis, por tanto, en que no tiene por qué ser siempre negativo esto de ensimismarse. No en vano, estas ’comeduras de cabeza’ han dado igualmente frutos buenos y malos: cuántas veces un «no puedo dejar de pensar en Pancracio o en Bonifacia» ha terminado en un feliz matrimonio; el embelesamiento del poeta, en un señor soneto; o la observación detallada del curioso, en una palabra de apoyo para el que sufre silente.

No es que la introspección sea siempre deseable. Lejos de nosotros sugerir esto, que no deseamos a nadie una escalada de ‘comeduras’ que acaben en trastorno obsesivo. Sólo señalamos que cuando damos vueltas a una idea buena, buenos suelen ser los resultados, y a la inversa.

Obsesionémonos pues un poco y de vez en cuando con algo bueno, y qué mejor que una oración. Detractores del rosario, que lo hemos sido todos: sólo pueden salir cosas positivas de repetir por cincuenta veces el avemaría. Ya que nos comemos la cabeza, hagámoslo con cabeza.