El viaje que cambió mi vida…

No recuerdo el momento exacto en el que se me abrió el mundo. Abierto, abierto como mis ojos. Seguramente fue en aquel avión.

Enero de este año. Regresaba del viaje de Ecuador de la carrera. Había estado diez días en “Istanbul” –desde entonces lo escribo así-, capital de Turquía, la primera de las ciudades de Asia, la perla laica del mundo árabe.

¿Habéis estado en Roma? Pues Istanbul es la única ciudad en el mundo que puede comparársele. En Istanbul las cobras son encantadas por jóvenes de ojos brillantes. Las alfombras vuelan sobre las cúpulas de Santa Sofía. Es la versión exótica de Roma, y por tanto, para una canaria como yo, mucho más emocionante.

Nunca había entrado tanto en una ciudad extranjera. Teníamos algún contacto allí, un par de amigos de los erasmus de nuestra universidad. Guasapeé con ellos antes de ir, con pocas esperanzas de que nos hicieran caso. Me equivoqué. Nos vinieron a buscar al aeropuerto, nos llevaron a los sitios, nos enseñaron tacos en turco, bailaron con nosotras en los karaokes. Eran gente buenísima. Fue muy intenso. Alí, Arseny los demás se hicieron un hueco en mi corazón.

Los últimos días, hablamos de la situación política de su país, que admito con vergüenza que yo tenía por una especie de Afganistán y resultó ser super moderno. Lo que contaron me dejó impresionada. Turquía había sido un país laico desde principios del siglo XX, pero ahora su gobierno aprobaba políticas que ponían en tela de juicio la libertad religiosa. Por ejemplo, había prohibido que las azafatas se pintaran los labios. En verano hubo protestas por ello.

Yo cogí ese avión a España. Ellos no.

Y en Turquía las libertades siguieron recortándose.

En marzo moría Berkin Alva, un niño de quince años que recibió un disparo de un policía en una manifestación.

Días después, y ante las protestas, la censura gubernamental se recrudeció. Y bloquearon el acceso a twitter.

Una semana después bloquearon también Youtube.

En Istanbul y otras ciudades levantaron barricadas. Mi móvil empezó a recibir fotos de gas lacrimógeno, de cócteles Molotov.

A mí en aquel avión el mundo se me había abierto, y sentía aquellos zarpazos como si estuvieran ocurriendo en mi barrio. Y abría los periódicos y sangraba por Venezuela. Sangraba por Ucrania. Sangraba por Siria.

¿Qué puedo hacer yo por esta gente? Esa era la pregunta. ¿Qué puedo hacer yo por esta gente? Y gracias a Dios, hallé una respuesta. Los católicos creemos en el dogma de la COMUNIÓN DE LOS SANTOS, que viene a decir que el mundo está conectado. Que el mal que hagamos hace que haya más mal en el mundo; que el bien que hagamos ayuda a las personas.

Entonces descubrí que no quedándome dormida por las mañanas estaba ayudando a Alí, Arsen, y los demás. Que cuidando a mi novio cuidaba también a la madre de Berkin Alva. Que sonriendo en casa cuando estaba cansada hacía algo por Venezuela, por Ucrania.

Aquel descubrimiento cambió mi visión de las cosas. Y ahora creo, como Hemingway, que a pesar de todo el mundo es un hermoso lugar, que vale la pena defenderlo y que puedo hacerlo con cada pequeñez del día al día.